Air France - Anuncio.

Les muestro un Anuncio pero es mucho más que un Anuncio.

Porque suenan acordes del Concierto de piano nº 23 de Mozart.
Porque es el bailarín Benjamin Millepied y la bailarina Virginie Caussin, quienes en medio del desierto de Marruecos y sobre una superficie de cristal que los convierte casi en espejismos, derraman magia con su danza.
Porque a veces la simplicidad de la plástica transmite tanto que deja sin Alientos.
Porque nuevamente el Amor es el centro de todo.

Es un Anuncio, solamente un minuto,  pero es también mucho más que un Anuncio.

Royal Ballet - Flanders.

"El movimiento no miente" - Martha Graham

La danza es el único arte en el que nosotros mismos somos el material del que el arte está hecho - Ted Shawn

Hoy ya no se danza, se camina - Flaubert

Cada día en el que no hayamos danzado al menos una vez es un día perdido - Nietzsche



Programa La Vitrina de Radio Tías 105.9fm con Beatrice Senent





Programa La Vitrina de Radio Tías 105.9 fm con Gabriel García, música.

Donar Órganos es apostar por la Vida.

Cortometraje de carácter solidario para el fomento de la donación de órganos, presentado por la Coordinadora de Trasplantes de Aragón, la asociación Alcer Ebro.


LIFE VEST INSIDE

La humanidad se mantiene a flote gracias a la Amabilidad. No rompamos la cadena.

¡Sea!

Que todo lo bueno, y solamente lo bueno, toque en tu puerta. Que las alegrías, todas ellas y alguna más, te vista la vida. Que las letras, las de ayer y las de mañana, completen tu existencia. Que la música, la que refresca y la que acaricia, te brinde horas de armonía.

Y que meigas, ninfas y gnomos de los bosques se unan para que mi conjuro haga su efecto.

Que sea así, ahora y siempre.

Manantiales de felicidad.
Arroyos de esperanza.
Riachuelos de ternura.
Fuentes de agasajos.
Torrentes de prosperidad.

¡Sea!

Que así sea, porque así debe ser.




FLORES

Adoro las Flores.

Da lo mismo su color, su tamaño, su fragancia.
Sueño con paraísos llenos de flores: rojas, púrpuras, blancas, verdes, fucsias…
Espejismos de arco iris cubiertos de pétalos bañados de pinceladas cromáticas.
Disfruto mirándolas, robándoles su aroma, gastándoles su suavidad.
Me fascinan las Flores.

Gracias Mª Ángeles por este regalo en Xmas Time. Comparto. ¡Felicidades a todos!

Folk del Siglo XXI

Porque el Folk isleño está transformándose. Soplos renovados de Jazz, de Rock, de Eléctrica.

Un Folk con fuerza que muestra con frescura la grandeza de los talentos Conejeros.

Un TIMPLE innovador.



Recuerden: Gabriel García.

Ése es su nombre. También su sello.

Nuevos aires para una Generación que ha roto todos los moldes.






Soñando con cielos




Recostada en el silencio, bañada por la soledad

contemplo bendecida colores,

belleza única de un cielo colmado de algodones.



Suspirando por el venidero instante,

por los abrazos, por los susurros, por amarte.



Esperando retornos de un corazón extraviado

que sin permisos y de madrugada

decidió alejarse en busca de lo soñado.



Cielos llenos de azules, de blancos, de púrpuras chispeantes.

Cielos de amor. Cielos de amantes.

Cielos de alegrías, de deseos, de romances.

Las extravagancias de Arcadia Guillén.




Tengo muchas manías, muchísimas. Soy consciente de ello. Del mismo modo que soy consciente de que con la llegada de los vientos gélidos en noviembre, la gripe me obligará a pedir cita en mi médico de cabecera o de que, con los primeros días de abril, las alergias convertirán mi día a día en una continua melodía de estornudos incómodos matutinos.

Sí, tengo múltiples manías y una de ellas es sentirme horrorizada por mi nombre: Arcadia. En realidad por cualquier nombre que comience con esa pirámide invertida atravesada por lanza que es la “A”. Esa grafía que muestra descarada posición preferente, principio de cualquier inicio, orgullo carente de modestia tan solo con su aparición. Esa “A” que impera en los nombres de mi árbol genealógico como lo hacen las pecas en la epidermis y la longitud de las piernas, en varones y hembras. Detesto esa altanera figura que inicia la atrocidad del nombre con que decidió bautizarme padre.

Las otras, el resto de mis manías, las he ido adquiriendo con las canas al ir pasando las hojas del almanaque. Cargar con todas ellas no es cuestión que me preocupe en demasía. A decir verdad he ido creando un vínculo curioso y hasta amoroso con cada una de mis, digamos, especiales comportamientos, exceptuando la que se refiere a mi nombre, a mi horrible nombre, tema que aún no he podido superar. Por momentos, lejos de incomodarme, esas manías me traen alguna que otra carcajada debido a mi absoluta incapacidad para controlarlas. Y cuento esto porque hace pocos días leí una publicación sobre las manías y sus causas redactada por mi adorado Punset y, hoy día martes, sentada en cómodo sillón y deseando ser conejo de laboratorio en manos de tan gran divulgador científico, he pensado que sería interesante enumerarlas e intentar crear una cronología de todas dándole respuesta al “desde cuándo” así como a los“orígenes” y “naturalezas” de cada una de ellas. Todo ello con la finalidad de desprenderme de alguna, la que menos placer me provoque, tal y como me recomienda Punset para según su estudio, favorecer la perpetuidad de una vida menos anclada en hábitos que obstaculizan la posibilidad de caminar hacia una vejez gozosa. Hoy, con una decisión poco común en mí, yo, Arcadia Guillén tomo entre mis manos la libreta en tonos púrpuras – el color que siempre escojo para mis libretas de apuntes - y saco de mi bolso un bolígrafo de punta fina, en color negro – no podría ser de otro color la tinta – e inició esta nueva empresa que espero me tenga entretenida por lo menos unas horas, sorteando otra tediosa tarde otoñal en esta mohína ciudad en donde acabé apolillándome.

Y con enorme espíritu de desglose analítico, inicio labores e inauguro la disección de mis adentros:

1- Cajitas de Madera.

Manía iniciada en el verano del 75, después de entrar en la casa de la finca de los parientes de padre. En la habitación al final de las escaleras, completamente llenas de polvo, aparecieron ante mí cuatro cajitas de distintas maderas, decorando una mesa camilla junto a la ventana que daba al malogrado jardín de la parte trasera. El caserón pertenecía concretamente a mi bisabuela, Doña Azucena, una mujer poco dada al trato afable, déspota según contaban e incluso más que ruin…miserable con sus tres hijas: Amada, Arlinda y Amparo así como con sus dos nietos: mi padre Antonio y su hermano, Ángel. Sé de ella sólo por lo que se hablaba en las comidas familiares o en los cumpleaños de la abuela. De aquella mujer, Doña Azucena, conocía su semblante agrio gracias a un retrato, pintado sobre lienzo en tonos oscuros, que colgaba de la pared con papel decorado con rosas en el salón principal. La verdad era que por más que uno quisiera buscarle encanto a aquella cara afilada y nariguda, la tarea resultaba harto complicada.

Esta rareza que lleva conmigo hace tanto, consiste en reunir cuanta cajita de madera se cruce en mi camino. Desde entonces acumulo una cantidad tal que, colocándolas apelotonadas dentro de una cochera con espacio para dos autos, faltaría sitio para almacenarlas todas. Superan cualquier cálculo que pueda hacer. Desconozco el número total. Muchas son ya. Las deposito hace años en un trastero de la casa de verano.

Reflexión: Esta costumbre podría etiquetarse como manía obstaculizadora, más que por generarme tareas o esfuerzos costosos, por el espacio ocupado sin sentido. Aunque bien pensado, ¿para qué habría de servir aquel trastero sino para acumular mis cajitas?. Mejor destino no imagino encontrarle.

2- Tarros de Fragancias.

Manía iniciada en el 79 cuando madre, explicándome la importancia de tener gustos refinados y mantener de por vida fidelidad a una casa de perfumes, me regaló una caja con tapadera de lata que contenía cuatro muestras de distintas fragancias de Dior.

La razón de esta rareza siempre la he tenido clara: los perfumes me hacían, y hacen, volar hacia todas aquellas vidas que jamás viviré pero con las que siempre soñé y sueño. Vidas de revistas y películas de época. Bailes de salón y pedidas de matrimonios narradas en novelas cursilonas. Historietas de folletín que tanto devoré en el verano en que mi hermana Angustias decidió irse del pueblo a la capital y, dejarme vegetando en compañía de unos padres estrictos e invadidos por la compartida tristeza. Debe haber cuatro frascos de colonias en mi tocador para sentirme cómoda y suficientemente segura. Para poder seguir soñando, cuatro. Ni uno más ni uno menos. Colocados de mayor a menor y, en caso de tener la misma talla, el frasco de mayor grosor primero y luego, el menor. Y si se diera el caso de tener ambos la misma talla y dimensión, el de coloración más oscura preferente y el más claro, después. Olores a vainilla, a canela, a jazmines y a gardenias. Siendo mis preferidos los de aromas a gardenias. Cuatro tarros.

Reflexión: No es una manía que cree gran escollo. Y si ese fuese el caso, tengo claro que no podría prescindir de mis cuatro aromas. No sería capaz. Ellos me inyectan fantasías. Es hermoso disponer de fragancias y dejarse llevar. Quizás obstaculiza mi vida pero, ¿qué sería de esa existencia si los aromas no estuvieran invadiéndolo todo? Mis cuatro aromas. Sin duda, otra manía a perpetuar.

3- Bolígrafos negros.

Manía iniciada en el año 81, después de gastar todos los bolígrafos de tinta azul escribiendo la más desgarradora carta de súplica al Amor de mi vida tras su partida. A partir de ese instante, cualquier letra a escribir de mi puño y letra, vestiría el color de la oscuridad. Ese negro profundo lleno de silencio como muestra real de que el dolor padecido se mantiene en mí para los restos. Evitando olvidar que ese fatal sentimiento, el del amor, si se atreviese a tocar de nuevo en mi castigado corazón, sólo transportaría lágrimas, penas y aflicción.
No tengo en cuenta el aspecto, material o denominación de origen de la herramienta portadora de tinta. Eso sí, de punta fina para mejor letra y con tinta carbón. Salga el astro sol por donde quiera salir soy incapaz de escribir en otro color. Aunque tenga que abandonar una oficina bancaria o tomar la puerta de un restaurante y preguntar a los viandantes por un bolígrafo en condiciones, en mis condiciones, es decir: con tinta negra… Tengo una incapacidad tal que me paraliza llegando a inutilizarme la mano, si se diese el caso de no encontrar en las proximidades la herramienta y la tintura deseada. Por esa razón puedo incluir, en este apartado del recopilatorio sobre manías múltiples, otra que incrementa el valor de esta manía matriz: Llenar los bolsos con bolígrafos de tan penumbrosa alma. Así me aseguro no tener que padecer otras tintas.

Reflexión: Sin duda esta manía muestra algún tipo de problema psíquico, probablemente tratable por un especialista por lo obsesivo del detalle de la negritud y la inutilidad manifiesta de extremidades si no lo tuviese al alcance en el momento de convertir las intenciones en grafismo pero, considerando que el coste es poco y teniendo en cuenta el origen de la manía en cuestión y la catarsis que lleva implícita cada acto de escritura en tinta nocturna, la manía se mantendrá sin problemas in aeternum. Letras de regaliz.

4- Mojarme las yemas de los dedos luego de tocar cristales.

Manía iniciada en el año 86 después del fallecimiento de mi querido Cartucho. Ese perro había ocupado el hondo hueco que dejó la partida de padre y madre, además del abandono de aquel primer y único dolor-amor, así que volqué todas mis atenciones e instintos amorosos sobre un animal feo, pintado a tres tonos de canelo, de estructura ósea raquítica, con hocico corto y cola infinitamente larga. Cartucho era mi “buenosdíasamor”, mi “hastadespuésmicielo” y mi “¿dóndeestáelamordemivida?”. Cartucho me hacía compañía y me llenaba de atenciones con más entusiasmo y ganas que nadie en toda mi existencia. Y una mañana “buenosdíasamor” apareció cual estatua de cera junto a la cómoda, como la mojama, tieso, más frío que un témpano de hielo, con los ojos abiertos y la lengua colgando del lado izquierdo. Me incliné para hablarle, lo miré desde el extremo opuesto de la cama, levanté el tono de voz intentando despertarme y convertir aquel momento de pesadilla en un mal sueño pasajero para que la normalidad regresara a casa pero nada volvió, nada aconteció. Y me arrodillé a su lado, lo envolví con la manta de punto a colores fabricada a dos agujas para Cartucho cuando sólo era un pequeño y extraño recién llegado, lo metí en la caja de cartón de la última compra de verduras y me lo llevé a la finca, donde reposarían sus restos para poder velarlo cada vez que sintiera su falta, para cuando la añoranza generara llagas profundas. Y ahí fue donde se originó la manía porque al colocarlo dentro del improvisado cajón mortuorio, se destapó el hocico de Cartucho y lo miré fijamente a los ojos y él, mi Cartucho, mi “buenosdíasamor”, mi “hastadespuésmicielo” y mi “¿dóndeestáelamordemivida?” me miró de frente con una mirada que me acongojó el alma y me enredó el pecho dando forma a una asfixia punzante. Aproximé mi mano y al intentar cerrarle los párpados sentí el frío globo ocular, rígido, ausente, inmóvil y supe que mi compañero de aquellos últimos días y estaciones se había transformado en cristal. Luego de tocar la visión canina difunta con los dedos, tuve que restregar mis dedos con cepillo de cerdas y jabón líquido durante un largo rato, intentando que desapareciera aquella sensación de asco, de falso animal, de vidrio impávido, de terrible escultura sin hálito. Y después de remojar con agua las manos, de sentirme al fin liberada de Cartucho y su deceso, convertí la intensión de borrar lo vivido en una nueva manía, mojándome los dedos en cuanto tocara cristal fresco ya fueran vasos, jarrones o centros de mesa. El cristal me trae de golpe el recuerdo amargo de un Cartucho sin alientos. Lo mismo me da que el agua venga de un grifo o de mi propia cavidad bucal. Necesito ahuyentar esa emoción de fallecimiento de mis dedos.

Reflexión: Cartucho muerto o Cartucho vivo. Si dejo ese frío en mis yemas Cartucho muere día tras día. Si borro con líquido ese sentimiento, Cartucho sigue moviendo su rabo al verme llegar a casa. Definitivamente esta quinta manía no es tal por su capacidad para devolverme la compañía del can espectro. Me quedo con ella. No intentaré si quiera repelerla.

5- Cierre de tapas de geles y champús.

Manía iniciada a principio de los 90. La tarde que me encerré en el baño principal de la casa de madre para llorar escuchando las baladas románticas de Nat King Cole. Decidí que aquel día sería el último de la mortificación autoinfligida. Después de romper en llantos durante más de dos horas, con el pertinente y monumental dolor de cabeza ocasionado por la tormenta lacrimal además del aspecto final más que lastimoso, al salir del cuarto de baño pude comprobar que los tarros de aseo que ocupaban las esquinas de la bañera estaban abiertos, como queriendo reírse de mí y del estado lamentable en que me encontraba tras la hecatombe sentimental. Fui tomándolos de uno en uno y cerrando sus bocas risueñas, taponando la salida de cada una de sus carcajadas, obligándoles a callar y a respetar el dolor ajeno. Y este ritual de cerrar cuanto orificio de tarro se presenta ante mi vista, ha alcanzado mayores dimensiones ya que se extiende no sólo a geles y champús, hoy día contempla también el cierre de dentífricos, cremas, tónicos, colonias y cualquier otro dispensador susceptible de ser clausurado por mis manos a la salida de toilettes. A destacar el dato de que esta manía revive en cualquier cuarto de baño al que entre, no sólo en el de casa. 

Reflexión: Puedo, tras este detallado análisis de conducta obsesiva, considerar la quinta manía más próxima a una neurosis que a la extravagancia. Pero teniendo en cuenta que no supone coste alguno, que tampoco se daña la integridad de nadie, que no me imposibilita en gran medida continuar con mi vida y que incluso hago un favor a todos aquellos desastrosos que vayan dejando en sus baños los tarros abiertos pudiendo estar perfectamente cerrados, vírgenes, como sin estreno, silenciosos e impolutos, no creo conveniente desaparecer tampoco esta pequeña debilidad. Más aún después de entender que hago hasta una obra humanitaria para con los menos estrictos.

6- Eliminación de toda prenda de vestir color marrón-chocolate.

Manía que llegó con el cambio de siglo, principios del 2.000. Durante toda una navidad, las del paso al nuevo siglo, mi vestimenta tenía como color predominante este tinte cromático. De por sí las fechas navideñas jamás me trajeron grandes alegrías. En realidad maldigo las celebraciones con villancicos, guirnaldas coloreadas y árboles invadidos por bolas llenas de brillantinas y muñequitos simbólicos de tierras escandinavas. Odio, con todas mis fuerzas, cada una de las carcajadas de los Sta. Claus de los centros comerciales que me veo obligada a recorrer inmersa en un universo de risueñas caras consumistas, abocadas a destripar sus tarjetas de crédito. Me parece repulsivo tener que querer más a todo hijo de vecino, besuquear más que de costumbre a cuanto antiguo amigo se va encontrando una por las calles, desear más y mejores dichas a propios y extraños regalando una fingida felicidad sin límites por el hecho de terminar una cifra y comenzar otra en el calendario. Así como odio beber y comer más hasta quedar exhausta y sin apetito para toda una semana o parlamentar sin verdadero frenesí pero parlamentar al fin con el género humano y sin ganas. Sí. Aborrecí esas navidades las festividades de Christmas Time y decidí, al comenzar el nuevo siglo, que el color de los troncos de árboles de navidad, el de los chocolates de los turrones de la Jijonenca, el de los polvorones de cacao de El Lobo, el de los canutillos rellenos de crema de postre en casa de madre, el de las galletitas con forma de enano simplón con pajarita a juego con los patucos, el del pastel de queso con chocolate que preparaba cada año mi querida cuñada…ese color portador de falseado y leve bienestar, dejaría de formar parte de mi armario para los restos.

Reflexión: No tengo que reflexionar sobre el tema, está bien claro que no me favorece este color ni mental ni físicamente. No es en sí misma una manía. La considero más una decisión tomada a conciencia, la mía, la de una persona a la que no le alegra que le canten o toquen acordes navideños frente a su portal. La de una mujer coherente con sus preferencias estacionales. No hay necesidad de erradicarla. Más bien, por principios, de perpetuarla. Me quedo también con ella.


Y tomo aire profundamente mientras contemplo la cuartilla cuadriculada petada de, denominémoslas, peculiaridades de Arcadia. ¡Qué horror de nombre! Y me pregunto qué diría mi estimado y adorado Punset de todo lo arriba relatado si estuviera ahora aquí, conmigo. Qué diría de cada una de esas costumbres motivadas y fundamentadas con tanto detalle. Me pregunto si se recostaría él también, junto a mí, en el cómodo sillón de mi calido salón tomando aire como yo lo acabo de hacer, acomodándose en mi vida y recreándose con cada una de mis singularidades. Y lo imagino mirándome fijamente a los ojos desde debajo de su pequeñas lentes, diciéndome:

- Querida…¿por qué no preparas un rico café de esos de granos de Etiopía que sé que te gustan tanto? Sí... ese café de granos de tonos negruzcos, los aromáticos, los granos del saquito de tela amarillo con nudo rojizo, los de 125 gramos en cada paquete. Sí... mujer, aquellos que siempre compras en el colmado del mauritano, dos calles por debajo de tu casa, ese rico café que compras hace ya… ¿cuánto? doce años ¿no? El estimulante y dulzón café que adquieres en el mismo sitio, donde el mismo tendero, en la misma cantidad y con el mismo empacado cada quince días.

Y como por arte de magia, descubro sonriente esta última manía mía aún sin describir en mis apuntes. Y tomo rápida la libreta en tonos lilas agarrando con ganas el bolígrafo de punta fina con tinta negra. Me coloco de nuevo incorporada frente a la cuartilla y decido convertir el punto y aparte en punto y seguido, añadiendo un nuevo número al listado, el siete. Un siete que llega bañado de aromático café africano y despierta, ya sólo con imaginarlo al cerrar los ojos, un sinfín de detalles y sensaciones a describir: calidez, estímulo, dulzura, exquisitez, colorido.
Pero eso mejor lo cuento otro día. El siete tendrá que esperar.

Y me apostaría lo que fuese afirmando, que ese siete dará lugar a la llegada de un ocho y, quizás, quién sabe si hasta empujará la llegada de un nueve. ¡Quién sabe!.

Fin.



Retrato: Sinichi Maruyama - Art Ink  (http://shinichimaruyama.com/)
Son muchas las cosas que aún debo hacer: acabar de matar la memoria, procurar que mi alma se vuelva de piedra, y aprender de nuevo a vivir. Anna Ajmátova