RETALES DE UNA VIDA



Desde chico le dijeron la forma en que debía moverse, caminar, comportarse, hablar, vestirse, gesticular e incluso deliberar.


Y él, desde su más temprana edad, pensó que algo no debía ir bien internamente porque quería hacerlo todo distinto a como le indicaban que debía hacer. A pesar de ello enmudeció y escondió lo que, instalado en lo más profundo de su ser, quería salir y brillar con luz propia.



Mejor así – se decía en cada ocasión que aquel extraño sentimiento le embargaba.

Mejor así – y todo su cuerpo se calmaba, sus bailes de letras mentales se apaciguaban y la normalidad le inundaba, como si de una presa llena tras las torrenciales lluvias de enero se tratara.



Creció entre algodones, agasajado por una madre entregada a su cuidado y dos tías solteronas que disfrutaban haciéndole el gusto, regalándole caprichos sin miramientos. Estudió donde los jesuitas del barrio y desarrolló un talento sin igual para recitar poemas épicos y recrear historias de legendarios nobles, escuderos y lozanas damas de corte. Era un joven apuesto, un seductor nato, un adulador con maña para conseguir todo lo que se propusiera con ahínco. Y a pesar de esa acomodada existencia y de sus múltiples logros, algo seguía caminándole mal adentro.

La ansiedad que sentía de niño había ido creciendo con él, a su mismo ritmo y, con cada celebración de aniversario mayor era su zozobra, más profunda la indecisión. Algo así como un naufragio que sabía llegaría sin posibilidad de evadir las rocas que hundirían la barca de su propia vida. Y siguió aparentando.



Mejor así – se continuó diciendo cuando le temblaban las manos.

Mejor así – se murmuraba a sí mismo cuando el estómago se le volvía del revés y era incapaz de centrarse en algo tan natural como vivir.



Conoció aquella preciosa joven paseando por el parque una tarde de domingo y, casi sin percatarse de ello, la convidó a meriendas para más adelante llevarla al cine; luego al baile y del baile al picnic; del picnic a casa de su madre para presentarla a las tres mujeres importantes de su vida y de allí, ante al altísimo. Todo en el tiempo debido y apalabrado.
Y tras el feliz enlace vinieron los dos hijos y con ellos las celebraciones de cumpleaños, los festivales infantiles, los disfraces de carnavales, las vacaciones en la playa y los inicios escolares.

Pero siguió sintiendo lo que se le movía por dentro. Y por temporadas se le enredaba el alma y se le complicaba la tranquilidad, retornando el huracán que descolocaba cuanto había ido ordenando en su cuadriculada vida de prosperidad y aparente felicidad.



Mejor así – repetía a viva voz y en suave susurro convenciéndose de la suerte que tenía.

Mejor así – balbuceaba cerrando sus ojos fuertemente, enviando al oscuro cuarto del olvido cualquier inquietud que le provocara su otro yo.



Y crecieron los niños, fallecieron sus mentoras, envejeció su esposa y allí seguía él, formando parte de una vida que lo había arrastrado durante seis décadas. Enfrentando lo único que deseaba con fuerza; que le hablaba y le sugería imágenes, sensaciones e historias; que le mostraba su verdad.
Sesenta años de lucha contra aquello que sin duda le hubiese aportado algo de felicidad.



Dos años han pasado.

Uno de sus hijos, el único que aún quiere ir a verle, entra y baja las escaleras principales introduciéndose de lleno en su mundo. Se acomoda junto a la barra y se sienta en el rincón más oscuro del local.

Su padre pide que le sirvan un whisky de malta con mucho hielo, como sabe que a él le gusta.

El tenerlo presente y frente al escenario, aunque sólo sea de vez en cuando, le proporciona un añadido de júbilo a su floreciente felicidad. Quiere que se impregne del disfrute de su padre.

Esa noche se vestirá con el traje de lentejuelas doradas que tanto le adelgazaba, transformándose en una auténtica diosa del cabaret. Y cantará aquella triste canción de amores que entonara en los ochenta su adorada Rocío, la gran Rocío Jurado. Recibirá mil y un aplausos paseándose entre el público. Saludará a los asiduos entre besuqueos y aclamaciones. Una mano amorosa le tomará por la estrecha cintura para entregarle una rosa roja con lazada en color plata, como cada segundo martes del mes. Y suspendido en altos tacones de plataforma, se acercará a aquella oscura esquina. Intentará regalarle una cariñosa sonrisa a la sombra que se aleja rápida por entre las mesas, camino de la escalera de salida. Lo intentará. Como en cada ocasión que uno de sus hijos, el único que aún quiere verle, entra de lleno en su mundo.

Pepa González

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Un relato tan descriptivo que nos haces ver hasta el temblor de las manos del protagonista sufriendo por no poder mostrarse tal cual siente. Una lectura nocturna maravillosa, otro de tus regalos oportunos.
Bs. Syra
Anónimo ha dicho que…
Espero que poco a poco podamos volver ver esa sonrisa que te caracteriza, esa alegría y esa chispa que recibimos los que te hemos tenido cerca, solo mucho ánimo y que me encanta entrar en tu blog, es ese momento del día donde desconecto leyendo y viendo esas maravillosas fotografías, gracias por compartirlo.

Muchos besos desde MD.Mónica G-B.
Anónimo ha dicho que…
Ja ja ja, solo se te ocurre a tí, siempre espero algo así en cada historia de las tuyas. Mola maja.
Anónimo ha dicho que…
Aunque las obsesiones de cada uno son tan particulares como los patios de
aquella canción de antaño, no creo que exteriorizar un sentimiento reprimido
durante años, compense el crecimiento personal que puede ofrecer una
relación con un hijo (tu eres madre y sabrás de qué te hablo).
En el fondo sigo pensando sobre ese valor añadido del que hablas en tu
relato (felicidad); si pensamos un poco en ello, podríamos formular
preguntas simplistas como: tiene más peso el querer hacer algo perfectamente
organizado/diseccionado en tu mente de principio a fin o realizar ese algo
con un resultado totalmente diferente al esperado?. En definitiva, lo que
planeamos en nuestra mente es tan perfecto que no se admiten estrías de
ningún tipo. De ahí que seamos los mejores arquitectos de nuestros propios
sueños y queden relegados y perfectamente salvaguardados en nuestros famosos
baúles de los secretos.

No me veas como un recriminador de exposición de voluntades pero, para mí el
crecimiento personal y respeto por uno mismo es más valioso que cualquier
cumplimiento de sueños y, puede ser que ese respeto para este buen señor,
haya sido ponerse esas lentejuelas y cantar a lo Jurado. En fin, lo dicho,
tan particular como los patios de la canción de antaño.

Bss - jabelchor
Tomás Sestayo ha dicho que…
Un precioso relato Pepa. En unas líneas me has llevado para adelante para atrás, mostrado un afán, un querer y no puedo, una atadura moral y en un instante se levanta el telón y el personaje vive su vida relatada en breves letras.
Me ha gustado mucho.
Enhorabuena. Pocos consiguen asombrarme y menos consiguen de mi que suelte dos palabras seguidas.
Anónimo ha dicho que…
Supongo que el personaje de esos "retales de una vida" es real, existe... Y lo mejor es que nos lo haces vivir, y mientras lo leía le iba dando una cara, un cuerpo, "una vida"...

Gracias, Pepa

Besos desde París... Enrique
luis pascual ha dicho que…
....gracias Pepa, ...gracias, ....siempre invitas a la reflexión, y siempre en el mundo de los sentimientos, ...un lujo leerte, ....un lujo para los que sentimos y solo sabemos enfrentarnos a la vida de esta manera

besito y cuidate mucho

Luis
JACQUELINE ESPELLE ha dicho que…
Querida Pepa

Por desgracias no puedo hacerte comentarios en tu blog porque no se como hacerlo !
Entro en tu blog cada día y tus fotografias como tus relatos me encantan !
« Retales de una vida » es un relato precioso . Lo he leido ayer por la noche y esta lectura me hizo reflexionar y sufrir porque he entendido con media palabra,pero sin embargo de una manera muy fuerte la obsesíon de no poder hacer lo que sentamos por dentro. Pero las horas vuelen y la vida sigue adelante….
Como no he podido entender todo, he leido en voz alta y la musica de tus palabras me han encantado y he comprendido todo lo que mi falta de vocabulario me ocultaba !
Muchas gracias Pepa
Tu amiga
Anónimo ha dicho que…
Bello.....bello!!!!!!!!!!!!!!
Alicia
alejandra ha dicho que…
El relato te envuelve, sencillo, lleno de matices, de palabras no dichas, pero que se dejan acariciar. Me gusta la forma cercana con la que escribes.
Pero me llama la atención el comentario de jabelchor. Seguramente uno no sea más feliz con la vida cuando hace simplemente aquello que desea, pero vive fiel a lo que es. Eso es lo que yo llamo ser auténtico. Vivimos sumergidos en una sociedad que marca demasiadas directrices, que coarta todo aquello diferente, y que nos sumerge en el hastío y en la frustración. Creo que igual no se trate de felicidad, sino de libertad para elegir, sin caminos preestablecidos, y quizás eso sí sea crecimiento personal. Yo también soy madre, ser madre me llena de satisfacción, pero mi crecimiento personal me lo proporciona la vida, mis decisiones y no mi condición de madre. Es sólo otra visión.
Anónimo ha dicho que…
Muy buen relato, que mantiene la intriga hasta el último párrafo. Me encantan la lentejuelas o escamas y las plumas, tanto en los peces, en las aves o en los hombres. Besitos. ana sofía
Keko Menta ha dicho que…
Muy bonito relato, Pepa, triste vida aquella vivida entre los oscuros pliegues de nuestro propio miedo...

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