Mostrando entradas con la etiqueta Amor en los tiempo del cólera. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Amor en los tiempo del cólera. Mostrar todas las entradas

domingo, enero 9

VIAJE A OTONES











Porque cada día es viernes. Resulta que cada día, para mí, es viernes. Porque los viernes pienso en él. Y ahora, a diario, pienso en él.




Cuando creo firmemente que voy a volverme loca y a perder el norte, me doy cuenta de que sólo pensando en él, reviviéndole, me rescato a mí misma de la dramática mortandad. Porque traerlo de vuelta es lo que me permite seguir con vida.





De la casa a la librería y de ahí al supermercado, al estanco a comprar cigarrillos, a la farmacia cuando se me acaba el paraceta o a la tienda de decoración para ver el nuevo escaparate que ingenia Juanma. Y cuando dejo el bolso a la entrada de casa y me dirijo al cuarto de baño para darme la deseada ducha diaria, comienza mi viernes. Me despojo del abrigo, la rebeca, la blusa y el sujetador. Lanzo la falda hacia la cesta de la ropa, me descalzo y ya. Desnuda y libre. Dejo caer el agua caliente sobre la piel. Me miro los pies hasta que el agua evaporada va desdibujándolos, e imagino que me elevo sobre una espesa nube de vapor para ir a su lado. De vuelta a aquel fabuloso viernes.





Tengo el pelo gris. Nunca quise pintármelo, ni siquiera con hennas. Me gusta mi pelo gris. Comenzó a cambiar su inicial color caramelo con los diecisiete, cuando estudié mañana, tarde y noche para aquel examen de biología. La primera mata de pelo gris. Luego vinieron todas las demás. Las penas. Las decepciones. Las muertes. Las faltas de ganas. Las intervenciones quirúrgicas. Las expectativas truncadas. Las temporadas neuróticas. Las soledades. Mil y una razones para decolorárseme el pelo. Jamás tuve un diario. No sentí la necesidad de escribirlo nunca. Mi pelo era el mejor recordatorio vital que poseía. Me miraba y sabía exactamente en qué momento importante habían surgido nuevas lanas grises. Me decían que parecía mayor. Desde muy joven me avejentaban esas hileras plata pero yo quería dejarlas ahí. Me gustaba que marcaran mi deambular, mi historia, más que el paso del reloj. Y luego llegó ese viernes y también a él le gustaba mi cabello. Le gustaba yo.





Camino Segovia. Nueve treinta de la mañana.


Tomé aquel tren a Segovia después de volar hasta Madrid para luego coger una guagua hasta Otones de Benjumea, el pueblo de la tía Asunción. Precioso nombre Otones de Benjumea, lleno de rancios abolengos y noblezas hidalgas - decía a boca llena la tía Asunción. Un bonito nombre y nada más. Eso es lo que tenía el pueblo porque de resto nunca supe qué diablos se le perdió a la tía Asunción en aquel rincón segoviano, más frío que cálido y más mortecino que alegre. Pero daba igual la razón. El pueblo tenía un bonito nombre. Había aldeas y villas que ni siquiera eso tenían. Otones de Benjumea. Sonaba a literatura, a poesía, a letras. Y realmente así era. Sonaba a tinta. Jamás olvidaría aquel nombre, aquel rincón de linajes. Otones.


Desde hacía unos días estaba preocupada por ella porque, conociéndola como la conocía, aquella carta en donde hablaba de tonturas, desvanecimientos y flojeras no eran cosa buena. La edad supuse. Y supuse bien. Los años nos vuelven añejos, mohínos, sombríos, dolientes. Los años que jamás perdonan a nadie, ni siquiera a los recuerdos. Así estaba la tía Asunción. Mustia. Marchitándose en aquel pueblo castellano. Y así seguiría hasta su muerte.





Desde aquel día viernes ya van doce años. Y fue real. Efímero pero real. Porque se quedó grabado internamente y gracias a ese recuerdo, hoy lejano, siento que sigo teniendo sangre en las venas. El tiempo puede ser cruel con una pero, su recuerdo, todo lo consuela.





Y salgo de esa ducha de vapores y olores a vainilla, liberada de cualquier otro soplo callejero que pudiera rozarme, para sentarme en el sillón orejero, el gastado, el azul. Y saco el libro que tú y yo comentamos aquel viernes. Releo las mismas páginas que un día leímos al unísono. Ese magnífico compendio acerca del amor, donde se enmiendan memorias, se pulen vidas, se reconstruyen almas y pueblos enteros. García Márquez había logrado conmoverte como me conmovió a mí. Y me hablaste de lo mucho que te gustaba el nombre del río, Magdalena. Y me dijiste que yo tenía cara de Malena. Que mi tersa piel tenía que llamarse como aquel río y que mis cabellos grises eran, sin duda, los hermosos cabellos de una Magdalena. Hablaste de lo mucho que disfrutabas con los finales felices. De la magnífica prosa, exuberante prosa del autor de “El amor en los tiempos del cólera”, que te inclinaba a desear que jamás acabase la historia de ellos. El cuento de amor que se iniciaba al final de esta gran obra. Una historia como la nuestra, iniciada justo al final. Y seguimos tertuliando sobre escritores y poetas; sobre el teatro; los textos clásicos; los contemporáneos; las nuevas promesas y, entre tus palabras y las mías, entre tus ojos y los míos, entre tus respiraciones y las mías, surgiría lo inevitable. Sensaciones de mareo y desconcierto. Vértigo y ansiedad. Dolor. Dicha. Necesidad y temor. Lo que había experimentado en mis horas de lecturas bajo la firma de decenas de autores, se tornaba verdad. Ahora sí podía entender desde mi piel todos aquellos amores, desencuentros, lágrimas y vítores entre amantes. Un sentimiento que me era extraño hasta ese tren camino a Segovia. Y reímos juntos. Nos descubrimos el uno al otro. Dejamos que nuestros olores se mezclaran y nos devolvieran sus aromas para que jamás se nos borrara el instante. Y yo te amé. Y tú me amaste. Sin más contacto que las palabras escritas por otros. Fue amor. Es amor. Hasta llegar a la estación. Tomaste mi mano y la dejaste deslizar por entre tus dedos. La palpaste para saber a qué sabía mi piel y yo aproveché para conocer a qué sabía la tuya. Luego bajaste y allí te esperaba tu vida, tu casa. Tu vida. Y dijiste adiós igual que dijiste hola, con sonrisa dulce y mirada profunda. Dos gestos que me llenaron el alma. Que me siguen llenando el alma.







Y aquí estoy sentada como cada viernes. Porque para mí cada día es viernes. Cuando la luna cubre el oscuro cielo y las estrellas se empeñan en mostrar su desfile de pequeños destellos, siempre es viernes. Me coloco la novela sobre los muslos y vuelvo a aquel tren que me llevaba a Otones. Y otro viernes más saco del interior de nuestro libro la lámina del retrato de David Lyon que compré en el Thyssen y que tanto me recuerda a ti. Y dejo entreabiertos los ojos mientras paso mi mano sobre su figura. Lo acaricio despacio imaginando que es a ti a quien mimo. Le hablo en murmullos y le leo mis poemas preferidos. Lo acerco a mi pecho y te acerco a ti a mi corazón. Y de vez en cuando, es su mano la que traspasa el papel, la que toma cuerpo y toca la mía como queriendo saber a qué sabe mi piel y yo, tu Magdalena, aprovecho y toco la suya, para saber a qué sabe su piel que es la tuya.







Pepa González.

Entrada destacada

Escritura Emocional, la escritura que cambiará tu vida

¿En ocasiones desearías que tu vida fuera más fácil y disponer de herramientas para hacerlo real? ¿Sientes que eres de esas persona...