martes, septiembre 22

Plegaria por Don Alfonso Machín, vecino de Uga



Por sus hijas, por su hijo Ramón, por sus nietos que tuvieron la suerte de tenerlo y agasajarlo, por todos los que le queríamos.



A MÁS VER, CABALLERO


Al fondo a mano izquierda. Donde los rosales altos de color blanco roto. En aquella puerta pintada de verde campo conejero. Junto a la ventana de visillos azulones. Allí. En aquel rincón con sombra fresca. En aquella esquina con el número cuatro.

Ese era el sitio de Don Alfonso. Su casa en los últimos tiempos. Su retiro sereno entre flores.

Don Alfonso. Ilustre en nombre. Caballeroso en porte. Fácil en verbo. Trato gentil. Amabilidad y gratitud a raudales.

Don Alfonso. El vecino galante. El hombre llano, correcto, culto. El repostero que, de cuando en cuando, nos regalaba sus deliciosos dulces: mimos, mantecados, bollos de anís.

El hombre de campo que cuidaba con esmero sus tomates, sus cebollas, sus parras. El octogenario con espíritu jovial. El narrador incansable de épocas menos violentas, más respetuosas. El cariñoso viejito que escuchaba coplas y boleros cada sábado amenizando el callado silencio de un pueblo ahora afligido.

Don Alfonso. El chófer. El conductor de guaguas de toda la vida. El trabajador incansable. El hombre bueno que adoraba a su compañera María, a la que despidió con melancolía.


¡Ojalá me vaya pronto con ella! - me dijo en una ocasión. ¡Ojalá que no sea muy tarde!

Y así quiso Dios que fuera.

Don Alfonso Machín. Descansó un día domingo, como los hombres sabios. Decidió que el séptimo día era el más propicio para claudicar ante su dolencia. Se deslizó suavemente hasta llegar al otro lado de la puerta grande, reencontrándose al fin con la mujer que le acompañó toda su vida. Con su María.


Adiós. Hasta luego. Hasta la vista. Con Dios. A más ver Don Alfonso Machín. A más ver.....


Pepa González

domingo, septiembre 13

Las cosas de Alonso



Ayer tuvimos tragedia turca en Uga City.
Día triste y aciago para mi vástago por el fugaz fallecimiento de su pescadito Nemo2. Un pequeño animalito acuático, diminuto, de unos dos centímetros de longitud y coloración ambarina, que llegó a casa tras varios días de insistencia de mi chiquillo para que Nemo1, su primer pez ganado en una feria e inicialmente bautizado CASADEMIKYKAUS, tuviese un compañero de correrías.

El insignificante pescadito amarillento quedó flotando sobre el agua verdiazul de la pecera a la semana de afiliarse a nuestra microfamilia, dando signos evidentes de expiración por lo que mi hijo quiso prepararle el debido funeral a modo de despedida. Un adiós entre lágrimas y plegarias al altísimo para que lo resucitara o, en su defecto, tuviera a bien enviarnos otro de igual apariencia.
Y ¿cómo quitarle al enano de la cabeza que el bicho no aterrizó del cielo y sí de la abarrotada, apestosa y laberíntica tienda de animalitos de compañía, en donde me agencié aquel escuálido “pet”, quiero decir, AL POBRECITO NEMO2?

Pues eso, que mi hijo dejó caer aguaceros entre gemidos, sollozos y lamentos invadido por la angustia. Y la madre “moi”, tras entregarle palabras de consuelo y alguna que otra reflexión aclaratoria del origen de las bienvenidas y las despedidas con la sana intención de salir del atolladero terminó, muy a mi pesar, prometiendo nuevos Nemos2 más fuertes, valientes, grandes y de aletas veloces, dejando al menor contento y libre de intranquilidades.

Pero lo interesante vino a posteriori. Quedando ya relajado el infeliz Alonso y metido de lleno en otros asuntos, es decir: pintar la mesa de estudios dibujando intentos de nubes y soles de diferentes tallas (recuerden que aún no cumplió los cuatro), comenta en voz alta:

¡Me da pena que paye no venga! (paye, mi padre, su abuelo, Manolo González el Belga, nuestro paye)
¡A mí también me da pena cariño! – le contesto con tristeza.
Sigue Alonso en su meditación: ¡Paye está en el cielo! - afirma seguro
Sí lindo mío, está en el cielo con las estrellas - Le corroboro.

Pausa; silencio absoluto y otra cavilación que fluye:

¡Nooooo mamaaaaaá! ¡Paye está en Fuete-vetura-lavieja!
Fuete-vetura-lavieja ¿??? ¿Y eso dónde es, lindo? - le pregunto algo curiosa.
Al lado de Fuete-vetura-lanueva, mamá. Fuete-vetura-lavieja es donde está más gente viejita y ya no vuelven más a Fariones. Fuete-vetura-lavieja está cerca de Fuete-vetura-lanueva…. Donde están los animalitos y las jirafas (ahora habla mi Lonchito del Oasis Park en el Sur de la isla vecina, su olimpo particular).
Ahhhhhhhhhh! - le contesto yo, entre carcajadas y penita por el recuerdo de paye.

Fuete-vetura-lavieja, es decir, la isla de grandes extensiones de playas de arenas blancas y cristalinas aguas. El remanso de paz soñado como máximo exponente del descanso seguro y a ojos de mi pequeño Alonso, el Edén ideal para que su abuelo descanse entre “gente viejita”. El único lugar en donde puede visualizar a su abuelo plenamente feliz; tan contento que ya no querría volver jamás a su casa. Tan encantado de haber dado el salto a la otra orilla que tendríamos que seguir viviendo con su ausencia.

¡Fuete-vetura-lavieja , al lado de Fuete-vetura-lanueva!

Y en ese momento me doy cuenta de la falta que paye le sigue haciendo al niño, a mí. De lo mucho que asimila y retiene el enano cuando uno enuncia afirmaciones, como suele hacer la madre cuando habla del sueño de trasladarse algún día a la isla vecina para vivir un año de pausa. De la facilidad con que el niño hace síntesis de ideas y enlazando comentarios identifica el lugar en donde su madre es feliz con el mejor sitio de descanso para el patriarca, ubicándolo junto a otros añejos en conversación distendida y diciendo nones al regreso.

¡Ay sus ay! – como diría paye a modo de suspiro léxico sacado de su enorme repertorio de expresiones canarias.

Y todo a resultas del paso a mejor vida de Nemo2. Rest in peace, little fish.
Pepa González

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