MALO, COMO CARNE PESCUEZO



A VECES, DE FORMA PUNTUAL, LA MALDAD NACE INHERENTE AL INDIVIDUO Y ESO ES IMPOSIBLE DE CAMBIAR. NO HABRÁ MEJORAS NI POSIBILIDADES DE REEDUCAR EN LA BONDAD A LA PERSONA RUIN. LO ÚNICO POR HACER ES DEJAR PASAR LOS AÑOS Y APARTARLOS AL OLVIDO, BORRANDO TODA SEÑAL DE SU EXISTENCIA. POR MÁS DURO QUE RESULTE HABRÍA QUE HACERLOS DESAPARECER PARA SIEMPRE.

RELATO CORTO
TÍTULO: "SIN SENTIDO"

“Un reformatorio no es lugar para un niño”. Si hubiesen hecho caso diez años a atrás a don Francisco, el cura del Barrio de la Librada, tal vez no hubiese ocurrido aquella desgracia.
Arcadio sólo contaba once años cuando fue internado en aquel lugar. Era travieso, no se ponía en duda, pero llegar a pensar que pudiese dañar en serio a alguien sólo por haberle prendido fuego a un aula del colegio “San Gabriel Romero”, era demasiado pensar. “Simplemente al niño no le gusta ir a clase”: decía su madre.
Su carilla angelical, su pelillo castaño alborotado, sus ojos de un claro color de almendras, sus simpáticas mejillas cubiertas de pecas. Por su aspecto jamás nadie hubiese pensado hasta donde aquella criatura podía llegar.
Su madre le había consentido en exceso y es que, en realidad, todo lo que Arcadio hacía le provocaba risas. “El niño es extrovertido”; “ el niño es ruinito como el tío Pablo”: comentaba su madre acordándose de las travesuras de su hermano menor. De esta forma justificaba todas las “no” tan pueriles acciones de Arcadio.
Cuando a la edad de ocho años le cortó el rabo al gato de Doña Azucena, la vecina del quinto, su madre le recriminó encerrándolo en su cuarto todo el fin de semana aunque en el fondo ella también pensaba que aquella espantosa bola de pelo, gorda y amarillenta estaba mucho mejor sin el rabo. Todo era cuestión de gustos.
Que a los nueve años, en la comida familiar de Semana Santa, le clavara un bolígrafo en el muslo derecho a su primo Enriquito había sido algo un poco más grave. Pero como siempre lo cubría su mamá. Esta vez era evidente que se debía a la animadversión entre los dos pequeños retoños. Su castigo de encierro de fin de semana, ahora se convertiría en encierro de semana completa.
Con su hermana tampoco había sido demasiado benévolo. Desde inculparla en travesuras ocasionales hasta atemorizarla con sólo un par de palabras.
Fue una pena que Arcadio se hiciese un hombre dentro del reformatorio. ¡es un entorno tan hostil!, solía murmurar don Francisco.
En realidad el reformatorio no había conseguido calmar la rabia que le crecía por dentro sino que la había incrementado, llegando a límites que ni siquiera él había llegado a imaginarse.
El día que se lo llevaron de casa para instalarlo en aquel centro de aislamiento, Arcadio ni siquiera se inmutó. Salir de su entorno y de los brazos de su madre se le dibujaba maravilloso, como un sueño convertido en realidad. La casa le asfixiaba. El regazo materno se le atragantaba. Aquella hermanita perfecta y sensiblera, le irritaba. Y su padre, su patético padre, le exasperaba. Tanto amor, respeto mutuo y felicidad hogareña era algo que lo supera.

Diagnóstico clínico: Psicopatía grave.
Esto plasmaban los informes y tests psiquiátricos con los que habían estado analizando aquella cabecilla impúber algo defectuosa.

Su madre lloraba desconsolada mientras don Francisco, el sacerdote, le profería palabras de esperanza. Se llevaban a su niño y ella no podía detenerlos. Aquellas bestias inhumanas sujetaban a su pequeño como si fuera un criminal. Esos indeseables lo separaban de ella por largo tiempo.
Su padre, en cambio, bajo una triste expresión de desasosiego escondía la esperanza de que al niño le arreglaran esa parte de su interior que tanto le inquietaba y que, muchas veces, tanto temía. Su hijo cada vez cometía mayores locuras y apoyándose en la protección maternal, se había transformado en el mismísimo demonio. Frío, manipulador, malévolo. Unas veces dócil e infantil y otras perverso y brutal.
Su padre se preguntaba a diario por el motivo de aquella actitud tan violenta o de sus cambios constantes de carácter, su continua negatividad, o su mirada de total desequilibrado. Todo estaba fuera de cualquier explicación lógica.
Doce años habían tenido que transcurrir para que Arcadio diera rienda suelta a sus intenciones. Doce años de meditaciones en silencio, de acatamiento de estrictas reglas de comportamiento, de controlar en todo momento sus más bajos impulsos. Todo ello con un único fin. El mundo exterior le esperaba y nada iba a impedir que llevase a cabo sus objetivos. Si consistía en aparentar cordura, lo aparentaría. Si deseaban que fuese disciplinado, lo sería. Si debía ser cortés y educado, lo asumiría. Todo con tal de salir de allí y hacer justicia, a su manera.
En el reformatorio le habían pegado, humillado, insultado. También en alguna encerrona lo habían sodomizado. Y luego fue él quien violó, apaleó y vejó con mayor salvajismo que ningún otro. Así lo dijo a su confesor. No buscaba el perdón divino, como pensaba don Francisco, tan sólo era un medio ameno de recordar sus actos, recreándose en lo que había hecho.
El sacerdote intentó por todas las vías posibles inculcarle un camino a seguir. Iba cada domingo a visitarlo, convencido al igual que su madre, que aquella semilla algo podrida podía convertirse en un hermoso árbol. Lo intentó y fracasó.
La mañana del veintidós de marzo de mil novecientos setenta y uno Arcadio decía adiós a su prisión. Su encarcelamiento había concluido y sus propósitos acababan de ser liberados.
Su madre fue a recogerlo a la hora prevista y se encontró de pronto con una persona extraña, a la que ni siquiera ella era capaz de reconocer. Aunque le había visitado con asiduidad, la expresión de la cara de su niño era distinta. Su semblante y su mirada reflejaban rabia. Ella lloró de nuevo con la misma intensidad con que había llorado aquel día en que lo separaron de su lado. Él no parecía conmoverse, despegándose de su lado al instante de sentirla cerca. Ella notó su odio y pensó que la vuelta a casa serviría para mejorarlo, para sacar de él su lado más tierno, su parte más humana, sin saber que su hijo había borrado todo resquicio de "persona" hacía tiempo.
Esa misma noche los hechos se fueron sucediendo a una velocidad vertiginosa, como en un mal sueño.
Arcadio entró en la habitación de su hermana. Se le acercó, la miró un instante y justo en el momento en que ella notando su presencia abrió lentamente sus ojos, él la estranguló con sus propias manos mientras contemplaba como se iba apagando hasta dejarla sin vida. Luego la miró relajado, centrándose en sus ojos; en aquella pupila dilata; en la estúpida expresión de impresión mezcla de miedo e impotencia. Se la veía tan poca cosa; tan insignificante como la recordaba.
Con una frialdad que sólo la locura puede otorgar, entró en el dormitorio de sus padres. Se sentó durante unos minutos para ver aquellos dos cuerpos que en breve dormirían inertes. Acuchilló a su padre primero, ante los gritos de terror de la madre. Aullidos que silenció con un fuerte golpe en la sien utilizando la lámpara de la mesilla de noche. Pensó que había sido más fácil de lo esperado. En unos pocos minutos su magnífico plan había concluido. Brevemente pero con tanta intensidad que podría volverlo a repetir mil veces más. Con más saña quizás. Con mayor concentración en los pequeños detalles. Disfrutando mucho más de los olores, sonidos e imágenes. Bello recuerdo para su mente enferma. Delicioso y único momento, pensaba.

Los bomberos llegaron ocho minutos más tarde para poner freno a las llamas del siniestro, hallando los tres cuerpos calcinados en el interior de un mar de fuego y humo.
Arcadio, sentado en el portal de la vivienda se miraba las manos ensangrentadas en total quietud, con una leve sonrisa en su rostro mientras la policía le apresaba y leía sus derechos. No opondría resistencia. Ahora se sentía bien. Esta vez su madre no reiría ni justificaría sus bromitas infantiles; esta vez nadie iba a pensar que aquello era la sinrazón de un niño. Esta vez, Arcadio había perpetrado un cruento crimen sin motivo aparente. Nadie iba a querer entender en esta ocasión.

El “sin sentido” no tenía interpretación posible.

En la misa dominical, únicamente, don Francisco se apiadó de su alma pecadora: “un reformatorio no es lugar para un niño”.


FIN
MARÍA JOSÉ GONZÁLEZ

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