martes, enero 27

CUENTOS INFANTILES

LAS AVENTURAS DE TININ Y POM

TININ era un niño de la costa de Puerto del Carmen en Lanzarote, que vivía en una bonita casa blanca y azul; muy cerca de una pequeña playa de arena dorada y olas de suave espuma, que acompañaban a las limpias aguas del mar. Le gustaba mucho jugar con los pequeños caracoles de los charcos de agua salada y con los peces que se asomaban a la orilla. Desde el momento en que abrió sus ojos al nacer, el ruido y el olor a mar bañaron su habitación adornada con conchas de distintos colores, colocadas por su papá y su mamá para darle la bienvenida. TININ paseaba a diario por el Varadero, un muelle en donde dormían cada noche barcos pequeños y grandes, gaviotas y patos, cangrejos, calamares y estrellas de mar. Erizos, pulpitos y pescaditos de todos los tamaños y colores, que nadaban alegres por las aguas de Lanzarote. Cada mañana le daba de comer a los patitos pedacitos de pan que le sobraban del desayuno y las últimas migajas, las más grandes y sabrosas, se las reserva para su querido amigo POM, el pez de colores. POM era pequeñín, con enormes ojos redondos, rápidas aletas y brillantes escamas de vivos colores: azules, naranjas, verdes, amarillas. POM tenía una cualidad especial que le hacía distinto del resto de sus amiguitos del mar: podía hablar con las personas y lo hacía siempre que podía con su amigo TININ. Y qué bien lo pasaban cada mañana, antes de irse TININ al colegio. Para llamar a su amigo POM, TININ primero debía silbar al viento: ui iiii iiii iiii y luego hacer sonar la contraseña que indicaría a POM que ya estaba allí esperándole: con la mano sobre la superficie del mar daba palmaditas haciendo un ruidito especial - PLAS – PLAS - PUP Durante estos encuentros POM le contaba chismes que ocurrían en su casa, el mar. Cuentos sobre el juguetón y risueño cangrejo colorado y sobre el calamar asustadizo. También le hablaba sobre el hermoso coral rojo que tenía viviendo entre sus ramas al pequeño caballito de mar y a la estrellita naranja, que bailaba al ritmo de las lapas con la salida de la luna y las estrellas. Cada día, nuevas aventuras que contar a TININ riendo juntos con las historias marinas. Pero POM tenía una fantasía por cumplir. Soñaba con descubrir el mundo más allá de las olas y las rocas de la playa. Pasear por las calles del pueblo marinero, por los rincones de Puerto del Carmen cuando hubiese sol brillante y también cuando encendieran las luces de la noche. Resplandecientes colores que veía desde la orilla del mar al caer el sol. Era algo que no podía conseguir sólo pero sí con la ayuda de su amigo TININ. Así que, aprovechando que empezaba el verano y TININ iba a disponer de tiempo libre, prepararon un plan perfecto para ir de excursión fuera, a tierra firme. TININ trajo consigo a la mañana siguiente una pecera de cristal. Acercando al mar la pecera la llenó con agua del océano. Luego llamó a POM. Primero con el silbido: ui iiii iiii iiii y después haciendo sonar la contraseña: PLAS – PLAS – PUP POM se acercó con prisas, emocionado por la aventura que le llevaría al exterior, junto a los humanos. Y entrando en la pecera comenzaron un paseo bordeando el mar, caminando por la fina arena dorada de sus playas. Y vio niños jugando con cubos y palas de colores. Otros con raquetas y pelotas de distintos tamaños. Algunos de ellos con gafas de buceo y con aletas, como las de los pececillos. Todo aquello le recordaba a los recreos de su colegio bajo el mar, cuando la señorita medusa les daba un descanso. Curioseó por las playas mirando a los turistas en sus hamacas tomando baños de sol y a los que leían revistas y libros, como lo hacía el anciano caballito de mar cuando leía en voz alta poesía los jueves, en el teatro marino. También pudo ver a unos chicos jugando con pelota de fútbol, como lo hacían los mejillones y las ostras en los encuentros deportivos. Se dio cuenta que no era tan distinto estar dentro o estar fuera del mar. Y aunque todo le parecía bellísimo y lleno de luz, prefería disfrutar del vaivén de las olas. Dar vueltas y girar sin fin en las burbujeantes aguas de su isla. Así se sentiría más libre que en la pequeña pecera de cristal de su amigo TININ. Se fue haciendo de noche y las luces empezaron a brillar, pero también los ruidos de autos y las voces de la gente al pasear por la avenida principal. POM sintió un poquito de miedo por las luces de neón, por la música de las salas de fiestas que hacían vibrar el agua de su pecera y, por las voces de los paseantes que le sobresaltaban. Pensó de nuevo que su lugar estaba dentro, con su silencio y el suave bailoteo de las mareas. Se dio cuenta que desde el océano que tanto conocía y echaba de menos, el mundo exterior se veía distinto: maravilloso y mágico. Y le pidió a TININ que lo devolviese al mar. Su amigo le llevó con gusto al muelle donde las gaviotas, los patos y el resto de amiguitos esperaban el regreso de POM. El pobrecito llegó tan agotado que no pudo ni hablar y tras varios aleteos hacia su casa, en la roca gris, quedó dormido. Al día siguiente, cuando TININ se acercó a la orilla y estaba a punto de silbar: ui iiii iiii iiii y a hacer sonar su contraseña: PLAS – PLAS – PUP ya le esperaba en la orilla el pescadito POM, junto al pulpito ,el caracol , el delfín , el pescadito gordinflón y el langostino . TININ se preguntó el porqué de este recibimiento y POM le explicó que ahora todos querían ir de aventura para descubrir Puerto del Carmen. TININ se llevó las manos a la cabeza, se sentó sobre las rocas de la orilla y cerrando sus ojos pensó que iba a tener mucho trabajo este verano............. Y colorín colorado este cuento se ha acabado
Fin

La gusanita Y el Sarantontón.
Me daba mucha envidia ver aquella pareja de mariposas verdes y violetas, con sus manos entrelazadas y sonrisa enorme, paseando por las copas de los árboles del centro del bosque. Como gusanita verde de motitas rosas, siempre había pensado que el amor no podía durar por siempre y que las historias de matrimonio de los cuentos para niños eran sólo eso, historias para los pequeñitos. Aquel mes de noviembre, como casi todos los otoños de mi vida de gusanito, volvía a ser triste, sin colores, ni un sólo rayito de luz coloreada. Había llegado a pensar, antes de que aparecieran las fiestas de Navidad con su nieve y sus noches llenas de estrellas, que otro fin de año lo pasaría aburrida, sin compañía de otros animalitos diminutos como yo y como único entretenimiento mis ilusiones y sueños. Otro fin de año de cuatro o cinco platos variados de comida hasta quedarte hinchada, de manzanas con cáscara de caramelo y de tacitas de chocolate caliente, polvorones, mazapanes, mantecados, peladillas, trufas de chocolate; otra noche más con pitos, gorritos brillantes, panderetas, villancicos, guirnaldas de colores y sonrisas junto con tarjetas de felicitación por navidad y muchos buenos deseos para todo. Las mismas promesas que año tras año se repetían en mi casa en donde papá y mamá gusanos festejaban las fiestas de invierno. Pero este fin de año iba a ser diferente. Ya hacía bastante tiempo que había dejado de pensar en el gusanito perfecto, en el príncipe azul de los gusanos con motitas rosa que tantas veces soñé. Este fin de año, sin pedirlo y sin esperarlo, el divino Escarabajo Papá Noel y los fantásticos Ciempiés Reyes Magos decidieron extender toda su magia sobre mí. Apareció acompañado de una mariposa rubia de grandes ojos azules y para colmo era una supermariposita que hacía detener a cualquier insecto a su paso, por muy despistado que éste fuera. Por supuesto di por sentado que eran más que amiguitos y ni siquiera me paré a mirarlos con mucho detenimiento (bueno, para que engañarnos, a él sí que lo requetemiré rápidamente). Era un sarantontón con traje azul, de grandes lunares negros y patitas fuertes y firmes. Con dos antenitas amarillas que caían con descuido por su frente y sus ojos verdes grandes y llenos de brillo. Tenía una bonita voz y sus forma de andar era elegante y masculina como la que tenían los lindos bichitos. Nos encontramos frente a frente. Primero junto al árbol de flores violetas, luego al lado del riachuelo, más tarde en la piedrecita redonda cerca del camino hacia el pueblo y por fin, en el campo de setas y champiñones, en donde mis ojos no podían dejar de mirar sus bonitos lunares, su cuerpo rojito y su graciosa boquita redonda y rosada. Me invitó a bailar junto a la banda de músicos. Una maravillosa orquesta de pulguitas que tocaban una flauta, un tambor, una guitarra y una armónica. Hablamos, tomamos chocolate caliente, movimos nuestras cabecitas al ritmo de la música y nos cogimos fuertemente de la mano. Me di cuenta al momento que me recordaba a aquel príncipe azul que soñaba desde que era una bebé. El mismo que se presentaba cada noche cuando soñaba que era una princesa de cuento y que un valiente príncipe me rescataba del ataque de un pájaro carpintero. Y le volví a ver, y le tomé de la mano de nuevo, y lo agarré con fuerza, tanto que ya no puedo estar un día, una hora, un momento sin mi príncipe sarantontón. Tanto que ya no recuerdo un otoño sin colores, un otoño oscuro y triste. Tanto que ya sólo hay luz, alegría y felicidad. Tanto que todas las estaciones son claras, alegres, y maravillosamente azules, y rosas y verdes y naranjas y violetas. Tanto tanto tanto que....... aihhhhhhhhhhhhhhhh…… SUSPIRoooo.
Fin.

Pitiusa y el cumpleaños de su amiga Bella
La pequeña gusanita Pitiusa llevaba toda la semana esperando que llegara el sábado para felicitar a su amiga la hormiguita Bella. Todo estaba listo: se había peinado con un gran lazo violeta, se había puesto su falda de circulitos lilas y el regalo para Bella estaba dentro de una bolsa de papel brillante de color naranja. Le regalaría un bonito collar de caracolillos de bosque que Pitiusa había ido confeccionando cada tarde, desde hacía varias semanas. El sábado se había presentado caluroso, con un sol radiante y una ligera brisa que hacía mover la copa de los árboles del bosque. Pitiusa salió muy ilusionada en dirección a la casa de su amiga Bella. Tenía que andar casi toda la mañana pero no le importaba porque estaba feliz por felicitarla, cantar la canción de Cumpleaños y soplar las velas de la tarta. Camino de la casa de Bella, una preciosa mariposa de colores azules y verdes se acercó a Pitiusa y con bonita y dulce voz le dijo: ¿Y.. y.. y .. tú quién eres y.. y ..y .. para dónde vas y.. y... y.. qué llevas en esa bolsa de color naranja? Pitiusa es mi nombre – dijo la gusanita – voy a casa de mi amiga la hormiguita Bella que hoy cumple años. Quiero cantarle su canción y soplar las velas de su tarta y en esta bolsa le llevo su regalo, un collar de caracolillos de bosque. - Ahhhh qué lindo - dijo la mariposa. ¿ Y.. y... y.. Quieres que te lleve volando a casa de tu amiga la hormiguita Bella? Así .. Así .. así .. yo también le cantaría y soplaría las velas. ¡Me encantan los cumpleaños! - Dijo la mariposa de bonitos colores azules y verdes. Fantástico – contestó la gusanita Pitiusa– Así no me cansaré tanto y llegaré antes a casa de Bella. Además a ella le gustará mucho que vayas a cantarle la canción de cumpleaños. Y así fue, la mariposa subió en una de sus alas a la gusanita Pitiusa y volaron y volaron hasta subir muy alto. Por encima de las flores y piedras. Por encima de las hierbas y el riachuelo. Por encima de la pequeña cascada y la casita del conejo gris. De pronto, un elegante pájaro mirlo con pico naranja voló al lado de la mariposa y abriendo una de sus alas hacia ella le dijo: Perdona preciosa ¿Hacia dónde vas con tanta prisa? ¿Es que te has perdido o acaso necesitas que alguien te guíe? La mariposa detuvo su vuelo y apoyándose en la hoja de un gran roble le contestó: Ni una cosa ni .. ni .. ni .. la otra. Estoy volando hacia la casa de la hormiguita Bella porque como ves… llevo conmigo a la gusanita Pitiusa, que tiene que darle un regalo en el día de su cumpleaños. Además… además… además…. Vamos a cantarle la canción de cumpleaños feliz y a soplar las velas de la tarta. Ummmm - dijo el pájaro mirlo. ¡Qué interesante! Si lo desean puedo llevarlas sobre mi lomo y así, con la fuerza y rapidez de mis alas, no tardaremos en llegar. Me vuelven loco las tartas y velas de cumpleaños. Yo también podría ir a felicitar a la hormiguita Bella. No tengo nada mejor que hacer esta mañana de sábado. La gusanita Pitiusa y la mariposa hablaron en privado y, tras pensarlo, decidieron que no era mala idea y que llegarían aún más rápido a casa de Bella. Fantástico – dijo la gusanita Pitiusa. A Bella le gustan mucho las sorpresas y así seríamos más para cantarle y soplar las velas de su tarta de cumpleaños. Así fue como el elegante mirlo llevó en su lomo a la mariposa que transportaba sobre su ala a la gusanita Pitiusa. Y volaron y volaron, entre los troncos de los viejos robles y sobre la montaña de flores amarillas, dejando atrás el gran río de rápidas aguas, con sus pescaditos nadando en dirección de la corriente. Desde arriba, se veía todo diferente y pequeño. Los tres estaban disfrutando mucho del paseo hacia la casa de Bella. Cuando estaban a punto de llegar a la playa y ver el mar, una gaviota de largas alas blancas se les acercó desde atrás y les dijo: Pero bueno… qué ven mis ojos….. un mirlo fuera del bosque…. una mariposa sobre su lomo….. una gusanita con bonito lazo violeta sobre el ala de la mariposa. Esto es muy curioso… ¿Y hacia dónde va toda esta gente …. si se puede saber? El mirlo, con voz fuerte y segura contestó: Hoy tenemos que celebrar un cumpleaños y llevo a mis amiguitos a casa de Bella, la hormiguita, cuya casa se encuentra más allá de la playa, en la pequeña isla de palmeras. ¡Qué bien! – respondió la gaviota - Yo voy hacia allí también. A esta hora los barcos de pesca se acercan a la isla y es el momento ideal para coger algún pescadito de las redes. Yo puedo llevarles sobre mi gran ala blanca, si quierennnn . . . . El mirlo, la mariposa y Pitiusa pensaron que era una gran idea. Así llegarían en muy poco tiempo a casa de Bella, quien les estaría esperando con la tarta con velas para celebrar su cumpleaños. ¡Qué feliz se pondría al ver a Pitiusa con tantos amigos! La gaviota se inclinó y bajando un poco su ala dejó que el mirlo subiera en ella, llevando a la mariposa que a su vez portaba a la gusanita. Y continuó volando sobre las rocas de la costa y sobre las olas del mar. Sobrevoló los corales y los arrecifes. Desde arriba se veían peces nadando en la superficie del mar. Y pasaron sobre los barquitos pequeños y sobre los de mayor tamaño. Vieron los barcos de pesca y los de paseo. Y sin descanso, llegaron hasta la isla de las palmeras. Allí, junto a la casita de mamá cangrejo, estaba la puerta de entrada al hormiguero de Bella. La gaviota aterrizó frente a la misma entrada y bajó sus alas para que el mirlo pudiese también bajarse. Entonces la mariposa movió sus alas para dejar en la arena a la gusanita Pitiusa, justo frente a la puerta de Bella. Nock ..nock ..nock – tocó a la puerta Pitiusa – y la puerta se abrió apareciendo la hormiguita Bella con un bonito vestido de corazones rojos y lazos blancos y llevando en sus manos una tarta de chocolate con velitas encendidas. ¡FELICIDADES! – gritaron todos a la vez y cantaron la canción de cumpleaños feliz para la hormiguita Bella, quien saltaba de alegría por la visita de su amiga la gusanita Pitiusa y de sus nuevos amigos, la mariposa, el mirlo y la gaviota. Y colorín colorado este cuento se ha acabado. FIN

La ranita Mandy

La ranita Mandy se despertaba soñando con pasteles y pastillas de goma: azules, verdes, amarillas, rojas y naranjas. Todo el estanque del bosque de abetos sabía que Mandy era una golosa incorregible. Mandy era la única niña de una familia de sapitos y el mimo que le habían dado papá y mamá la habían convertido en una jovencita un tanto presumida y algo egoísta. Por las mañanas, se levantaba después de las diez y no hacía los deberes ni ayudaba a mamá rana en los trabajos de la casa como recoger, limpiar o cocinar. Estaba acostumbrada a hacer su voluntad y no escuchaba a mamá cuando le pedía su colaboración o a papá, cuando le llamaba la atención por no sentarse bien a la mesa o dejar de cepillarse los dientes después de cada comida. Cuando algún insecto del bosque estaba en apuros, como cuando el caracol de manchitas cayó desde una hoja y luego no podía subir a su escondite, Mandy solía reírse sin prestar el menor auxilio. Lo mismo había pasado con el pájaro gorrión que se torció la patita y le pidió a Mandy que, saltara del estanque a la orilla y pidiera ayuda al pájaro ruiseñor. Ella le contestó que no tenía tiempo que perder y que era la hora de comer su bolsa de galletas de chocolate. El pobre gorrión tuvo que ir a patita coja hasta que consiguió ayuda de un saltamontes del bosque. Mandy se portaba mal y aunque sabía que no debía hacerlo, sólo pensaba en ella y en los deliciosos dulces que comía a diario. Nadie conseguía que fuese una ranita buena. Una tarde de verano, en la que hacía muchísimo calor y la mayoría de los animalillos dormían haciendo siesta, Mandy paseaba por la orilla y vio al osito Puffy que lamía con gusto un panel de miel del color del oro. La mamá osa se lo había dado a Puffy por buen comportamiento. Mandy pensó que aquella miel sería de ella e ideó un plan para quitarle al osito Puffy su dulce dorado. Esperaría a que se durmiera y así saltaría con fuerza hasta el panel para luego llevarlo al estanque. Una vez lejos de allí Puffy no podría encontrarla. Y así fue. El osito se quedó dormido por el calor y Mandy saltó hasta la miel y tomó entre sus labios el panel para de nuevo saltar una, dos y hasta tres veces, hasta llegar al estanque. En una piedra se sentó y comenzó a degustar el manjar. De pronto, Puffy despertó y miró a su alrededor buscando su regalo sin encontrarlo y dio vueltas y vueltas en busca de la miel. Lloró porque quería su premio y ya no lo tenía. Mientras tanto, Mandy disfrutaba del festín y se reía pensando en el pobre Puffy. Mandy no estaba siendo buena. Y comió hasta quedar harta, quedándose dormida en una siesta profunda sobre el panel de miel. Luego, cuando quiso levantarse comprobó que sus patas y su barriguita habían quedado pegadas a la miel y no podía moverse. Intentó sacarse los restos de miel tirando del panel con su boca pero no lo logró. A Mandy no le gustaba estar allí pegada sin poder saltar de roca en roca y nadar en el agua del estanque pero, por más que intentaba soltarse, no había forma. Decidió pedir ayuda y gritó hasta perder la voz. Desde la orilla, dos ardillas que la vieron rieron sin parar y le gritaban que le estaba bien empleado por ser una ranita glotona y egoísta que nunca ayudaba a los demás. Un grupo de hormiguitas la oyeron pedir ayuda y se retorcían de risa al ver la barriguita de Mandy pegada al panel. Dos pájaros carpinteros, desde la copa de un árbol, miraban a la ranita y entre parloteos reían al ver a Mandy sin posibilidad de escapatoria. Pero Puffy el osito, al oír sollozos fue corriendo para ver cómo podía ayudar. Encontró a Mandy pegada a la miel que le habían robado y aún así, sintió pena por ella. Cogió una rama de árbol con su boca, hizo un puente hasta la piedra, separó a Mandy de la miel tirando con sus patitas de osito y la liberó de aquella golosina pegajosa. Mandy estaba muy feliz y agradecida pero también algo triste porque ella le había quitado la miel al osito Puffy primero y lo había hecho llorar. Mandy le dio las gracias a Puffy y le preguntó por qué le había ayudado si ella había sido tan mala con él. Puffy contestó que su mamá le había enseñado que todos deben ayudarse en momentos de necesidad y por eso no podía dejarla allí tan triste, Quizás algún día él sería quien necesitara la ayuda de Mandy y ella se la daría. La ranita aprendió una importante lección ese día y desde entonces, dejó de pensar todo el tiempo en ella para dedicarse más a ayudar a quien lo necesitara, convirtiéndose en la ranita más buena del estanque y de todo el bosque de abetos. Y COLORÍN COLORADO ESTE CUENTO SE HA ACABADO.
FIN


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