miércoles, noviembre 18

TODOS PARA UNO Y...UNO PARA TODOS.



Al fin y al cabo una joya es una joya y, si la alhaja es grande y vistosa, mejor que mejor, digo yo.

Igual resulta a priori algo despiadado, poco amoroso quizá, hasta podría acuñarme con el calificativo de irrespetuosa para con los cuatro obsequiadores de alianzas pero, una lleva la simplicidad en mente desde joven y, pudiendo reunirse en un único objeto los otros cuatro más deslucidos y desnutridos, pues que reine la sencillez.

Todos para uno o, mejor darle poesía al cuerpo en cuestión y fijar nacimiento de la reinante joya como una necesidad de ese “uno” por gestarse a través y gracias al amor de los otros “cuatro”. Y bien pensado, incluso les hice un favor a los enamorados galantes con la confección de esta joya única. Primero por este nuevo apodo: única. Porque no ha de existir joya idéntica a la que mandé crear con pequeñas porciones de mis amores. Única.
Y en segundo lugar, porque lejos de desaparecerlas por coraje o por desamor y abandono, lejos de regalarlas a terceros, lejos de tirarlas a la basura o guardarlas en el baúl de los recuerdos para no ser empleadas jamás de los jamases, lo llevo siempre conmigo. Bueno, en realidad casi siempre porque, en ocasiones puntuales, recuerdo algún improperio de uno de esos cuatro mozos y me lo arranco del dedo como quien extrae una mancha de superficies recién pulidas, mancha pequeñísima pero molesta a la vista.

Cuatro anillos de oro que me fueron entregados como piezas de exaltación del verbo motor, junto a cuatro corazones de palpitar de folletines. Dos de esas alianzas vinieron acompañadas de peticiones de casamientos. Las otras dos, con menor avidez de compromiso formal y con más delirios de convivencias hasta la senectud, llegaron huérfanas de letras.
Cuatro alianzas.

Tan sólo una de ella con inscripción y declaración de intenciones:
- Nos queda la eternidad – ni Corín Tellado…para morirse. Las otras tres, sencillas y sin muchas pretensiones, sin ostentaciones, como los bolsillos que tuvieron a bien hacer el gasto.

Todas excepto una de las alianzas, el anillo de mi dulce Jesús, llegaron en cajitas porta ofrendas. Porque Jesús, como un Cristo pero sin divinidad paterna, sin celestial origen ni santo que le guardara, sin virginal progenitora y sin devoción al altruismo, había aparcado el traje de filántropo para emplear el de Santa Tacañería a destajo. Porque hasta para un café de media tarde debía sacar de mis cuartos, porque el dulce Jesús era más agarradito que el pasamano de mármol de los palacetes venecianos, y es que luego de conocerlo supe que el término “miserable” se inventó con la generación de su casta. El avaro de Jesús, lejos de tener intenciones de llenarme de regalos, anduvo joyería tras joyería hasta encontrar anillito sin ínfulas, con gran esfuerzo dijo - más mental que económico por el trasiego de pueblos y calles – y con muy pocas ganas de reducir sus dineros. Según verbalizó sin cortapisas, con ella me demostraba hasta que punto era su amor una verdad. Con ella y con el gasto, obviamente. Y apareció ante mí con joya en mano, desnuda, abandonada a su suerte, como ultrajada por sus toqueteos, sin lazos ni almohadón que la acomodara, alianza sobajeada.  Y poco me duró a mí el cariño que me llevó hasta sus brazos, cegada por sus rubiales cabellos y sus claros y azules perlas oculares. Finiquitado pronto, desde que el conocimiento regresó a mis entendederas y me mostré más inclinada a escuchar a padre y su magnífica frasecilla, destinada a quienes preferían pertenecer a las cofradías del puño:

-Ese es, mi hija,  de esos que matan a un burro a pellizcones por un duro.

Una prenda de las de oro llegó en estuche azulón, de cuero brillante, relleno en telas blanquecinas y resbaladizas a modo de cajita mortuoria. El anillo aparentaba ser más un cadáver a punto de enterramiento que un deseo de vida en común. Y no iba descaminado su destino último porque, fundirse bajo el calor de las llamas y convertirse en otro es como morir en la India, resucitando de entre los difuntos para renacer como uno nuevo y hermoso, más mi estilo, más emperifollado, más fornido y resultón. Esta joya venía ataviada al más puro estilo de Alberto, entre la cursilería y la intención de un glamour a lo Gentleman británico que le era, desde siempre, esquivo. Porque como enunciaba madre con contundencia de este pretendiente mío nada más conocerlo:

-Aunque el mono se vistiera de seda….monito se queda y el pelo de la dehesa no se pierde aunque se quiera.

Al más feo de todos, al anillo más enclenque, alianza tipo aro de alambre pero con algo más de cuerpo, lo recuerdo dentro de una especie de manzana a pequeña escala, de tono rojizo tirando a morado y, de hojita verde en lo alto cual sombrero ridículo, toda ella revestida de un material de imitación a terciopelos que dañaba, si todavía se podía dañar más, el buen gusto. A este pobre objeto de pasión le salvó el poema que lo acompañaba y  los ojos de Juan que me miraban fijamente intentando decírmelo todo sin pronunciar palabras. Lindos recuerdos me dejó Juanito, reservado, taciturno, poquita cosa. Lástima Juanito. Luego de la despedida que utilizaba como un mantra para concluir relaciones en multitud de ocasiones, un café en cafetería muy concurrida donde el ruido de mesas y voces quitaran hierro al momento tenso y abreviado, la mirada se le volvió más empobrecida y más de perrillo apaleado. A punto estuve de hacer de plañidera  esa tarde pero controlé lloros innecesarios, más teniendo a mi favor que la losa que empezaba a gestarse sobre mi cabeza como sepulcro asfixiante, había dejado de presionar por extinta. Esa sensación de amargura aunada a la clara visión de panteón, que se me aparecía en cuanto el enamoramiento inicial iba borrando sus huellas, me mostraban que la libertad no tenía precio.
Las visiones de lápidas y arcones del descanso eterno anunciaban en mi vida que el aire comenzaba a enrarecerse  y que se hacía irrespirable. De nuevo la luz retornaría y la alegría bailaría con ella de su mano, y por descontado, de la mía. 

El aro dorado con inscripción fue regalo de Esteban, el más apuesto, el más galante, el más añorado. A pesar de tomar, por mi cuenta y riesgo, la casilla de salida tan pronto descubrí que me era infiel con múltiples individuas de mi mismo género y tipología, se me clavó en la piel como una mancha de nacimiento. Quizá y justo por esa razón de cuernos y despecho, Esteban se perpetuó en el tiempo y en mis carnes. Él lo tenía todo. Incluso ese saber estar que le viene a algunos en genética: afable, sonrisa perpetua, mirada pícara, optimismo que superaba cualquier frontera de melancolías. Sí, lo tenía absolutamente todo excepto el deseo real de forma un “indivisible” conmigo. 
Por ese mismo detalle, y por ser caprichosa y cabezuda como la que más,  fui yo quien creó un “todo” al reunir su joya con las otras tres sortijas. Tres más una. La de Esteban, la sortija que siempre quise me vistiera el dedo, con la que sí imaginé algún día envejecer la piel, a la que hubiese tratado con deferencia y con ternura. Ella nunca hubiese salido de mis dedos, ni siquiera en los momentos de enfado o distancia. Esa joya se hubiese quedado pegada al anular como parte de mi anatomía, sin posibilidad de extirpación. 

En fin, me gusta pensar que ahora sigue en mí, Esteban, casi siempre, más días en mí, Esteban, que en la gaveta del joyero, más tiempo a mi lado, Esteban, que alejado. 

Descontando esos otros días que son los menos felices en que, recordando desaires y tortuosas noches de lágrimas, me lo arranco del dedo, a Esteban y al uno, como quien limpia una mancha molesta de la superficie recién pulida, una mancha incómoda en la redacción a tinta de mi propia vida.


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