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lunes, agosto 30

CAMBIO DE RUMBO




El detonante fue la última reunión de amigas en la tasca de siempre. El pistoletazo de salida para cambiar, de golpe y porrazo, todo lo que durante quince años había convertido en su día a día. Una única frase se había transformado en el desencadenante para pasar la hoja sin vuelta atrás. - Y QUE ME QUITEN LO BAILAO -. Simplona enunciación y a la vez, profunda declaración de principios. - Y QUE ME QUITEN LO BAILAO -. Y cada una de esas palabras le retumbaron por dentro convirtiendo el volcán callado y mortecino que era su vida, en pura explosión que iría arrastrando cuanto se encontrara a su paso.




Sin intención preconcebida, interiorizó aquella frase que escuchó entre parloteos y la hizo suya, tomando una decisión que irremediablemente la convertiría en otra mujer. Sabía que cuando sentía aquella opresión en la boca del estómago que en segundos se trocaría regusto agrio en los labios, no había regreso. O lo hacía o…. lo hacía. Sin pensar en más. Sin detenerse a valorar los pros y los contras. Sin meditarlo y medir las consecuencias. Lo haría. Daría una vuelta de tuerca porque ya no aguantaba más.



Miró de reojo los rostros de sus cuatro amigas e imaginó la expresión, en cada una de ellas, cuando supieran lo que tenía en mente. Se figuró las palabras que escupirían, los reproches de unas y los aplausos de otras cuando conocieran su último movimiento, porque ahora le tocaba a ella bailar. Opiniones que le vendrían de sobra. Si alguna cosa tenía claro en ese instante era que había tomado la decisión más firme de su vida. - Y QUE ME QUITEN LO BAILAO -.



Se sentía aliviada. Algo así como flotando entre nubes. Ligera como pluma empujada por la brisa. Por fin libre. Por primera vez desde hacía años podía respirar profundamente acompañando la entrada de oxígeno con una sonrisa de placidez absoluta. Nada sería igual. La rutina formaría parte de esa maleta de recuerdos que deseaba llenar y dejar en lo alto de algún ropero. Olvidándola. Obviando su existencia.



Esa tarde, con el sonido de aquella maravillosa y esclarecedora frase zapateando en su interior, se apresuró a reunir lo imprescindible y se dispuso a despegar en busca de su Olimpo. Tres camisetas, dos pantalones cortos, uno largo, un jersey con capucha, su chaqueta de lana gris (imprescindible), dos pares de tenis y unas botas de piel con suela gruesa (por si había que andar por senderos abruptos), el libro de poesías de Lorca, la libreta de notas, el bolígrafo negro y… su alma. Todo su ser camino de un sueño: reencontrarse con ella misma.



Dejó una misiva breve. Algunas líneas en donde se despedía sin demasiadas explicaciones. Él ya entendería. No hacían falta muchas letras porque lo aceptaría. Ella pensó que seguramente leería la carta mientras ponía al fuego la cafetera italiana. Se sentaría en el rincón del salón más soleado, junto a la puerta de cristal de la terraza. Respiraría profundamente, como solía hacer cuando se tomaba en serio algo. Dejaría que la luz del atardecer llenara de recuerdos el momento. Probablemente, sentiría tirantez en la garganta. Muy posiblemente, se preguntaría si hubo oportunidad de hacerlo distinto. No mejor sino de forma diferente para no perderla. Distinto. Al final respiraría hondamente, cerraría los ojos, los abriría con lentitud y tomaría el último sorbo de café. Saborearía en silencio aquella infusión de granos etíopes siguiendo un ritual ya estudiado y, estructuraría de forma mental cómo sería estar sin ella.





Y ella, con el billete ya en mano, vibraba al imaginarse tomando el asiento dentro del avión. Un vuelo que la llevaría al oeste de África como punto de partida de su nueva vida. Las cataratas de Owu en Nigeria la estaban esperando. Podía incluso notar en su piel el soplo de magia tribal que, de seguro, le rozaría al contemplar las heladas y claras aguas de aquellas salvajes cascadas africanas. La visión de los saltos de agua, con su atronadora caída al pie del cerro, se convertiría en el estreno de una nueva y enriquecedora existencia lejos del tedio y el sinsentido. El inicio de un presente por estrenar. La inauguración de su mejor puesta en escena. Vivir por el resto de su vida tal y como siempre lo había soñado. Y de entre las páginas de poesía lorquiana que decidió llevar consigo, sacó un pequeño papel doblado en cuatro, lo abrió con delicadeza, olió su fragancia a añejo y leyó con pausa, como tantas otras veces lo había hecho antes aquella gran verdad, mitad plegaria mitad máxima trascendental, que un día escribiese Ortega y Gasset:



“La vida es una serie de colisiones con el futuro; no es una suma de lo que hemos sido, sino de lo que anhelamos ser”.



Pepa González

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