RECUERDOS CON CUERPO.



En multitud de ocasiones he tenido la sensación de acariciar los recuerdos con los dedos. Como si realmente fueran tridimensionales. Momentos concretos de mi vida en que un olor, un sabor o una mirada, me hacían volver atrás la vista buscando sensaciones pretéritas. Evocaciones de escenarios dulces o de instantes menos amables.

Es lo que se llama "Capacidad de asociación", de unión de hilos conductores. Enlaces neuronales. Conexiones de contextos espacio-tiempo.

Me refiero a lo que siento siempre que la brisa serpentea cerca de mi pelo haciéndolo mover. Lo que imagino cuando veo esa carretera inhóspita en la oscuridad. Paseando por un montículo cubierto de pajizo dorado. Al escuchar una risa fresca o al percibir unos ojos que me miran de forma insistente y fija. Lo que noto dentro de mí al palpar el calor de prendas recién planchados o al tocar lazos de raso.

Pero sobre todo la sensación que me traen los olores. Fragancias que transportan instantáneas antiguas y que devuelven a la infancia. Los aromas de platos recién cocinados. Bizcochón de yogurt, rosquillas caseras, natillas, leche hirviendo. Esencias de mi propia historia.

El perfume, intenso o delicado, que me coloca en aquella habitación junto a él. El sonido de las páginas de un magazine en domingo, tras el café. De nuevo ese cariñoso y único olor a letras. A libros. A pluma. A paz. A vida.

El brazo amigo que de pronto me transmite una seguridad pueril apartando los miedos, dándole vía libre a ese palpable resguardo del hogar paterno.

La respuesta oportuna. La réplica acertada al comentario desafortunado e hiriente que escucho en otros, trayéndome de golpe el recuerdo de la agudeza verbal de los que ya no están presentes. De los que nunca más estarán presentes.

El pasado es presente y el presente se abandona atrás, donde el negro inunde todo, para abrirle la puerta al ayer. Una escena retrospectiva; una vuelta al pasado. Un paseo por períodos digeridos deslizándome con velocidad por la vía ferroviaria del Tempo. Flash back de segundos empatando dibujos del “Antes” con los del “Ahora”. Negativos del cajón de nuestra memoria que buscan la luz. Que intentan de nuevo ser primeras figuras de la puesta en escena.

La dulce balada que al interiorizarse me provoca un reconocido y agradable escalofrío. Un baile de salón en sepia. Los pies moviéndose al compás de notas musicales, con la mano bien adherida a la de él y con su aliento susurrándole a mi cuello. Una danza en grises. En blanco y negro. Felicidad.

El cuerpo cercano de alguien en el mercado del domingo; en el restaurante de la costa; en el concierto callejero.

Un avión en pleno vuelo. La luz brillante de rayos solares a través de la ventanilla. Nubes de algodón. Ese calor tibio, agradable. Somnolencia.

Andando descalza sobre la fina arena mojada. Hundiendo los pies en frío. Sintiendo la presión en tierra. Notando la inmensidad del mar en cada inhalación de aire salado. Los dedos de otra mano entre los míos. Caricias llenas de luz.

La música. Armonía. Acordes que transportan lluvia de fiestas, carcajadas, cansancio. Amanecidas con sabor a churros y chocolate caliente, regusto a rones.

De regreso a los quince, a los diecinueve, a los veinticuatro, a los treinta.

Repasando mi historia. La leyenda personal que a pequeños pasos se ha ido gestando. Me retornan a mi Diario con candado de la infancia. Al perfil juvenil y al cuento narrado desde dentro. Esa novela sin editorial pero con autora reconocida, que se comporta como niña malcriada y quiere hacerse notar. Que gritará porque no está dormida. Que vociferará desafiante y en cualquier instante, si le apetece, volverá provocándome decenas de sentimientos diferentes.

Y tendré que callarme. Me veré obligada a escuchar en silencio. Dejaré que me inunde nuevamente con sus cánticos y sus peroratas, con sus errores y sus aciertos, con sus imágenes Polaroid porque definitivamente esa novela, esa historia, esos recuerdos, tienen Cuerpo. Y además también tienen Alma.

Pepa González.

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Son muchas las cosas que aún debo hacer: acabar de matar la memoria, procurar que mi alma se vuelva de piedra, y aprender de nuevo a vivir. Anna Ajmátova