Me la pintaron en verde y aún así brilla desplegando su belleza

En las oscuras y gélidas noches de la Real Villa de Teguise, primera capital insular antiguamente conocida como Gran Aldea de Acatife, el rocío y su helado aliento se imprime como un tatuaje en la piel del espectador que contempla su majestuosidad.
Es de noche y en la madrugada cuando las ánimas y los sones de otras épocas afloran descubriéndonos un rincón único pleno de historia de pobladores majos, de señoríos y soldados normandos, de aires coloniales, de piratería, de escribanos y monjes, de nobleza.
En medio de esta belleza muda la serenidad, en ocasiones, resulta apabullante.
Su soledad llega a transmitir un frío intimidatorio.
La dama de noche vigila y se muestra para deleite de este enclave sin igual. Su altivez insultante me genera de pronto una inmensa ternura. Pepa González
















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