ROPA LIMPIA

Monna Lisa


Ayer no estaba en su esquina habitual y me sorprendió. Durante el último año no creo que haya pasado un solo día sin que ella estuviera allí, en su hueco, como parte del mobiliario de la tasca de Juanra. Jamás pregunté su nombre. Me interesé por aquella mujer sin un fin concreto, como me fijaba en los adornos de lo alto de la barra o en los cuadros que colgaban de las paredes. Por el simple afán de imaginar biografías ajenas, historias de otros.


Me contaron que no hablaba con nadie. Que jamás vino acompañada. Que se acercaba tranquila hacia la barra justo a las ocho treinta de la mañana. Día tras día. Que pedía su café con unas gotas de coñac y tras pagar con dos monedas de cincuenta se desplazaba deslizando sus pies, o más bien arrastrando aquel cuerpo orondo, hacia la mesa de costumbre. El mismo ritual cada jornada, de lunes a sábado. El domingo no aparecía por la tasca. El séptimo día de la semana, la ausencia de esta misteriosa y solitaria mujer, dejaba algo huérfano al bar. Faltaba ella. La no presencia del relleno de la esquina del fondo, creaba una especie de vacío profundo mezcla de consternación y desaliento. Era curioso como su marcha proyectaba abandono.

Me relató el dueño de la tasca que hubo un día en que al aproximarse a la mesa de siempre, encontró a otros ocupando su espacio. Sin turbarse lo más mínimo bebió la tacita de brebaje en pie, mirando de frente a la pared del fondo donde los cuadros de pesca, para luego irse de forma sigilosa como si de una sombra se tratara. Nunca un conflicto. Ningún altercado. Nada. Solamente ella, su café, el asiento en la esquina y las horas pasando.

Aquella mujer era de formas redondas, caderas anchas, tobillos gruesos, vestimenta sobria. Tez serena de cachetes lisos y sonrosados, prietos. Cuello corto, espaldas fuertes. Busto rotundo. Lo habitual era verla andar cabizbaja y silenciosa. El cabello recogido en cola. Pequeños pendiente que colgaban invisibles justo detrás del pelo. Pero lo que más me llamaba la atención era la carestía, casi solemne y regia, de gestos en el semblante. Total inexistencia de expresividad. Ni sonrisas ni ojos lacrimosos. Sin muecas afables o gestos de cólera. Quizás algo de servilismo en los andares, como pidiendo clemencia en cada paso. Su cara recordaba el cuadro de La Monna Lisa. El rostro un mapa en blanco repleto de pequeñas grietas que fue dejando el tiempo. Un libro de hojas vírgenes, listo para que cualquiera diera rienda suelta a la imaginación y narrara su historia.

Y fue cuando la eché en falta que pude ver con nitidez su perfil, sus ojos, manos y silueta. Fui consciente, en ese segundo, de cuánto había conseguido esa mujer con su total mutismo. Nada más y nada menos que adentrarse y posicionarse como preferente entre las imágenes que retenía de forma inconsciente. Sencillamente estaba en mí. Ella junto a otros adornos de la tasca que bailaban libremente en mi cabeza. La Monna Lisa había logrado dejar su huella.


De pronto, el ruido de un taburete que cae me saca del ensimismamiento.

¡Coño! – vocalizó Juanra. Y sonó alto y fuerte, entre estremecimiento y desconcierto. Cogiendo resuello volvió a vociferar otro taco: “Carajo” . Y nos quedamos mirándolo, los de la barra y los de las mesitas de mármol, esperando que sus monosílabos se transformaran en frases coherentes que pudieran proporcionarnos algún indicio revelador. Algo que nos hiciera al fin partícipes del acontecimiento que tanto asombro le había producido.

Levantó el periódico que ojeaba sujetándolo con las dos manos, le dio la vuelta de forma lenta como siguiendo un ritual para no amedrentar a la clientela. Señaló con el dedo índice una columna al margen izquierdo de la página donde los sucesos y, allí estaba ella.

La misma Monna Lisa de la tasca del barrio pero diferente. Una mujer llena de calma y extraordinariamente bella. Esbozando la sonrisa más espléndida, deslumbrante, sincera y pletórica que jamás había presenciado. Ella pero distinta. Renovada. Como recién parida. Inmensamente feliz.
SUCESOS ~~ PARRICIDIO EN VEGUETA

Agentes de la Policía Nacional detuvieron ayer noche a la presunta parricida Juana M. P., una mujer de mediana edad que confesó haberle quitado la vida a su marido tras una discusión empleando una barra de hierro con la que le ocasionó lesiones craneoencefálicas graves, que tuvieron como fatal desenlace el fallecimiento de José R. G. Según los primeros indicios, la agresora habría sufrido maltrato físico y psíquico desde hace más de treinta años sin que se hubiese interpuesto denuncias por maltrato con anterioridad al suceso. La detenida ha pasado esta mañana a disposición judicial.
FIN
Pepa González
Son muchas las cosas que aún debo hacer: acabar de matar la memoria, procurar que mi alma se vuelva de piedra, y aprender de nuevo a vivir. Anna Ajmátova