miércoles, junio 29

MANU VELÁZQUEZ REGALA SU SENTIR AL TALLER DE ESCRITURA EMOCIONAL EXPRESIVA

Me enseñó un caminante que él mérito no estaba en la persona que impartía el taller o la propuesta que fuera, sino en la entrega a la experiencia que tú te permitieras. Personalmente la humildad de éste aporte fue inspiradora en su día,  al igual que tu pasión en este taller. Y me he lanzado a la piscina con todo, Pepa.
La profundidad que se puede alcanzar ha hecho que sufra el impacto del subconsciente, y las consecuencias se materializan en tú vida.
Aparentemente todo se vuelve eruptivo, pero ese magma de emosiones te permiten reconocer, atender, agradecer y soltar cada peldaño de ese sistema de creencias que sustenta el ego, el yo, y el espacio que se abre detrás es infinito.

Me ha parecido muy práctico el portafolio de herramientas para salir de un sistema operativo tóxico a uno tónico, pero tú presentación me permitió trascender ambos sistemas como experiencia, no como concepto, y los espacios que se han abierto esta semana han sido casi infinitos, aunque cada día recalibro esa infinidad.

Sé que te encanta lo científico, y nombraste a los vendedores de humo, pero tú don no está en los conocimientos,  ni siquiera en las experiencias, sino en la pasión que abrazas cuando compartes cada una de ellas.
 Yo me declaro no vendedor de humo, sino que regalo nada (menos que el humo y gratis).
Y en esa nada encontré a mi vida y lo que había detrás de ella. Ese dios que a veces nombramos, ese presente que nos adorna momentos, ese milagro que en sueños soñamos.

Un gracias parece que se queda pequeño, pero en ese gracias mi entrega y tu pasión, se funden para sentir, y en ese sentir siento que eres otra de esas maravillosas oportunidades que me ha dado la vida, para que aprenda a vivirla, y me reconozca en ella, y fuera de ella.

O sea, gracias Pepa.
Y seguiremos en contacto, ya te contaré las precuelas.




martes, junio 21

LA ALTA SENSIBILIDAD, PERSONAS ALTAMENTE SENSIBLES (PAS)

 
La primera vez que se describe el rasgo de la Alta Sensibilidad fue en los años 70 de manos de la psicóloga estadounidense Elaine Aron.  (Elaine N. Aron)

Según sus estudios, la Alta Sensibilidad es un tipo más de personalidad. Rasgos que suelen mostrar las personas altamente sensibles son: sentir la tristeza o la alegría con mayor intensidad de lo que se considera normal, padacer dolor ajeno, intuición elevada desde la niñez, apreciar mucho los momentos de soledad disfrutando de ella, sensibilidad elevada al dolor y a estímulos lumínicos o auditivos. 
La Alta Sensibilidad no es algo que se tiene, como un lunar o el pelo de un color concreto. La Alta Sensibilidad es lo que eres, debiendo aceptarlo ya que de esa manera te aceptas a ti mismo. Al aceptarse en totalidad se valorarán todas las facultades positivas de este rasgo de la personalidad. Las experiencias siempre partirán del corazón. Las personas altamente sensibles saben leer gestos, preocupándose de cada palabra, de cada movimiento, de cada comportamiento...
Gestionar las emociones negativas no permitiendo que te hagan su prisionero es fundamental. Cuando una personal altamente sensible sufre alguna desilución, una traición, una mentira, su padecer puede crearle indefensión e incluso estados anímicos depresivos. La felicidad y la tristeza se viven con la misma intensidad. Entender y aceptar las posibles pérdidas, ser consciente de que la vida da y quita es aceptar la adversidad y continuar viviendo.
El mayor potencial de una persona altamente sensible está en su empatía con los demás, en su capacidad para conectar con el resto de los humanos, llegando incluso a convertirse en el otro por su facilidad para entrar en conexión siendo conscientes de cada instante, viviendo el presente, respirando cada momento como único. 
Otra gran ventaja de este rasgo en el placer que encuentran en la soledad: crean, disfrutan de la belleza, leen, escriben, se deleitan con melodías, se escuchan, conocen su mundo interior. En soledad las personas altamente sensibles crecen, no dependiendo de los demás, sin lagunas que rellenar, seguros y realizados en plenitud. Son personas que al vivir desde el corazón, tienen mucho que ofrecer a este mundo.

PAS: personas sensibles, reflexivas, empáticas y reactivas emocionalmente.

Carl Jung decía de los PAS: Son buenos educadores y promotores de la cultura, pues están dotados de una gran vida interior, de la que nuestra civilización está muy necesitada. 



Dones o virtudes de un PAS son cuatro los que recoge en su libro "Personas Altamente Sensibles", la psicóloga Elaine Aron:

Conocimiento Emocional: La sensibilidad es como una luz que resplandece pero nos hace más vulnerables al comportamiento de los demás.
Disfrutar de la soledad: Las personas altamente sensibles no temen a la soledad. Son esos instantes en que pueden conectar más íntimamente con ellos mismos, con sus pensamientos, libres de apegos, lazos y miradas ajenas.
Existencia desde el corazón:  relaciones afectivas, amistad y el cariño cotidiano, experimentar la belleza de una obra artística, de un atardecer o de una pieza musical es, para las personas altamente sensibles, una vivencia única e intensa con origen en el propio corazón.
Crecimiento interior: La alta sensibilidad llega de serie, uno nace con ese rasgo de la personalidad,  con ese don. Imagina a un niño PAS, sus preguntas, su intuición, su tendencia a ser perfeccionista, su sensibilidad, sus molestias ante luces o ante olores, sus emociones a flor de piel.

Una vez que te hayas descubierto como PAS, encuentra tu equilibrio y fomenta tu crecimiento personal. 
Eres único, maravilloso, eres valioso y vives desde el corazón. Gran cosa. 

A ser feliz Toca. 








martes, junio 7

Jorge F. Hdez a Muhammad Alí



Poeta a puñetazo limpio

Supongo que en vida, nadie se atrevió en vida a criticar a Muhammad Alí como poeta o cuestionar su inmenso papel en no pocas transformaciones ideológicas y sociales del siglo XX. Lo obvio sería esperar que respondería con un gancho a la mandíbula, cuando en realidad el armamento más contundente que ostentaba el gigante campeón de los pesos pesados fueron las palabras. Los puristas de la métrica y engolados de academia dirán ahora que se trata no más que de un raro descendiente de esclavos negros que –como muchos otros bardos del Sur de los Estados Unidos—transpiraba una propensión natural para la rima; derivados intuitivos de eso que llaman limmericks, Alí desde que se llamaba Cassius Clay era capaz de rimar vocablos y armar retruécanos con la misma agilidad con la que combinó en los cuadriláteros su mote: era una mariposa que flotaba, al tiempo que picaba como abeja. Lamentablemente intraducible en toda su sonoridad, eso de Floats like a Butterfly and Stings like a Bee se volvió una suerte de credo recrecido que alteraba incluso la etimología formal de la No-violencia.
Ha fallecido apenas hace unas horas y el mundo entero aún no sabe bien cómo deletrear su nombre, pero el respetuoso silencio que merece su leyenda merece al menos que intentemos entender su grandeza. Campeón olímpico en los Juegos de Roma, el joven Clay pronto abrió las alas de su intelecto y lenguaje, desaforado y desatándose de entre las rígidas cuadrículas de una sociedad que aún segregaba a los ciudadanos de su raza. Ahora parece que hablamos de la prehistoria, ero en The Good Ol’United States donde hoy es presidente Barack Obama hace apenas poco más de medio siglo se obligaba en gran parte de su territorio a todos los ciudadanos negros –así fueran célebres cantantes, académicos o músicos de gran altura—a beber en fuentes aparte, viajar en la parte trasera de los autobuses y buscar educación o trabajo en reductos confinados como exclusivos para sus vidas. Clay –ya campeón de eso que llamaban antaño amateur—se volvió profesional no sólo en los combates profesionales con bolsa de dinero, sino catedrático del escándalo: se proclamó a sí mismo el más grande de todos los tiempos, inauguró la intimidación verbal de todo rival aún antes de enfrentarlo en el ring y se lanzó nada menos y nada más contra el más que rígido Establishment. Por algo y por mucho The Beatles lo fueron a visitar a su campamento de entrenamiento.
Alí nació el día en que asumió en público una conversión al Islam en un mundo que a la fecha y en gran parte no ha sabido no sólo entender del todo lo que eso significa, sino aceptarlo dentro de los cánones del American Way of Life que se han contagiado a todos los órdenes o costumbres que se trastocaron precisamente desde la década psicodélica: por su credo y por sus creencias, más que simple objetor de conciencia, Alí fue un abierto opositor a la necia y nefanda Guerra de Vietnam; declaró en vivo y por todos los canales de información que él no veía razón alguna en tener que viajar al otro lado del mundo para matar a ningún vietnamita, viviendo en un país que no generaba el prometido bienestar para una inmensa mayoría de sus habitantes. Por su retórica y punzantes posturas políticas, fue despojado del título de campeón (que recuperó hasta en tres ocasiones) forzándolo a crecerse aún más en vez de aniquilarlo. Algunos dirán que él mismo se convirtió en la pantomima de su propio discurso –por las bravatas verbales, por la danza desesperante que coreografiaba sobre el ring como si evitara precisamente entrarle a los golpes o por las constantes bufonadas con las que debatía en entrevistas con el célebre cronista Howard Cosell de la NBC—pero Alí era poeta en acción y su verborrea no sólo buscaba la rima instantánea (sin pretensión alguna de volverse Frost o Longfellow) sino encender un clima, armar un huracán en el vacío que sirviera de desconcierto para trastocar o abatir todo aquello que nos decían era intocable y su fox-trot ya con guantes respondía fielmente a la perfecta definición del boxeo, que no es la de subir a un entramado sólo para pegar, sino saber evadir con gracia los golpes que lanza el contrario. Cuando recién se había cambiado de nombre por su conversión musulmana, Muhammad Alí se enfrentó a un inmenso ropero de ébano que insistió burlonamente llamarlo repetidas veces “Cassius Clay” en las entrevistas previas al combate. Existe el video donde consta que Alí, pudiendo noquear al interfecto desde el primer asalto, decidió mejor dosificarle los golpes durante varios rounds, gritándole –cada vez que se alejaba del bulto, luego de propinarle una partida de secos guantazos—“Say my name!”. Pocos cronistas o comentaristas volvieron a caer en la manía segregacionista y agresión simulada de referirse a él por el nombre que dejaba en su pretérito y todo eso fue cambiando para bien las oxidadas formas y maneras con las que se denostaba entre dientes a una inmensa mayoría de ciudadanos negros e incluso migrantes latinos en diversos niveles del mundo norteamericano. De las entrevistas y toda aparición pública, hay que aquilatar que el campeón las aprovechó todas para siempre anteponer la virtud y la honesta creencia en sus ideas al servicio de las mejores causas: la lucha por los derechos civiles, la oposición a toda guerra, el alivio para los desposeídos, el fomento y promoción del deporte y luego, la alerta de eso que ahora todos sabemos que es la enfermedad del Parkinson que lo fue minando poco a poco desde la lejana época en que nos era absolutamente desconocido.
Es difícil no cerrar los ojos ante la mención de su nombre y no verlo claramente parado como un rascacielos de Manhattan, el brazo flexionado sobre el torso perfecto, literalmente encima del abatido Sonny Liston en el insante que le arrebataba la corona del mundo o subido entre las tres cuerdas en alguna esquina del universo gritando a voz en cuello que él era el mejor de todos. Pocos han leído al menos como útil divertimento los muchos versos que escribía como genio intuitivo azorado por todo lo que le rodeaba (hace algunos años se publicó un libro con toda su poesía y no pocas de sus famosas fotografías y como era de esperarse, se trata de una edición del tamaño de una mesa que pesa lo que necesita cualquier escuálido para ejercitar bíceps y se vendió en edición imitada que creo sólo duró disponible durante los escasos días de la Feria del Libro de Frankfurt en la que se hizo pública).
En un mundo donde la muerte de un torero ya no sólo es bizarra para la mayoría de las culturas, sino que se expone a la denostación e incluso burla en las redes sociales y en este planeta donde se privilegiado la velocidad de las ignorancias, la banalidad de tantos papeles, tan sólo hablar de boxeo conlleva la inmediata reprobación de quienes –sin pensarlo mucho—lo califican de barbarie, remanente anacrónico del circo romano y ven no más que ridículo el increíble escenario donde dos millonarios, normalmente semidesnudos, se agarran a trompadas delante de un público, pero eso que tanto asco provoca hoy en el mundo vegano, realidad light y buena onda quedó bautizado en la prosa del gran A.J. Liebling como “la dulce ciencia” y en sus fondos resguarda al menos muchas de las reflexiones de la razón en medio de tanta sinrazón, desde el hambre como adrenalina para ganarse la vida hasta la mancillada dignidad de quién pone a prueba hasta el último gramo de su fuerza hasta que alguien tire la toalla en su abono o el universo entero lo deja noqueado sobre la piel de su propia biografía.
Muhammad Alí se compró casas y coches, tuvo mujeres diversas y se volvió un icono raro en distintos escenarios. Se le ve como Rey del África y protagonista de buenos documentales, se queda en las fotografías que lo congelan en un tiempo que poco a poco se va quedando en blanco y negro en este mundo que ya cabe en pantallas planas de cualquier tamaño, pero hoy que vive ya el amanecer de su leyenda eterna, valdría la pena guardarle el silencio al menos por dos detalles asombrosos: entre los muchos placeres que se ganó con los puños, Alí se compró una grabadora y dejó para la posteridad un inmenso archivo de conversaciones consigo mismo y con su hija, llamadas telefónicas que él mismo se grababa (sabiendo que desde joven había sido grabado-espiado por la CIA, el FBI y quien sabe cuántas otras mafias) y todo ese material sirvió como música de fondo de un entrañable documental donde el espectador descubre a un padre amoroso, un inmenso oso que en el fondo destila ternura y un anciano contra su imbatible voluntad que ante al asombro de la realidad, el pétalo de una flor desconocida o el paisaje visto desde lejos, sólo se le ocurre buscarle rimas e intentar atrapar con las manos (envueltas en guantes que parecería que no estorban las yemas de sus dedos) eso que llaman poesía. El otro detalle es jamás olvidar y citar cada vez que se pueda que Muhammad Alí tuvo que dirigirse a una multitud durante un improvisado mítin en medio de la turbulenta época de tantos disturbios, desatadas iras y multiplicación de confusiones. El resultado es quizá el discurso más breve de la historia. Frente al micrófono (una vez que amainó el ruido multitudinario que parecía implacable) el hijo de esclavos que desde niño hablaba en rimas, el más grande de todos los tiempos, abrió las aguas de un inmenso mar para transmitirle a la multitud la unidad que formamos todos, tan sólo diciendo a media voz, como murmullo: MeWe.
A no pocos políticos, intelectuales, artistas, empresarios, maestros o ministros de todo credo les vendrá bien aprenderse ese discurso y jamás olvidar que hubo al menos uno de los héroes de un pasado que se esfuma que en medio de tantos gritos supo rimar el aforismo donde Todos somos Yo.

Jorge F Hernández. https://www.facebook.com/jorgefabricio.hernandez




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domingo, junio 5

Músico y poeta, Domingo Corujo




Llegué hacia aquí 
Para vivir mi muerte
Lejos de aquel lugar
Donde murió mi vida.


Colgué un columpio firmemente 
De una nube
Y me columpié en él
Cuando se hundía el suelo.


Vigila que no venga 
A robarte las piernas
Quien anteriormente 
Te robó el camino.


Un día al fin me iré
Mucho más lejos
Para perderme
Al lado de mí mismo.

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