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sábado, junio 9

TODAS EN UNA.






Al fin y al cabo una joya es una joya y si la alhaja es grande y vistosa, mejor que mejores, digo yo. Igual resulto a priori algo despiadada, poco amorosa quizá, hasta podría acuñarme el calificativo de irrespetuosa para con los cuatro obsequiadores de alianzas pero, una lleva la simplicidad en mente desde joven y pudiendo reunirse en un único objeto cuatro más deslucidos, escuálidos, pues que reine la sencillez.

Todas en una o mejor darle paleta poética a la prosa y personaje en cuestión y establecer nacimiento, de la reinante joya, como una necesidad de esa “una” por gestarse a través y gracias al amor de las otras “cuatro”. 
Y bien pensando, incluso creo hacerles un favor a mis galantes enamorados con la confección de esta joya única. Primero por el apelativo de exclusividad: única. Y es que no ha de existir joya idéntica a la que mandé crear con pequeñas porciones de mis amores varoniles. Única. Y en segundo lugar, por vitalicia, porque lejos de desaparecerlas como muchas hacen, lejos de regalarlas a terceros como también muchas otras llevan a efecto, lejos de tirarlas a la basura o guardarlas en el baúl de los recuerdos para no ser mostradas jamás de los jamases, las llevo siempre conmigo, a sus alianzas y a sus afectos. Todas en una o Todos ellos en una. Bueno, en realidad casi siempre porque en ocasiones puntuales recuerdo algún improperio de uno de esos cuatro mozos, y me arranco la alianza del dedo como quien extrae una mancha pequeña pero molesta a la vista sobre superficie recién pulida. 
                                                  
Cuatro anillos de oro que me fueron entregados junto a cuatro corazones de palpitar de folletines, como piezas de exaltación del verbo motor: Amar

Dos de esas alianzas vinieron acompañadas de peticiones de casamientos. Las otras dos, con menor avidez de compromiso formal y con más delirios de convivencias futuras, llegaron huérfanas de letras y de voces de encorsetamientos. 

Cuatro alianzas. Tan sólo una de ellas con inscripción y declaración de intenciones: 
-         Nos queda la eternidad 



Las otras tres sencillas y sin muchas pretensiones, sin ostentaciones, como los bolsillos que tuvieron a bien hacer el gasto. 

Y todas excepto una, la de Jesús, llegaron en cajitas porta ofrendas. Porque Jesús, como un Cristo pero sin divinidad paterna, sin celestial origen ni santo que le guardara, sin virginal progenitora y sin devoción al altruismo, había aparcado el traje de filántropo en algún antepasado lejano para emplear el de la Santa Tacañería a destajo. Y es que hasta para un café de media tarde debía sacar de mis cuartos, porque era más agarradito que el pasamano de mármol de palacetes venecianos, porque luego de conocerlo supe que el término “miserable” se inventó con la generación de su casta. El sórdido Jesús, que lejos de tener intenciones de llenarme de regalos anduvo joyería tras joyería hasta encontrar anillito sin ínfulas, con gran esfuerzo - más mental y físico que económico por el trasiego de pueblos y calles – y con muy pocas ganas de reducir dígitos en sus cuentas. Según verbalizó inflado de satisfacción, con ella me demostraba hasta que punto era su amor verdad. Con ella y con el gasto, obviamente. Y apareció ante mí con joya en mano, desnuda, abandonada a su suerte, como ultrajada por sus toqueteos, sin lazos ni camas que la acomodaran, sobajeada por la miseria que la envolvía. Y poco me duró a mí el cariño que, cegada por su rubiales cabellos y por sus claros y azules perlas visuales, me llevó hasta sus brazos. Finiquitado pronto y sin penas. Desde que el conocimiento regresó a mis entendederas y me mostré más inclinada a escuchar a padre y su magnífica máxima, dedicada únicamente a aquellos que preferían pertenecer a las cofradías del puño: 
- Ese es, mi hija, de esos que matan a un burro a pellizcones por un duro -. 

Una prenda de las de oro llegó en estuche azulón, de cuero brillante, almohadillado en telas blanquecinas y resbaladizas como cajita mortuoria. El anillo aparentaba ser más un cadáver a punto de enterramiento que un deseo de vida en común. Y no iba descaminado su destino último porque, fundirse bajo el calor de las llamas y convertirse en otro es como morir en la India, resucitando de entre los difuntos para renacer como nuevo ser. Más mi estilo, más emperifollado, más fornido y resultón. Esta joya venía ataviada al más puro estilo de Alberto, entre la cursilería y la intención de un glamour a lo dandy British que le era, desde siempre, esquivo. Porque como pronunciaba madre de este pretendiente mío nada más conocerlo y de forma muy convincente: 
 -Aunque el mono se vista de seda….monito se queda y el pelo de la dehesa no se pierde aunque se quiera-

Al más feo de todos, el más enclenque, anillo de alianza tipo aro de alambre pero con algo más de cuerpo, lo recuerdo dentro de una especie de manzana diminuta de tono rojizo tirando a morado, con hojita verde a modo de sombrero ridículo, toda ella revestida de un material de imitación a terciopelos que dañaban, si todavía se podía dañar más, el buen gusto. A este pobre objeto de pasión le salvó el poema que le acompañaba en tarjeta manuscrita y los ojos de Juan, que me miraban fijamente intentando decírmelo todo sin pronunciar palabras. Lindos recuerdos me dejó Juanito, reservado, taciturno, poquita cosa. Lástima Juanito. Luego de la despedida que utilicé para concluir relaciones en multitud de ocasiones, un café en cafetería muy concurrida donde el ruido de mesas y voces quitara hierro al momento tenso y abreviado, la mirada se le volvió más empobrecida y más de animalillo apaleado. A punto estuve de hacer de plañidera esa tarde pero controlé lloros innecesarios, más teniendo a mi favor que la losa que empezaba a gestarse sobre mi cabeza, tipo tumba asfixiante, había dejado de presionar por inexistente. Y ya sabía yo que esa sensación de amargura aunada a la clara visión de sepultura se me aparecía en cuanto el enamoramiento iba borrando sus huellas, expresándome que la libertad no tenía precio y que las lápidas y arcones del descanso eterno, una vez se me aparecían en sueños, anunciaban que el aire comenzaba a enrarecerse y a viciarse hasta el punto de ser irrespirable. De nuevo la luz retornaría y la alegría bailaría con ella de su mano y, por descontado, de la mía. 

El aro dorado con inscripción fue regalo de Esteban, el más apuesto, el más querido, el más añorado. Y la tomé en serio. Nos queda la Eternidad, decía. La Eternidad. A mí me quedó in aeternum. A Él se le borró en breve tan honda promesa. A pesar de tomar, por mi cuenta y riesgo, la casilla de salida tan pronto descubrí que me era infiel con múltiples individuas de mi mismo género y tipología, se me clavó en la piel su esencia como una marca de nacimiento. Quizá y justo por esa razón de cuernos y despecho, Esteban se perpetuó en el tiempo y en mis carnes. Él lo tenía. Todo aquello que yo quería, Él lo tenía. Su aroma. Ese saber estar que le viene a algunos en genética. Talante afable, sonrisa perpetua, mirada pícara. Un optimismo que superaba cualquier frontera de melancolías. El verdadero amor anclaje y cómo me gustaba recordarlo. El que duele, el que se resiste a partir, el que se agarra al alma como un barco que atraca en puerto franco. El eterno. El de la eternidad. El que te enseña que el dolor tiene múltiples parientes y el llanto del corazón, un único padre. Sí, lo tenía absolutamente todo excepto el deseo real de formar un “indivisible” conmigo. Por ese mismo detalle, y por ser caprichosa y cabezuda como la que más, fui yo quien creó un “todo” al reunir su joya con las otras tres sortijas. Tres más UNA. La de Esteban, la sortija que siempre quise me vistiera el dedo, con la que sí imaginé algún día envejecer la piel. A la que hubiese tratado con deferencia y con ternura. Ella nunca se apartaría de mis dedos, ni siquiera en los momentos de enfado o de distancia. Su joya, la de mi amor anclaje, se hubiese quedado pegada al anular como parte de mi anatomía sin posibilidad ni opciones de extirpación. UNA más tres.

En fin, me gusta pensar que ahora sigue en mí. Más días en mí que en la gaveta del joyero. Más días en mí que respirando otros aires  o contemplando otros labios. Andando silencioso junto a mí día a día. Más tiempo a mi lado, pegándose a mi vida, que alejado. Descontando esos otros días, aquellos menos felices en que trayendo de regreso desaires y malas jornadas me lo arranco del dedo, como quien extrae una mancha molesta de superficie recién pulida, una mancha incómoda en la redacción a tinta de mi propia vida.

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