Sentirse fuera más que dentro







Hoy he tenido una triste sensación. La de estar fuera del mundo. La de ser una ignorante en plenitud, en toda regla. La de vivir en un fantasioso mundo de felicidad creada por mí misma para sentirme bien. Soy muy consciente de que la vida suele ser poco afortunada para muchos y que, la mejor forma de evitar que nos inunde una tristeza sin límites, es mantenerse al otro lado. Suficientemente lejos como para que no nos llegue y nos toque la pena.
Esta mañana, muy temprano, miraba desde la ventanilla de mi coche la bruma sobre la lava negra en las proximidades de la Geria y en un alegato a la estupidez e ignorancia a la que hago referencia, lo único que pensé fue que debería parar el coche, tomar la cámara entre mis manos y disparar una y otra vez para congelar aquel segundo y que fuese mío por siempre. La inspiración del arte fotográfico estaba de nuevo solicitando salir y brillar. Al expresar con verbo facilón las cualidades de aquella estampa matutina la voz de María, mi cuasi hermana mayor, entre tía carnal, madre protectora, amiga y fiel colaboradora, me devolvió a una realidad que jamás viví. Me habló de sus años de niñez montada en un burro guiado por su padre y en la compañía de su hermana y su madre. Me comentó sobre el frío que aquella bruma le provocaba sólo con mirarla de lejos recordando sus pies descalzos. Me relató la sensación de pobreza y penuria que vivió desde muy pequeña, cuando en esta isla muchos no tenían para comer. Me hizo ver con sus ojos el hambre, el trabajo de unas manos de niña, el sueño que les acompañaba durante el recorrido, el sufrimiento de unos pies desnudos con calzado agujereado. Me hizo vislumbrar cuán dura puede llegar a ser la vida desde sus inicios.

Sentirse fuera y no dentro del mundo.

Y tras sus palabras, el silencio. Yo asimilando a tragos el dolor que proferían sus palabras y ella por esa vuelta atrás, a unos tiempos a los que no le gustaría haber rememorado.
Luego en la cotidianidad de la jornada yo ya no era la misma.
Jamás vería con mis ojos ingenuos esa bruma que se presentaba ante mí suave y bella. Ya no me parecería hermosa sino dolorosa. Recordaría a María y a su hermana a lomos del escuálido animal. Pensaría en sus pies de niña doloridos por el frío. Imaginaría sus manitas gélidas y jamás volvería a ver con mis ojos esa estampa.

Sentirse fuera más que dentro. Fuera y no dentro del dolor ajeno, de la tristeza de la persona a la que se quiere. Fuera y no dentro.
Ignorante y ajena.


Eso será la bruma sobre el volcán a partir de ahora.

Mpepa







Entradas populares