GRACIELA MISTRAL - arte y las mujeres




Graciela Mistral es el Seudónimo de Lucilia Godoy. 
Nacida en Chile a finales del s. XIX fue poetisa y educadora. Se la conoció por vez primera en los  Juegos Florales de Chile con su obra Los sonetos de la muerte, nacidos desde el dolor por el fallecimiento de su compañero sentimental. Más adelante compilaría estos con muchos otros en una obra maestra llamada Desolación. Colaboró, durante su estancia en México  en la creación de bibliotecas de uso público y continuó con su labor de poeta escribiendo las Rondas para niños o las Lecturas para mujeres. Viajó a Norteamérica y también recaló por distintas ciudades europeas, donde aportaría su grano de arena a la Sociedad de Naciones. En el año 1945 fue premiada con el Nobel de Literatura, como  reconocimiento a su poesía, a la labor literaria y su difusión de la cultura así como defensa de derechos humanos. Se convertía en la primera y única latinoamericana con ese galardón. Fallecería en Nueva York en el año de 1957. 
En Chile es considerada casi como la Madre de la Patria, por eso mismo, la publicación del epistolario completo que le enviara a Doris Dana, se convirtió en el gran escándalo por la revelación que procuran las cartas. Entre ambas existió un lazo, una pasión con un solo nombre: amor.

“Yo quiero verte luz mía, claridad de mis ojos, único gozo mío, sostén de mi torpeza y mi invalidez y mi sonambulismo. Tú eres mi único apoyo en este mundo y mi única razón de vivir. Óyelo, óyelo, no me falles. Te beso, te espero, te busco y te tengo, Tu Gabriela”. 

Estas líneas de 1949, son una pequeña muestra de las decenas de cartas que durante 10 años le escribiera la escritora a su compañera, secretaria personal y albacea literaria, la traductora y crítica neoyorquina Doris Dana.



La producción literaria de Gabriela Mistral, más poesía que prosa, es inmensa. Algunas muestras de ella aquí les dejo.





Desolación


La bruma espesa, eterna, para que olvide dónde
me ha arrojado la mar en su ola de salmuera.
La tierra a la que vine no tiene primavera:
tiene su noche larga que cual madre me esconde.

El viento hace a mi casa su ronda de sollozos

y de alarido, y quiebra, como un cristal, mi grito.
Y en la llanura blanca, de horizonte infinito,
miro morir intensos ocasos dolorosos.

¿A quién podrá llamar la que hasta aquí ha venido

si más lejos que ella sólo fueron los muertos?
¡Tan sólo ellos contemplan un mar callado y yerto
crecer entre sus brazos y los brazos queridos!

Los barcos cuyas velas blanquean en el puerto

vienen de tierras donde no están los que son míos;
y traen frutos pálidos, sin la luz de mis huertos
sus hombres de ojos claros no conocen mis ríos.

Y la interrogación que sube a mi garganta
al mirarlos pasar, me desciende, vencida:
hablan extrañas lenguas y no la conmovida
lengua que en tierras de oro mi vieja madre canta.

Miro bajar la nieve como el polvo en la huesa;

miro crecer la niebla como el agonizante,
y por no enloquecer no encuentro los instantes,
porque la "noche larga" ahora tan solo empieza.

Miro el llano extasiado y recojo su duelo,

que vine para ver los paisajes mortales.
La nieve es el semblante que asoma a mis cristales;
¡siempre será su altura bajando de los cielos!

Siempre ella, silenciosa, como la gran mirada

de Dios sobre mí; siempre su azahar sobre mi casa;
siempre, como el destino que ni mengua ni pasa,
descenderá a cubrirme, terrible y extasiada.


El amor que calla

Si yo te odiara, mi odio te daría

en las palabras, rotundo y seguro;
¡pero te amo y mi amor no se confía
a este hablar de los hombres tan oscuro!

Tú lo quisieras vuelto un alarido,

y viene de tan hondo que ha deshecho
su quemante raudal, desfallecido,
antes de la garganta, antes del pecho.

Estoy lo mismo que estanque colmado

y te parezco un surtidor inerte.
¡Todo por mi callar atribulado
que es más atroz que entrar en la muerte!


Escóndeme

Escóndeme que el mundo no me adivine.

Escóndeme como el tronco su resina, y
que yo te perfume en la sombra, como
la gota de goma, y que te suavice con
ella, y los demás no sepan de dónde
viene tu dulzura...

Soy fea sin ti, como las cosas desarraigadas
de su sitio; como las raíces abandonadas
sobre el suelo.

¿Por qué no soy pequeña como la almendra
en el hueso cerrado?

¡Bébeme! ¡Hazme una gota de tu sangre, y
subiré a tu mejilla, y estaré en ella
como la pinta vivísima en la hoja de la
vid. Vuélveme tu suspiro, y subiré
y bajaré de tu pecho, me enredaré
en tu corazón, saldré al aire para volver
a entrar. Y estaré en este juego
toda la vida.







para leer más 
http://www.los-poetas.com/e/mist1.htm




Son muchas las cosas que aún debo hacer: acabar de matar la memoria, procurar que mi alma se vuelva de piedra, y aprender de nuevo a vivir. Anna Ajmátova