
Decir adiós no es fácil.
Irse para no volver te hace valorar las cosas más simples y nimias otorgándoles una importancia que hasta ese momento era inexistente. Abandonar dejando el hueco que uno ha estado ocupando largo tiempo. No es nada sencillo. Pero llegó la hora de apartarme y dejar que los demás vivan sin mi presencia. Estoy seguro que al principio les golpeará con fuerza pero luego llegará la calma. Todo regresará a su sitio y ellos irán olvidando.
Mejor evitar que sufran y esperarles en el otro lado.
Dicen que uno tiene que estar muy loco o tener muchas agallas para irse de esta forma. No lo sé. Igual soy solamente un cobarde. Quizás estoy cansado de todo. Hastiado de la rutina. A lo mejor siempre quise terminar y ahora me llegó el minuto.
María no lo va a entender. ¿Cómo lo iba a comprender si hasta ayer reía feliz entre mis brazos? No creo que lo llegue a digerir jamás.
Ja!
Y para qué tendría que buscarle un explicación. Mejor así. Me fui y que viva su vida como más le plazca. Le dejo bien pertrecha y el dinero no será un inconveniente para reiniciar su vida. Ella y los niños estarán bien.
Ah! Mis niños. Los quiero con todo el alma. Sin ellos creo que esto habría pasado mucho antes. La pequeña es igual que madre. Tan resuelta y fresca. Cada día más linda, más viva. Con ese suave pelo rojizo y su sonrisa permanente. La niña de mis ojos. Con tan sólo siete años es un torbellino de alegría. Un remolino musical que se te mete hasta las entrañas. Toda belleza entorno a su minúsculo cuerpo de lombriz saltarina. Pura vitalidad. Genoveva es igual que madre.
Ramiro es distinto. Es más yo. Sereno, concienzudo, meticuloso, callado, dócil. Con esa mirada de viejo cultivada en ojos de niño. Cuando lo miro recuerdo las palabras de Serrat cantando "El niño yuntero": alma color de olivo, vieja y encallecida. Así es mi Ramiro, un anciano joven.
Mis dos vástagos. Dos joyas que analizarán mis actos y hasta mis rasgos en fotografías, buscando razones donde nunca hallarán respuestas. María les dará motivos para quererme a pesar del abandono. Eso no lo pongo en duda. ¡Mi María!
A minutos de irme sigo preguntándome qué diablos pudo ver en mí para elegirme como su hombre. Siempre me dice que adentro lo que guardo es como un tesoro oculto. Que mi alma se le presentó al verme incluso antes de que yo pronunciara palabras. Que me conoció por dentro y eso la encadenó a mi cuerpo. Que supe mirarla como nadie antes. Y también quererla, como nadie nunca.
Mi pobre y querida María. Aún así tengo que dejarla y despedirme. Estoy cansado. Tengo ganas de desaparecer. De no haber llegado. Tengo necesidad de esfumarme. De alejarme.
Dicen que todos lo que se van de esta forma dejan letras escritas a modo de despedida. Dejando un recuerdo. Una misiva por el afán de plasmar la huella de uno en la memoria y la retina ajena.
Yo no quiero hacerlo. Me tiembla el pulso. Se me quiebra el cuerpo. Todo se me volvió fatiga y negro. Luto.
A mi hermana Clara, besos. A mi madre Eulogia, abrazo intenso. A padre Rafael sólo un instante de mirada a lo hondo. A lo profundo. Al interior de sus entrañas y de las mías. Y yo me voy para no herir más. Me alejo en el tiempo y el espacio para que ellos no sufran por mi culpa. Para evitar daños. Para romper historias grises. Para… no lo sé. Me voy sin más.
¡Ay mi querida María! ¡Mi María!
Te quiero pedir perdón pero en el fondo no quiero porque deseo irme.
Me llegó el instante. Te pediría disculpas por esas lágrimas que brotarán de tu rostro y que no quisiera que derramaras. Por el sufrimiento al que te llevará mi partida. Te pediría clemencia para este hombre que renuncia. Para, si lo prefieres, facilitar el camino al hombre cobarde.
Ya escucho las pisadas.
Son ellos.
Aquí me quedaré impasible aguardando el golpe a la puerta primero y luego el disparo certero.
No me moveré.
Esperaré que pasen y dejaré que mi destino fluya sin oponer resistencia.
Adiós vida. Adiós.
Irse para no volver te hace valorar las cosas más simples y nimias otorgándoles una importancia que hasta ese momento era inexistente. Abandonar dejando el hueco que uno ha estado ocupando largo tiempo. No es nada sencillo. Pero llegó la hora de apartarme y dejar que los demás vivan sin mi presencia. Estoy seguro que al principio les golpeará con fuerza pero luego llegará la calma. Todo regresará a su sitio y ellos irán olvidando.
Mejor evitar que sufran y esperarles en el otro lado.
Dicen que uno tiene que estar muy loco o tener muchas agallas para irse de esta forma. No lo sé. Igual soy solamente un cobarde. Quizás estoy cansado de todo. Hastiado de la rutina. A lo mejor siempre quise terminar y ahora me llegó el minuto.
María no lo va a entender. ¿Cómo lo iba a comprender si hasta ayer reía feliz entre mis brazos? No creo que lo llegue a digerir jamás.
Ja!
Y para qué tendría que buscarle un explicación. Mejor así. Me fui y que viva su vida como más le plazca. Le dejo bien pertrecha y el dinero no será un inconveniente para reiniciar su vida. Ella y los niños estarán bien.
Ah! Mis niños. Los quiero con todo el alma. Sin ellos creo que esto habría pasado mucho antes. La pequeña es igual que madre. Tan resuelta y fresca. Cada día más linda, más viva. Con ese suave pelo rojizo y su sonrisa permanente. La niña de mis ojos. Con tan sólo siete años es un torbellino de alegría. Un remolino musical que se te mete hasta las entrañas. Toda belleza entorno a su minúsculo cuerpo de lombriz saltarina. Pura vitalidad. Genoveva es igual que madre.
Ramiro es distinto. Es más yo. Sereno, concienzudo, meticuloso, callado, dócil. Con esa mirada de viejo cultivada en ojos de niño. Cuando lo miro recuerdo las palabras de Serrat cantando "El niño yuntero": alma color de olivo, vieja y encallecida. Así es mi Ramiro, un anciano joven.
Mis dos vástagos. Dos joyas que analizarán mis actos y hasta mis rasgos en fotografías, buscando razones donde nunca hallarán respuestas. María les dará motivos para quererme a pesar del abandono. Eso no lo pongo en duda. ¡Mi María!
A minutos de irme sigo preguntándome qué diablos pudo ver en mí para elegirme como su hombre. Siempre me dice que adentro lo que guardo es como un tesoro oculto. Que mi alma se le presentó al verme incluso antes de que yo pronunciara palabras. Que me conoció por dentro y eso la encadenó a mi cuerpo. Que supe mirarla como nadie antes. Y también quererla, como nadie nunca.
Mi pobre y querida María. Aún así tengo que dejarla y despedirme. Estoy cansado. Tengo ganas de desaparecer. De no haber llegado. Tengo necesidad de esfumarme. De alejarme.
Dicen que todos lo que se van de esta forma dejan letras escritas a modo de despedida. Dejando un recuerdo. Una misiva por el afán de plasmar la huella de uno en la memoria y la retina ajena.
Yo no quiero hacerlo. Me tiembla el pulso. Se me quiebra el cuerpo. Todo se me volvió fatiga y negro. Luto.
A mi hermana Clara, besos. A mi madre Eulogia, abrazo intenso. A padre Rafael sólo un instante de mirada a lo hondo. A lo profundo. Al interior de sus entrañas y de las mías. Y yo me voy para no herir más. Me alejo en el tiempo y el espacio para que ellos no sufran por mi culpa. Para evitar daños. Para romper historias grises. Para… no lo sé. Me voy sin más.
¡Ay mi querida María! ¡Mi María!
Te quiero pedir perdón pero en el fondo no quiero porque deseo irme.
Me llegó el instante. Te pediría disculpas por esas lágrimas que brotarán de tu rostro y que no quisiera que derramaras. Por el sufrimiento al que te llevará mi partida. Te pediría clemencia para este hombre que renuncia. Para, si lo prefieres, facilitar el camino al hombre cobarde.
Ya escucho las pisadas.
Son ellos.
Aquí me quedaré impasible aguardando el golpe a la puerta primero y luego el disparo certero.
No me moveré.
Esperaré que pasen y dejaré que mi destino fluya sin oponer resistencia.
Adiós vida. Adiós.
RAMIRO SUÁREZ, ASESINO, TE LLEGÓ LA HORA. ENCOMIÉNDATE A TODOS LOS SANTOS QUE CONOZCAS PORQUE TU VIDA SE ACABA EN ESTE INSTANTE.
FIN
Pepa González