miércoles, diciembre 22

KDD DE BLOGUEROS DE LANZAROTE.

LA AMIGA Mª JOSÉ PÉREZ - BLOGUERA DE LANZAROTE - HA TENIDO UNA INICIATIVA FENOMENAL:



ESTÁ ORGANIZANDO UNA KDD EN LA CERVECERÍA DE LA RAMBLA MEDULAR, EN ARRECIFE, EL DÍA 15 ENERO SÁBADO A LAS 20.30 HRS.
ASÍ NOS REUNIREMOS TODOS EN 3D Y HAREMOS UNAS BUENAS RISAS VIÉNDONOS LOS "JOCICOS" - EN VIVO.
SI ERES BLOGUERO O CONOCES ALGUNO EN LANZAROTE ... INVITADOS ESTÁN.

viernes, diciembre 17

Magnífico Fotógrafo, productor y diseñador gráfico David Garsaball, especializado en el mundo de la danza.




jueves, diciembre 2

Andando Juntos.












ELLA




No sé desde cuando no me interesa lo que dice. En realidad, no sé ni siquiera si de verdad me interesó alguna vez lo que dijo. El caso es que ahora, en este justo momento, no lo recuerdo. Tampoco me preocupa. Ando cerca de él, escuchando su respiración, mirando por el rabillo del ojo su forma de mover torpemente los pies para no caer de frente y mantener el cuerpo erguido. Como si no me hubiese dado cuenta desde hace un tiempo que le cuesta andar derecho. Los años no pasan en balde. Pero él piensa que haciéndose pasar por lozano, los años que se le han colgado de cabeza a tobillo no se notarán. Qué estúpido. Ni que a mí me importara. No. La verdad es que no me importa si se hace, si lo simula o si anda patoso. ¿Y por qué habría de importarme? Él es él y yo soy yo. Pero parece que él prefiere que sienta y padezca como siente y padece él. Nadie me dijo jamás que el matrimonio consistiera en mimetizarse con el otro, nadie. ¿Por qué iba yo a sufrir porque él camine más agotado? ¿Eso se supone que es vivir en pareja? ¿Eso significa estar durante treinta dos años con alguien, tener que interiorizar dolencias? Pues yo creo que no. Y si a él no le parece lo mismo, ya tiene dos problemones: el digerirlo y luego, el asimilarlo.



Y esa ropa que se empeña en no tirar después de quince años colgada en el armario. Por Dios bendito. Qué difícil desprenderse de simples trapos. Es que no comprendo que le pueda suponer un esfuerzo tan enorme tirar esa ropa desfasada a la basura. Ni para las monjitas está la ropa. Vergüenza me daría llevárselas. Esa camisa de cuadros que fueron marrones y ahora no sé bien si catalogarlos dentro de la gama gris o gama de los marfiles. Un horror. Y el pantalón de pana. Ese espantoso pantalón de pana canelo que hasta pata de elefante viste. ¿Pero para qué diablos querrá que ocupe un lugar en el armario ese esperpento? Nada que hacer, aguantarse con esas prendas que más que vintages son prehistóricas. Mejor no pensar y seguir andando. Así por lo menos me dará el viento en la cara y sentiré algún placer con este recorrido, porque no podemos buscar otros caminos para ver distintas estampas, noooo. Siempre el mismo tour, las mismas fachadas y los mismos socavones en la acera pero por lo menos el viento es distinto cada día. El aire se renueva y me renueva o por lo menos, yo siento que me depura. ¿Qué sería de mí sin este aire?



Y sigo andando a su lado. Cada tarde. Cada día. Cada semana y cada mes. Así, todos los días del año sin excepciones. Y me coloco la pulsera de cuentas en el bolsillo y voy tocando cada una de sus diminutas canicas, pasándolas de dedo en dedo, como siguiendo un estúpido ritual entre manía neurótica y automatismo. Por hacer algo con la manos porque desde que dejé de fumar no he sabido qué hacer con estos demontres dedos, que se mueven sin avisar y que buscan palpar superficies jugando a entretenerse. Camino a su lado y en algún momento me he preguntado cuándo y por qué me enamoré perdidamente de él. Con ese carácter hosco, esa carencia total de romanticismo, esa forma suya de decirme cómo debo hacer las cosas antes de que tome cualquier iniciativa. Esos silbidos que emite cuando está feliz y esa mueca que hace con los labios cada vez que me miente. Nunca ha sabido mentir, aunque él piense que sale triunfante después de cada falacia. Y sigo sus pasos, él un poco por delante de mí. Yo un poco por detrás de él. Con mi mano contando las perlitas de la sobada pulsera, manida pulsera. Y en esos días en que lo miro desde atrás y evoco aquella brillante cabellera negra, hoy ausente, aquellos ojos que siempre me miraban con ternura, aquel olor a vainilla que tanto me gustaba en su cuello, aquellas manos fuertes de hombre regio que me sujetaban con firmeza, recuerdo de pronto que lo amé y que aún lo sigo amando. Porque, si algo tengo claro hoy en día es que lo sigo amando. Lo sigo amando. Nada sería yo sin él. A pesar de sus impertinencias, de sus malhumores, de sus arranques de soberbia, nada sería yo sin él.





Él



Me encanta caminar por esta avenida. Me gusta ver nuevas caras cada día. Me siento vivo cada vez que inicio el recorrido con la idea fija de acercarme hasta la costa y contemplar la inmensidad del mar. Me encanta. Me daría igual venir solo pero ella siempre me acompaña. Al principio me resultaba romántico. Al principio. Cuando nuestros dedos se entrelazaban para sentir un único latido. Al principio. Hace mucho que no nos cogemos las manos. No sé exactamente en qué instante las extremidades decidieron ir por libre creando un abismo entre nuestros cuerpos. Intento pensar cuándo sucedió y no le pongo fecha. Seguramente después de alguna de nuestras broncas. Son tantas que cualquiera de ellas sería el detonante. Qué más da el origen. El resultado es el que es. Ella caminando un paso por detrás y yo marcando la distancia con ligero andar. Gracias a que jamás olvido mi radio. Si no fuese por los partidos y la música se me haría incómodo tenerla cerca, sin palabras, como un maniquí que con pila incorporada te sigue, como una sombra que te recuerda constantemente que siempre ha estado aquí, desde hace muchísimo tiempo, junto a mi cuerpo. Sombra de lo que tuvimos, reflejo de lo que somos actualmente. Dos cuerpos que andan cercanos pero en la distancia. Como satélites. Condenados a cruzarse pero sin necesidad de tocarse. Porque hace tiempo que no la toco. No. Ya no la toco. Y muchos días me irrita. Me cabrea la forma en que quiere organizarme la vida. Cualquier cosa que haga o diga le molesta. Si me muevo porque me muevo. Si me siento porque debería estar moviéndome. Si como de más porque me convertiré en una albóndiga y todos sabemos cómo le desagradan las mollas. Si me alimento poco que me enfermaré. Si me voy a hacer ejercicio que aprovecho la flor de un berro para no estar donde debo. Si no voy al gimnasio que para qué pago la mensualidad. Si me siento que me levante y si me levanto que para donde voy. El caso es ser un incordio insufrible y eso desde hace tanto tiempo que tampoco le puedo poner fecha en el calendario. Además, qué importancia tendría. El caso es que su principal hobby es hacerme el día algo menos brillante y más irritante. Porque ha tomado esa costumbre de provocarme en cuanto me ve. Y si algo tengo claro es que con tal de no oírla ni la miro. Ahhh…benditos auriculares, bendito fútbol, bendita música de radio nacional. No hay mejor antídoto contra el tedio. Ya lo decía padre: “el matrimonio es, hijo mío, como tener un hurón pegado a los huevos”. Y aquello a priori dolía. Aquello tenía que ser como una tortura pero peor. Y suspiraba padre luego de pronunciar tal afirmación, como para hacer profunda la reflexión de tremenda máxima transmitida ya a tres generaciones de varones torturados.



Hace mucho que ella no me acaricia. Ninguno de los dos pronunciamos ya sentimientos. Ni gestos amorosos ni palabras de aliento en los momentos bajos. Un día dejamos de hacerlo. Tampoco recuerdo cuándo o por qué. El hecho es que ya no lo hacemos.



Lo echo en falta. La echo de menos. A ella. A esa mujer que un día, como una enredadera, se me agarró a la vida. En multitud de ocasiones me encantaría decirle que su sonrisa aún me conmueve. Tendría que decirle que el olor de su pelo me sigue pareciendo el mejor de los perfumes. Debería mirarla a la cara, de frente, para apuntarle que sin ella no sé cómo podría seguir. Que a pesar de todos esos momentos en que saca lo peor de mí, la necesito más de lo que jamás podría imaginarse. Que nunca he podido soportar la idea de su abandono. Que su silencio me asfixia. Que me gusta que camine conmigo cada día, cada semana, cada mes. Que camine. Conmigo. Me gusta que ande junto a mí. Que recorra esta senda y todas las demás sendas, conmigo.



Debería pedirle que volviera a pasar su mano por mi espalda, como sólo ella sabe hacerlo. Con aquella delicadeza que durante años me llenó el alma. Porque la amo. La amo como nunca amé a nadie. La adoro. Su forma de moverse. Esos pequeños pies ligeros. Esa manía tan peculiar de frotar y frotar la pulsera de bolitas que lleva siempre en el bolsillo. Sus veloces y ágiles dedos. Siempre he adorado sus manos. Toda ella me provoca adoración. Porque nada sería yo sin ella. Lo supe desde el primer día. Sin ella yo no soy. Si me falta ella….me convertiría en polvo, en oscuridad, en olvido. Nada sería yo sin ella.



Pepa González

martes, noviembre 9

RETALES DE UNA VIDA



Desde chico le dijeron la forma en que debía moverse, caminar, comportarse, hablar, vestirse, gesticular e incluso deliberar.


Y él, desde su más temprana edad, pensó que algo no debía ir bien internamente porque quería hacerlo todo distinto a como le indicaban que debía hacer. A pesar de ello enmudeció y escondió lo que, instalado en lo más profundo de su ser, quería salir y brillar con luz propia.



Mejor así – se decía en cada ocasión que aquel extraño sentimiento le embargaba.

Mejor así – y todo su cuerpo se calmaba, sus bailes de letras mentales se apaciguaban y la normalidad le inundaba, como si de una presa llena tras las torrenciales lluvias de enero se tratara.



Creció entre algodones, agasajado por una madre entregada a su cuidado y dos tías solteronas que disfrutaban haciéndole el gusto, regalándole caprichos sin miramientos. Estudió donde los jesuitas del barrio y desarrolló un talento sin igual para recitar poemas épicos y recrear historias de legendarios nobles, escuderos y lozanas damas de corte. Era un joven apuesto, un seductor nato, un adulador con maña para conseguir todo lo que se propusiera con ahínco. Y a pesar de esa acomodada existencia y de sus múltiples logros, algo seguía caminándole mal adentro.

La ansiedad que sentía de niño había ido creciendo con él, a su mismo ritmo y, con cada celebración de aniversario mayor era su zozobra, más profunda la indecisión. Algo así como un naufragio que sabía llegaría sin posibilidad de evadir las rocas que hundirían la barca de su propia vida. Y siguió aparentando.



Mejor así – se continuó diciendo cuando le temblaban las manos.

Mejor así – se murmuraba a sí mismo cuando el estómago se le volvía del revés y era incapaz de centrarse en algo tan natural como vivir.



Conoció aquella preciosa joven paseando por el parque una tarde de domingo y, casi sin percatarse de ello, la convidó a meriendas para más adelante llevarla al cine; luego al baile y del baile al picnic; del picnic a casa de su madre para presentarla a las tres mujeres importantes de su vida y de allí, ante al altísimo. Todo en el tiempo debido y apalabrado.
Y tras el feliz enlace vinieron los dos hijos y con ellos las celebraciones de cumpleaños, los festivales infantiles, los disfraces de carnavales, las vacaciones en la playa y los inicios escolares.

Pero siguió sintiendo lo que se le movía por dentro. Y por temporadas se le enredaba el alma y se le complicaba la tranquilidad, retornando el huracán que descolocaba cuanto había ido ordenando en su cuadriculada vida de prosperidad y aparente felicidad.



Mejor así – repetía a viva voz y en suave susurro convenciéndose de la suerte que tenía.

Mejor así – balbuceaba cerrando sus ojos fuertemente, enviando al oscuro cuarto del olvido cualquier inquietud que le provocara su otro yo.



Y crecieron los niños, fallecieron sus mentoras, envejeció su esposa y allí seguía él, formando parte de una vida que lo había arrastrado durante seis décadas. Enfrentando lo único que deseaba con fuerza; que le hablaba y le sugería imágenes, sensaciones e historias; que le mostraba su verdad.
Sesenta años de lucha contra aquello que sin duda le hubiese aportado algo de felicidad.



Dos años han pasado.

Uno de sus hijos, el único que aún quiere ir a verle, entra y baja las escaleras principales introduciéndose de lleno en su mundo. Se acomoda junto a la barra y se sienta en el rincón más oscuro del local.

Su padre pide que le sirvan un whisky de malta con mucho hielo, como sabe que a él le gusta.

El tenerlo presente y frente al escenario, aunque sólo sea de vez en cuando, le proporciona un añadido de júbilo a su floreciente felicidad. Quiere que se impregne del disfrute de su padre.

Esa noche se vestirá con el traje de lentejuelas doradas que tanto le adelgazaba, transformándose en una auténtica diosa del cabaret. Y cantará aquella triste canción de amores que entonara en los ochenta su adorada Rocío, la gran Rocío Jurado. Recibirá mil y un aplausos paseándose entre el público. Saludará a los asiduos entre besuqueos y aclamaciones. Una mano amorosa le tomará por la estrecha cintura para entregarle una rosa roja con lazada en color plata, como cada segundo martes del mes. Y suspendido en altos tacones de plataforma, se acercará a aquella oscura esquina. Intentará regalarle una cariñosa sonrisa a la sombra que se aleja rápida por entre las mesas, camino de la escalera de salida. Lo intentará. Como en cada ocasión que uno de sus hijos, el único que aún quiere verle, entra de lleno en su mundo.

Pepa González

lunes, noviembre 8

Por la belleza de esta imagen que me llegó en cadena de mails.
Por el fabuloso mensaje que la acompaña.
Por hacerme poner los pies en el suelo una vez más y meditar sobre el antes, el después y lo más importante... EL AHORA.
Gracias mi querido amigo Santana por escuchar, por resolver, por centrar, por quedarte y lo más importante de todo, por estar aquí, conmigo, cerquita.

miércoles, noviembre 3

QUE NO EXISTAS










Y casi prefiero que no existas. Por todas esas mañanas de despertares solitarios. Por las amanecidas sin ecos de risas en mi cuarto. Por cada uno de los días en que el silencio ocupaba las entrañas. Por aquellos momentos en que soñaba con tus palabras.

Creo que prefiero que no existas. Así las noches serían más descansadas. Los sueños meros recreos del alma. La vida pretérita jamás tendría el aspecto del ánima. Te borraría sin pausa hasta dejar tus recuerdos en nadas.

Seguro que prefiero que no existas. Así no rememoraría tu olor y tu aliento. La huella de tu calor jamás me hubiese rozado. Las manos que se unieron un día nada hubiesen notado. Y las esperanzas de un mañana caerían en vano.

Preferiría que jamás hubieras existido. Y fueses únicamente un anhelo de lo inalcanzable. Una ilusión de poemas y valiosos mensajes. Sólo un cuento que se leyó y convirtió en retales. Un personaje en papeles, un disfraz en carnavales.

Que no existieras. Y la sencillez regresaría. La tranquilidad retornaría. La vida se reanudaría.


Que tu imagen y tu recuerdo… no existieran.

viernes, octubre 29

Poema para Pepi



Mi querida amiga Liz me ha regalado como condolencia por el fallecimiento de mi madre, Pepi Díaz González, - un poema inglés de autor desconocido traducido por Santiado Alemán al español.
Gracias Liz por esta perla y por tu cariño. Besos mil.


AUNQUE ESTOY MUERTO, NO TE AFLIJAS POR MÍ CON LÁGRIMAS.
NO PIENSES EN LA MUERTE CON DOLOR Y TRISTEZA.
ESTOY TAN CERCA QUE, CÁDA LÁGRIMA QUE DERRAMAS,
ME CONMUEVE Y ME TORTURA PORQUE PIENSAS QUE ESTOY MUERTO...

PERO CUANDO TE RÍES Y CANTAS CON ALEGRÍA,
MI ALMA SE DIRIGE HACIA LA LUZ:
RÍE Y ALÉGRATE POR TODO LO QUE LA VIDA TE DA.
Y YO, AUNQUE MUERTO, COMPARTIRÉ TU ALEGRÍA DE VIVIR.

Mi querida Pepi por Maríangeles Manrique del Lara

http://www.cronicasdelanzarote.es/spip.php?article31313=

lunes, octubre 25

En homenaje a los maestros del Silencio.












Siempre me han gustado los Mimos. Desde chica me fascinan los Reyes del Silencio.


Sus gestos mudos hablan como por arte magia y la imaginación vuela junto con cada movimiento y cada mueca que realizan, contando historias maravillosas; algunas plagadas de tristezas y otras llenas de alegrías.

Son portadores de grandes verdades y, desde la ausencia de letras, gritan de forma sorda a las conciencias de quienes quieran escucharles.

Decía el maestro de mimos Marcel Marceau que "el Silencio no tenía límites...los límites los imponía únicamente la palabra".


http://www.youtube.com/watch?v=r4LEKqLiYH4&feature=related

domingo, octubre 24

JOUER AVEC LE FEU (Jugando con el fuego)



















CASIDA DEL LLANTO

He cerrado mi balcón

porque no quiero oír el llanto

pero por detrás de los grises muros

no se oye otra cosa que el llanto.


Hay muy pocos ángeles que canten,

hay muy pocos perros que ladren,

mil violines caben en la palma de mi mano.

Pero el llanto es un perro inmenso,

el llanto es un ángel inmenso,

el llanto es un violín inmenso,

las lágrimas amordazan al viento

y no se oye otra cosa que el llanto.

Por Federico G. Lorca

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