Me gusta que el tiempo pase.


Llego con puntualidad prusiana. Saludo cortésmente a los de mi entorno. Busco algo para leer porque una vez más olvidé el libro que destripo últimamente en mi coche. Echo un vistazo al horripilante revistero de mimbre, lacado en blanco, que tengo junto a los pies. Me decido por el magazine con el formato más apetecible, mientras espero el turno de entrada en la consulta de mi dentista. Una publicidad, estratégicamente estructurada para dañar, se lanza a propulsión hacia mi retina para luego andar por entre los pasillos de mi cabeza y torturarme durante al menos un brevísimo instante.

Contra el envejecimiento de las manos…. bla bla bla…. la nueva loción con extractos de…. bla bla bla………….evitando así el paso del tiempo……bla.

Unas manos que reflejan el fabuloso resultado del producto en cuestión, entre retoque fotográfico y falanges de quinceañera que con su juventud impúber trasmite una tersura brillante, provoca la mirada bobalicona de cualquier cuarentona desconsolada, o sea yo misma.
Me percato entonces de que han pasado del machaque psicológico con la temática reiterativa de “evita que los años pasen” o “pierde peso” o tal vez mantente siempre en la veintena”, a la coronación de la majadería, simpleza y mentecatez: intentar impedir que nuestras manos difundan la edad que el calendario nos otorga.


Miles de cremas anti edad, cientos de tratamientos para aislar y distanciar lo inevitable. Múltiples compuestos químicos, mixturas de todas las tonalidades y texturas, emulsiones de fragancias varias para: imposibilitar que la verdad aflore.

¡Qué ilógico y qué estúpido resulta si se analiza fríamente!

Envejecer es, desde cualquier punto de vista posible y sobre todo desde el más puro sentido común, haber tenido el privilegio de disfrutar la vida.

Hacernos mayores es sentir y palpar la esencia, la savia de nuestra existencia.

Alcanzar canas es haber tenido la ventaja de conocer, de reconocer y de aprender de lo vivido.

Dibujar arrugas en nuestros rostros y cicatrices en nuestras almas es prueba evidente de haber respirado, alguna vez, profundamente.

Cada muestra de flacidez en nuestro cuerpo, cada redondez en nuestra silueta, cada pliegue, cada marca y cada nueva sombra en la epidermis, es consecuencia de “haber estado vivo”.

Me niego a ponerle obstáculos a lo natural. Me rebelo ante todo lo que constituya el engaño al espíritu. Me opongo, me sublevo y protesto ante los que buscan imponer como máxima el reflejo de una juventud eterna. En definitiva, ante los que quieran prohibir el ser uno mismo.
Vivan los años; los signos del tempo; las historias propias; los recuerdos en la piel. Y no pido sino que reivindico, a quienes intentan borrar mi leyenda epitelial, que me dejen ver pasar los años incluso a costa de parecer añeja.


Mpepa
Son muchas las cosas que aún debo hacer: acabar de matar la memoria, procurar que mi alma se vuelva de piedra, y aprender de nuevo a vivir. Anna Ajmátova