CAYETANA



Cayetana. Caye. Nana. Mi Cayetanis.

Sembradío de carcajadas. Jovialidad a raudales. Mirada de ensoñación. Visceral carácter. Porte regio. Fácil lágrima. Andares garbosos. Posturas gentiles. Nobleza innata. Decisión a hierro candente. Semblante afable.

Antes niña, ya Mujer.

Cayetana. Caye. Nana. Mi Cayetanis.










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Solicitando sonrisas


Cuando el dolor se aloja por dentro y un nudo anda rondando las entrañas, necesito sonrisas. De esas que llevan implícitas fantasías, que transportan tonalidades, que descargan lluvias, que reviven flores, que regalan sueños.

Cuando el soplo falta y la pena embarga recorriéndome la negrura, necesito sonrisas. De aquellas que devuelven la vida, que refrescan por dentro, que entonan cánticos.

Cuando la cabeza quiere separarse del cuerpo, el cuerpo desea borrarse por completo y la seriedad dibuja una línea tristona en mi rostro, necesito sonrisas. De las que levantan ánimos, alimentan almas, despiertan entusiasmos.

Cuando partirme en tres es imposible y el desasosiego camina sin frenos y sin pausas, necesito sonrisas. De las del pasado que me regalaron felicidad y que me llenaron de instantáneas brillantes.

Cuando mis ojos piden cubrirse de abatimiento y la congoja se enreda escalando como la hiedra, necesito sonrisas. De las que llegarán portando júbilo, danzando con brío, dibujando belleza.

Necesito sonrisas.

Necesito pedacitos de bullicios.

Necesito gotas de fandangos.

Necesito aromas de festivales.

Necesito caminos de vuelta a casa.

Necesito volver a recuperar el alma.

Y es que de vez en cuando me toca solicitar risas, reclamar a gritos al mejor vendedor de esperanzas, hurgar entre los grises desenterrando acuarelas.

En días puntuales, en días como el de hoy, daría todo de mí por unas cuantas porque... sin duda alguna… NECESITO SONRISAS.

Pepa González

Concierto en el Tibet



Hace unos días asistí a un concierto de música tibetana.
En uno de los salones del Palacio Spinola de la Real Villa de Teguise, un maestro Reiki hacía música con cuencos del Tibet, campanas y tambor de sonidos oceánicos. Le acompañaban dos músicas extraordinarias: una fabulosa violinista de origen ruso, pura delicia y una flauta travesera en manos de una joven japonesa, todo un lujo visual y auditivo.
Algunos escuchábamos cómodamente en nuestros asientos; otros dormitaban sumidos en meditación sobre esterillas y cojines; varios se sentaron en sofás barrocos y descalzados cerraban sus ojos para interiorizar la música.

Lanzarote tiene estos momentos únicos que se recuerdan de por vida.



Son muchas las cosas que aún debo hacer: acabar de matar la memoria, procurar que mi alma se vuelva de piedra, y aprender de nuevo a vivir. Anna Ajmátova