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Les journées au château de Versailles

Al igual que las aguas cristalinas de un arroyo acarician con suavidad sus orillas gestando verdor, esta melodía te roza trasladando los adentros a lugares llenos de dulces brisas, de delicados reflejos, de sombras pintadas de dorados, de párpados en descanso y de semblantes colmados de treguas.


Déjate empujar por este tierno torrente y báñate en su gracia.

Pepa González




[La Lyra d'Orfeo: Luigi Rossi a la cour d'Anne d'Autriche


Maurizio Cazzati: Ciaccona ~ Luigi Rossi: Mio Ben teco il tormento piu dolce ~ Marcaello Vitale: Tarantella a Maria di' Nardo ~ Luigi Rossi: Mio Ben. Véronique Gens, soprano. Dirigido por Christina Pluhar]

MIS RELATOS


MIS RELATOS



Y COMIERON PERDICES



Cada vez que Alfredo veía el atardecer desde su ventana sentía la necesidad de oír la majestuosa música de Haendel que tantas veces le había inspirado en sus tareas culinarias.Nadie ponía en duda que Alfredito, como le llamaba cariñosamente su madre, era un excelente cocinero, actividad que realizaba diariamente en el prestigioso restaurante familiar “El Montadito”.Había conseguido elaborar hasta cien platos distintos con una exquisitez igualable a la de los grandes maestros de la cocina francesa. En realidad, nadie le había enseñado a cocinar de aquella manera, era más bien un don natural. No encontraba dificultad alguna en realizar estas labores, tan sólo tenía que ponerse a ello y de inmediato otro excelente plato para degustar, surgía como de la nada.Pero este don también le proporcionaba un inexplicable y extraño control sobre el sexo femenino. Era como miel para moscas, como leche materna para bebes, como agua para sedientos.Alfredo conocía este insólito fenómeno, sabía de su poder sobre las mujeres. Sobre toda aquella que había probado sus guisos.Tras diecisiete novias en el instituto y veintidós en la escuela de Hostelería, su fama como Casanova no escapaba a nadie.Muchos de sus amigos se preguntaban qué diablos tendría Alfredito para que todas cayeran rendidas a sus pies.Alfredo se guardó muy bien de no descubrir cuál era la explicación de la atracción de las féminas hacia él.Sabía que más que una virtud era una condena pues, era consciente de que todo aquel ramillete de bellezas que desfilaban ante su cuerpo, no eran más que imanes que respondían a la atracción de su imán: La Cocina.Hasta su primo Luis demostró un enamoramiento fugaz cuando probó su tarta de macedonia, enamoramiento que le duró tanto como la digestión del pedazo de tarta.Para Alfredo no era fácil y su preocupación por el plano sentimental se veía incrementada, a medida que adquiría mayor experiencia y perfección en la cocina.Su madre estaba empeñada en hacerle creer que todo aquello era sólo producto de su imaginación y que algún día encontraría alguna chica que de verdad le amase. Todo ello sin intervenir la cuestión gastronómica de por medio.Alfredo sabía que ella lo hacía con buena intención, pero todo aquello le desbordaba en extremo y los comentarios de su madre le exasperaban, también en extremo.Su vida era la cocina pero el hecho de verse solo, sin un alma gemela que le acompañase cuando ya su pelo fuese cano, le producía una sensación de pesadumbre que le resultaba inaguantable.Soñaba cada noche con la que suponía sería la mujer de sus sueños, la mujer que lo querría por quien era, no por su bacalao con especias o por su pechuga de pollo con kiwi.Alguien que le apreciara sin que las papilas gustativas interfirieran. Tenía que encontrar alguna solución.Una noche, a eso de las cuatro de la mañana, descubrió en la Tv un mensaje que le llamó especialmente la atención: “SOLUCIONA TUS PROBLEMAS AMOROSOS. PODEMOS ENCONTRAR A TU MEDIA NARANJA. TIENES QUE SABER QUE SIEMPRE HAY ALGUIEN ESPERANDO. LLÁMANOS A NUESTRO TELÉFONO PRIVADO Y TE DESCUBRIREMOS LA FELICIDAD”.Tardó dos segundos en levantarse del sofá y telefonear. Necesitaba que alguien le dijera que encontraría a la persona idónea, especial, perfecta con la que compartir el resto de su vida.Ya había recurrido al mulato que leía el futuro en las caracolas que dejaba caer al suelo. También a la doñita de campo que desplegaba sus cartas de tarot sobre el tablero con tapete gris. Incluso había pagado a una santera, que aseguraba que su problema tenía solución tras sacrificar una gallina a la que habían pintado de rojo antes de retorcerle el pescuezo.Todo le resultaba inútil por lo que decidió hacer caso, como última plegaria y como balsa salvavidas, a la sugestiva propaganda televisiva.Con anterioridad a las citas concertadas con las muchachas en busca de amor tenía que entrevistarse en la agencia. Por supuesto, no tomaron en cuenta el motivo que exponía Alfredo como causa evidente de su poder de atracción. Lo etiquetaron como: individuo excéntrico - peculiar. Si él quería pensar que su único encanto residía en la manera de preparar sus recetas pues, bueno, tampoco hacía daño a nadie.Le prepararon cuatro citas en días alternos. Él insistió en que se reunieran con él en el restaurante y así pasarían su prueba de fuego. Si alguna se le resistía después de su Lenguado con alcaparras y setas o de su cordero lechal con salsa de coco, entonces... esa era la persona.Las dos primeras ya demostraban síntomas de enamoramiento con las primeras cucharadas de su crema de zanahoria con nueces. Sus ojos mostraban pupilas dilatadas al mirarle, signo de atracción inequívoco. En cuestión de segundos ya le proferían un amor eterno, exclamando dulces palabras de enamoradas. Todo ello en menos de quince minutos.La tercera parecía resistirse porque consiguió llegar hasta el segundo plato sin muestra aparente de atracción, pero era sólo un engaño. La timidez hacía que no demostrara sus sentimientos, puro pudor pero, aún así, no consiguió resistirse al segundo plato y se abalanzó sobre Alfredo con una pasión desmedida.De la cuarta ya ni hablar. Entró, olió, mordisqueo el bizcochón que había sobre el mostrador de los postres y se desnudó por completo.Alfredo sufría. Su pesar era inmenso. No acababa aquella condena.Ni siquiera los de la Tv habían conseguido nada al respecto. Promesas rotas en sólo cuatro días.Se consolaba pensando que mientras no saliera de su cocina, las mujeres que pasaban por su restaurante no le asediarían. Y así se mantuvo durante meses, rechazando cada invitación que las clientas le hacían para conocerle y, según ellas, felicitarle por su buen hacer con los manjares.Un frío y lluvioso día de enero alrededor de las ocho de la tarde una señorita de cabellos oscuro y grandes ojos verdes entró en su establecimiento. Tras dejar el chaquetón y el paraguas en el guardarropa decidió tomar asiento cerca del patio interior. Pidió vino blanco y una tabla de quesos locales como entrante. En la cocina los camareros murmuraban a cerca de la joven. A todos les había llamado la atención el color verde aceituna de sus ojos y su sonrisa, graciosa y fresca. Alfredo no pudo obviar los comentarios y decidió acercarse a la puerta de acceso a la sala-comedor para verla.Era lo más bello que había contemplado jamás. Levantaba la copa con una exquisitez que le cautivó al instante. Su manera de acariciarse el cabello con la mano izquierda y su aparente fuerza le habían estremecido. Le daba igual que se enamorara de él por los platos. Sería capaz de soportarlo. Ella valía su resignación. Aunque sólo lo quisiera por sus guisos, sería suficiente.Cuando acabó con el segundo plato, Alfredo estaba convencido de que sería suya sin posibilidad de escape. Se había esmerado mucho al cocinar las albóndigas con salsa de ciruelas negras para ella. Esperaba que se rindiera a sus pies de inmediato, pero no ocurrió. Al terminar con el postre de crema pastelera y mango pagó la cuenta, agradeció al camarero y marchó sin mostrar ni el menor interés por el creador de aquellos suculentos platos. Alfredo quedó desconcertado. Cómo era posible aquello. No podía ser verdad. Ni siquiera se había mostrado cariñosa. Esa mujer no podía ser humana. Tenía que conocerla para descubrir qué había ocurrido. Su técnica de atracción no le había servido de nada justo cuando deseaba que su encanto desplegara mayor fuerza.Dos días más tarde la joven volvió al restaurante y Alfredo se volcó mucho más en la elaboración de las recetas que ella saborearía. Nada de nada. Otra vez indiferencia total. Otra ocasión perdida.Alfredo decidió presentarse sin más desde que ella volviese a su restaurante. Estaba realmente enamorado. No conseguía dormir. No podía quitársela de la cabeza. Era la mujer ideal. Su compañera tan anhelada. Ella se enamoraría de él por su persona. No entrarían en juego placeres de degustación. Sólo ellos dos. Sólo dos personas conociéndose y amándose por como son.Y así fue. Se conocieron porque él tuvo agallas para presentarse. Charlaban en cada visita que ella realizaba al restaurante. Se citaron para el cine y escucharon el último musical que se interpretaba en la ciudad. Pasearon cogidos de la mano y ella fue enamorándose de Alfredo como hombre y no como chef.- Que razón tenía su madre cuando le calmaba asegurándole que algún día la encontraría. -Se casaron y fueron felices por siempre.Sin embargo, a Alfredo siempre le dio la sensación de que su mujer le ocultaba algo. Era una intuición. Tenía la impresión de que ella no disfrutaba de sus platos como el resto de la gente. Aunque nunca dijese nada en contra de su manera de cocinar o del sabor de sus guisos, algo ocurría.Y no iba descaminado. Ella nunca le dijo nada por no disgustarlo. Ella no hubiese soportado que su amado esposo, rey, amo y señor de las técnicas culinarias supiese que, su amantísima esposa, era incapaz de distinguir sus acelgas gratinadas de las delicias rebosadas rellenas de cabello de ángel. Que siempre le diría que todo estaba exquisito por pura cortesía. Que sus papilas gustativas eran totalmente indiferentes a distinción entre sabores. Que desde pequeña había sufrido una total incapacidad para diferenciar sabores debido a una extraña afección en sus papilas. No podía hacerle eso a su esposo. No podía descubrirle su secreto.Y así y todo, fueron felices y comieron perdices aunque, ella jamás supo si estaban ricas o ruines.FIN



Y VOLVERÁN CONMIGO.....

Pensar en ellos me ponía triste pero ahora ya no. Antes sufría sólo con recordar sus aromas y el color de sus cabellos bajo el sol. Pero ahora no. Ahora todo es diferente. Sé que volverán a mí o que yo iré hacia ellos. Todo tiene su momento y no muy tarde llegará el mío y el de ellos también.Es agradable meditar sobre las muchas otras vidas que pudimos haber pasado juntos. Inquietante y a la vez muy relajante.Es en ese preciso momento.... en que descubres que es posible cuando realmente vuelves a vivir y de repente, todo lo negro queda atrás para dar paso a una ingente cantidad de matices de todos los colores posibles. Del azul al malva y hasta el ámbar pasando por el bermellón y el verde campo.Y cuantas lágrimas derramé antes. Justo antes de saber lo que sé ahora.Cuando aquella tarde lluviosa recibí la fatal noticia no pude pronunciar palabra ni emitir siquiera un solo sonido. No podía estar pasando. Un accidente, dos coches, mis dos amores perdidos para siempre en una carretera inhóspita. Sencillamente no podía ser. Qué sería de mí ahora. Qué haría después de esto... no quedaba más que morirme. Pero nunca se muere uno cuando lo desea tan profundamente; aunque se intente, no se puede.Quise irme en dos ocasiones. Una: dejando que los días de mi vida pasaran sin hacer nada por apegarme a ella. La otra: tomando algo que me hiciera desaparecer por siempre de esta ennegrecida existencia y de esta lóbrega laguna en donde mi cuerpo se resistía a hundirse.Seguí viviendo pero haciendo esfuerzos por no respirar.Seguro que fue por ellos. Ahora lo entiendo. Y todo gracias a ellos. Gracias a la intuición de mi hermana y a la visita de Ernesto.Ese sujeto canijo, poco agraciado y tristón pero con una sabiduría que le engrandecía como a los sabios de las antiguas civilizaciones.La primera toma de contacto llegó tras el segundo intento..... y fue breve. Justo lo que él quería, un momento de contacto visual y poco más.La segunda vez dejó que fluyera de mí todo el dolor al que estaba sometida para mostrarme que hay más allá cosas que no podemos ver pero, en ocasiones, sí sentir. Y así fue.Varias sesiones de hipnosis y vuelta atrás en el reloj, en las décadas, en el espacio y en el paisaje. Y de pronto, allí estaba, descolgando ropa blanca y fresca de una cuerda amarrada a dos postes de madera. Un agradable olor a campo y orquídeas salvajes me envolvía y sentía la felicidad en cada poro de mi piel. La brisa fresca que venía de entre los árboles me rozaba suavemente el cuello y provocaba un inmenso bienestar en mí. Todo pasaba de repente a cámara lenta, el olor, el frescor, la luz, el blanco, el murmullo del viento. Entendí entonces cuántas veces había repetido esa sensación en mi vida y la forma en que aquellas imágenes y vivencias conseguían transformarse en máxima dicha para mi cuerpo y mi alma.De pronto llegó él, mi niño; en sus ojos lo veía a él, aunque aquel cuerpo no era el mismo, pero sin duda era su mirada. Traía algún animal colgando de su espalda, como recién cazado y me saludaba con afecto desde la lejanía. Me llamó “iníon” ¿podía ser posible aquello? Aquellos ojos en donde identificaba a mi pequeño retoño me llamaba en esta vida “iníon” y yo le contestaba con evidente ternura: “ATHAIR”. Sabía lo que aquellos nombres significaban: él me llamó hija y yo a él padre. Era gaélico, el antiguo y ancestral lenguaje celta de las verdes llanuras de tierras irlandesas. Aquella Irlanda que tantas veces investigué, contemplé y estudié. Athair....... ahora era mi padre y yo volvía a estar junto a él. Sentí un grandioso regocijo y una enorme tranquilidad me embriagó.Luego llegó mi otro amor. Esta vez muy parecido al del presente. Allí estaba conmigo para entregarme un bonito ramo de lavandas. Mis labios emitieron un dulce sonido: “fear”, mi señor, mi dueño y amante, mi hombre. Mismos ojos con rictus de tristeza, misma sonrisa blanca y jovial, idéntico olor en su piel.Toda aquella realidad era pura belleza. Todos en otra vida distinta. Y después de pronto, una enorme pesadez en mi pecho. Una habitación oscura con ligeros matices brillantes de luz de hoguera. Frío y pena. Un llanto de un recién nacido y un adiós.Todo quedó negro de inmediato y ya no los vi más. Quedé a oscuras sin saber bien para donde iba o hasta donde tendría que llegar atravesando aquel sendero oscuro.Un chasquido de dedos me devolvió a la vida que hasta hacía unos pocos días quería postergar al olvido.No podía creer que aquello que había quedado reflejado en mi mente fuera verdad. Volvíamos a encontrarnos en esta vida y no sé en cuántas más habríamos estado juntos o en cuántas otras volveríamos a redescubrirnos.Con una mirada basta. En los ojos se refleja el alma, sin duda. Se contemplan las vidas y las emociones mirándolos fijamente. Y son ellos los que me hablaron de mis amores. Y son ellos los que me aseguran que volverán conmigo. En esta y otras vidas. Antes y después. Siempre conmigo. Volverán a través de los tiempos deambulando entre los distintos mundos para volver a estar juntos por siempre.Fin.


TÚ LA BRISA QUE ME BALANCEA por Pepa González



Nadie podía imaginar quien era en realidad Rosa Nadaya. Ni si quiera doña Margarita, la propietaria del piso que ocupaba, desde hacía ya tres años, en la calle Los Gigantes nº14 Piso 4ºA. Impensable que aquella chica joven, de buenas maneras, siempre ideal y sonriente fuese en realidad una prostituta de la calle Alameda.

Si ya lo decía su tía Angelita desde que la conoció con cinco años de edad en su pueblo natal "La Tamba": "Esta niña no traerá nada bueno". Aquella frase no sólo la acompañaría durante el resto de su vida sino que conseguiría convencerla de que la vida de una mala mujer venía determinada desde el día de su nacimiento.

En la academia donde trabajaba como administrativa a jornada continua, la tenían por la prototípica chica de pueblo, de agradable trato, campechana, sencilla. Hasta Luis, el encargado de la academia, la había encasillado como la típica señorita que va para solterona. Siempre que la miraba detenidamente le venía la imagen de Rosa en su vejez, pasando las horas sentada delante de su televisor acariciando varios gatos que le harían compañía durante las tardes.

Cuando la encontraron en el callejón de la calle Alameda, con su largo pelo color caoba cubriendo la herida del cuello y aquel traje diminuto de mujerzuela barata desgarrado a la altura del escote, ni siquiera Luis fue capaz de reconocerla. Le habían cortado el cuello con una navaja de unos diez centímetros de longitud. Sus amigas de la calle, todas ellas empleadas del mismo viejo oficio, sabían que había sido el Chiqui, o lo que era lo mismo: Alejandro González "el Chiqui", un antiguo bailador de flamenco metido al consumo de caballo y principal enamorado de Rosa Nadaya.



Ellas habían oído mil veces las palabras que el Chiqui le repetía hasta la saciedad a su Rosa:

"yo soy como la barca en la bahía y tú la brisa que me balancea "



Rosa dejaba su atuendo de chica decente justo a las cuatro de la tarde, cuando salía de la academia camino de su piso. En el trayecto de regreso a casa algo se desataba en su interior. Iba escondiendo aquella imagen monjil que la caracterizaba en su vida diurna, para dejar rienda suelta a aquella otra Rosa mucho más provocativa, sensual y maligna. Sí, maligna. Porque podría haber sido una prostituta compasiva, de esas que terminan enamorándose de un cliente o de aquellas otras que consuelan al pobre chico primerizo y le hacen sentir un verdadero hombre. Pero ella prefería ser de las malas. Realmente ruin. Le gustaban los juegos en donde no se le escapara el control. Adoraba ver a los hombres sufrir por ella, lamentarse de haberla conocido, suplicar por ella. Y en realidad, nada le había ocurrido en su niñez o juventud que la dirigiese a sentir y a actuar de esa forma. Nadie la había abandonado jamás. El padre nunca la maltrató ni abusó de ella y su madre, la mimó y la quiso con ternura. Simplemente era ella y su naturaleza, como bien decía su tía Angelita.



El Chiqui la quería para él, sólo para él. Eso lo sabían todas las chicas de la calle Alameda ya que ninguna había conseguido pasar una noche junto al bailarín. El Chiqui únicamente adoraba a su Rosa. El Chiqui jamás le hubiese sido infiel. El Chiqui le había propuesto matrimonio varias veces. Quería sacarla de la calle para é. Sólo para él. Hasta que decidió seguirla una mañana del mes de marzo. La vio entrar en la academia con su habitual atuendo puritano. La observó trabajando, riendo, bebiendo café con aquel garbo de perfecta señorita. La esperó para verla salir de aquel entorno mientras se iba poniendo nervioso por falta de la dosis de las tres de la tarde. Esperó luego en su portal de la calle Los Gigantes donde la vio coger un taxi que la dejaría en una pensión de mala muerte de la zona de trabajo nocturno. Salió ya vestida de "ramera. Se dirigió a ella. La acorraló contra un portal próximo suplicándole que pasara la noche con él. Toda la noche. Todas las noches restantes. Él le daría el mundo. Él la querría como nadie. Él la amaría por siempre. Él colmaría sus días de dicha. Ella reía sin freno. Ella le esquivaba como siempre y se escabullía calle abajo como cada noche.

El Chiqui contó hasta cuatro servicios y cada uno de ellos se le clavó en el pecho. Una clavada por cada favor sexual. Una clavada por la falta de dosis de las tres de la tarde, otra por la falta de dosis de las siete y otra por la falta de algo que le calmara el mal cuerpo que aquella mujer le causaba. Terminado el último servicio la siguió. Bajó tres callejuelas y atravesó dos plazas llenas de gente como él y de gente como ella. La agarró fuerte por el brazo, la miró mientras ella volvía a sacudirle con una de sus carcajadas más sonoras. Rosa reía y reía mientras el Chiqui sacó la navaja, la apretó contra el cuello de su Rosa y la hundió hasta verla desangrar mientras la sostenía junto a él y le susurraba al oído: "yo soy como la barca en la bahía y tú, mi Rosa, la brisa que me balancea".



"Nuevo crimen en la Alameda". El periódico local informó del hecho con brevedad, como era costumbre con los sucesos de la calle Alameda.







"Ajuste de cuentas" decían los vecinos de la zona.







"Las prostitutas no pueden acabar de otra manera" comentaban otros.







"Es increíble cómo nos engañó a todos" murmuraban los compañeros de academia.







"Ha destrozado mi reputación como arrendadora" declaró doña Margarita al periódico local.







"Siempre lo dije, esta niña no iba a traer nada bueno" repetía su tía Angelita.



Fin



TRES BAJO LA HIGUERA

Cuando llegan las noches frescas del verano, regresan a mi memoria las imágenes de aquellos tres hombres de pieles tostadas al sol, bajo la higuera. Higuera centenaria que contempló como mis tres amores yacieron allí junto a mí, recordándome que hubo amor en mis carnes, que la pasión me acarició y se desvaneció rápida, como ave pasajera. Tres amores que ya hoy han desaparecido de mi vida y de mi mundo.Mi primer amor fue fugaz pero intenso. Un amor que desgarró mis entrañas, que latió fuerte entre mis piernas. Un amor que murió joven. Alberto se fue un día triste del mes de noviembre cuando un fatal accidente de tráfico decidió que ya había vivido demasiado tiempo junto a mí. Fue un amor fresco y juvenil de los que se recuerdan con devoción por su intensidad y brevedad. Era mi primer sueño deshecho en mil pedazos. Con él construí la primera de las imágenes de vida futura. Ya había decidido como disfrutar el resto de mis días junto a él. También había fijado lugar, fecha de casorio y zona de residencia. Todo desapareció antes de poder materializarlo.Alberto recordaba a las estatuas de Miguel Ángel. Joven y atlético. Trigueño de ojos verdes. Alto y esbelto. Romántico y pasional. Y me quería. Me quería muchísimo. Tanto como yo a él.La higuera crecía tras los muros del patio de casa. Era una higuera hermosa de oscuro ramaje y verdes hojas. Higuera que había vivido y permanecido con la familia desde hacía más de cien años, desde que mi tatarabuelo Manuel plantó un pequeño mato que había sacado de la finca de su amigo Rafael “el tinajero”. Aquel árbol de troncos torcidos y madera endeble era la herencia más importante que poseía la familia. Sus frutos siempre habían endulzado las tardes calurosas en casa desde tres generaciones atrás. Cada año entregaba sus delicias para regocijo de todos y su sombra, que poco a poco fue inundando el patio, para refresco de la casa. Allí escribí mis primeros poemas y allí soñé mis amores, bajo la sombra de la higuera.Alberto me enseñó como amar por vez primera. Me descubrió el calor que dos cuerpos desnudos desprenden al fundirse en uno sólo. Las primeras palabras de amor, suaves palabras susurradas al oído, los primeros besos de apetito romántico, las dulces caricias que alborotan la piel y el cuerpo.Tres años sufrí su abandono y mi soledad. Durante tres años mi interior se secó como un río sin aguas. Letargo de tristeza imposible de sobrellevar. Sólo lágrimas y desvelos, pena y aflicción.Santiago apareció sin esperarlo, con su elegante traje gris y sus zapatos negros de cordón. Llegó al pueblo un mes de octubre, justo al inicio del curso escolar. El alcalde y los consejeros lo esperaban como se espera el agua de mayo. El nuevo profesor por fin había llegado y con su juventud serena inspiraba aires nuevos. Se le recibió como se acoge a un alto oficial. Hubo orquesta y voladores, recepción y bienvenidas, refrescos y dulces, alboroto y novelería.A madre le gustó nada más verlo. Decidió antes que yo que aquel podría quitarme las penas.Vino a tomar café un sábado en la tarde, invitado por madre e informado acerca de mí, por padre. Me encontró bajo la higuera sumergida en mis lecturas. Compartimos libros y conversación. Tres meses de visitas diarias en las cuales conquistó de poquito a poquito, por completo, mi corazón.Inteligencia y desparpajo, serenidad y honestidad. Santiago reflejaba la paz sosegada del hombre estudiado.Fue un amor distinto pero fue amor. Con él descubrí la calma y la felicidad tranquila. Con él hallé la maternidad nueva. Un hijo fruto de aquella conjunción. Y reposamos nuestra alegría bajo la sombra de la higuera. Higuera de momentos felices y de épocas maltrechas. Higuera de dolor y de alegría. Higuera centenaria que guarda recuerdos de días, de meses y años.A pesar de nuestras diferencias, Santiago supo siempre conquistarme con sonrisas y suaves palabras. Nos investigábamos en cada conversación y nos analizábamos tras cada pelea. Fue un continuo aprendizaje mi vida junto a Santiago. Hasta en el momento en que decidió dejarme por la nueva profesora de música aprendí de él. Era un dolor distinto, una pérdida diferente, un abandono sin precedentes.Me dejó y tuve que acostumbrarme a vivir sin él. Tuve que aprender a educar sola y a luchar sin ayudas. Pero algo bueno saqué de Santiago, el niño y su paciencia. Había logrado transmitirme y contagiarme tanta tolerancia. Ahora mis frustraciones eran comedidas y mis miedos, leves sobresaltos.Bajo la higuera jugué con mi retoño y alimenté sus carnes. Vieja higuera familiar que cobijaba mis sueños y esperanzas.Veintidós años después llegó mi último y gran amor. Toda una vida de valiosa espera.Marcial rondaba los cincuenta años cuando decidió establecerse en el pueblo. Sus continuas afecciones cardiacas le habían obligado a reposar y buscar el descanso campestre.Paseaba cerca de casa cuando lo vi por primera vez. Pelo cano, ojos verdes, barba grisácea y piel curtida. Andaba con paso ligero y gracioso levantando polvareda tras sus pisadas. Y yo en mi higuera, refrescante higuera. Y él mirada fija, mirada andante.Cada tarde, a la misma hora, compañía. Cada noche, en el mismo instante, despedida.Y tres años de amor maduro. Treinta y seis meses de pasión prudente. Distinto deleite. Disfrute verdadero. Familiar gozo pero diferente.Era más intenso este tercer amor, más completo. Eran mañanas de luz y noches de velas. Era sentir profundo y necesidad inmensa.Y abrazos bajo la higuera, hermoso árbol de follaje débil acostumbrado a inclemencias del tiempo.Varios años llevo sin Marcial. Su corazón cicatrizado no aguantó el último desgarro. Mi corazón sin cicatrizar sigue soportando su desamparo.Y aquí, recostada bajo esta querida y familiar sombra transcurren mis tardes, junto al viejo tronco, recordando cada uno de mis amores, contemplando estrellas y constelaciones, mirando lunas llenas y medias lunas, oyendo brisas suaves y fuertes relentes que acarician las ramas torcidas y secas de mi higuera, como antaño acariciaron mi cuerpo manos y labios, voces y murmullos, sentimientos y delirios.FIN



Hurra por los vencidos




De que me servía pensar ahora con quién podría haberme casado desde hacía años. Para qué recordar antiguos ofrecimientos. Yo sabía desde hacía mucho tiempo que el camino a recorrer en esta senda, en ocasiones tortuosa que es la vida, no es lo suficientemente largo como para conceder oportunidades unas detrás de las otras. Menos aún, después de todo lo que me había pasado en los últimos meses.Alguna vez, al recibir uno de esos interminables y cansinos archivos de correo que te torpedean con fotografías y relamidas frases para que uno se detenga a meditar sobre su existencia, leí algo que sí me había calado hondo y se paseaba por mi memoria de vez en cuando:“……cuando se tiene el billete de viaje en la mano, es mejor coger el tren que se nos acerca y no esperar a que llegue el siguiente porque quizás, ese próximo tren, no llegue nunca”.Toda la vida deseando ser la “Susanita” de aquellas encantadoras y contestatarias historias de “Mafalda”, en donde el más grande sueño era convertirme en una perfecta esposa que presume de marido, aspirando a tener algún día ese compañero fiel de telenovela y esos retoños de ensueño con los que pasar vacaciones estivales junto al mar y copiosas cenas de fiestas navideñas, inundadas de paquetes de regalos envueltos en papeles de brillantes colores con motivos de Christmas Season. Bastante cursi, sí. Lo había sido toda la vida.Algo más de mi personalidad que había colocado atrás. Muy atrás. Escondiendo aquella parte de mi naturaleza que menos quería hacer visible. Mi cursilería estaba ahora en un rincón apartado del alma. En aquella misma esquina de mi ser en donde guardaba, bien organizado, todo aquello que un día había soñado o por lo menos deseado en silencio y que por una razón u otra, había olvidado, con el tiempo, materializar.No se puede tener todo en esta vida, eso era indiscutible. El aplazar de forma voluntaria e indefinida la culminación de una vida familiar se convirtió en una inquebrantable premisa en mí. El trabajo en el semanario era más importante que todo aquello. Lograr destacar por encima de todo y de todos con mis elaborados artículos periodísticos, era el eje central de mi vida. Lo demás: hogar, familia, fiancé y descendencia podían y, tenían que esperar. En la actualidad, con cuarenta y seis años, dos perrillos schnauzer, un precioso ático con fabulosas vistas de los tejados en el centro de la ciudad y mis descansos anuales pagados al extranjero, todo aquello que había deseado en mi fuero más interno me resultaba ya algo lejano, imposible de labrar.- ¡Para que desperdiciar tiempo y además, energía! - Me decía a mí misma, como una técnica personal de acallar la conciencia y de eludir algo que se me resistía y deseaba que estuviese fuera de todo planteamiento.Había algún momento a solas donde los recuerdos me acribillaban sin piedad. Sobre todo en aquellos días grises de otoño plagados de nubarrones que se agazapaban estratégicamente entre los edificios y que llenaban las calles de hojarascas de todas las pinceladas de verdes y ocres.Sebastián, Mateo, Nicolás, Luís, Ernesto, Rodolfo. Hombres cuyos nombres evocaban viejos amores que desfilaron ante mí desde edad temprana. Unos jóvenes y otros algo maduros. Compañeros de andanzas que habían conseguido hacerme vibrar como a una adolescente en distintas épocas de mi vida. Amoríos, con sus inicios enloquecidos y llenos de furor. Con sus finales a veces dramáticos y, en otras ocasiones, incluso gratificantes. Relaciones que habían logrado emocionarme hasta sentir esas famosas mariposas en el vientre dando fe de su existencia. Con ello quiero aclarar que aún prefiriendo por compañía la soledad, la pasión del amor no me había sido indiferente.Fueron amores colmados de felicidad y enlazados entre sí por un vínculo común. Eran enamoramientos concluidos siempre antes de que pudieran forjar cadenas alrededor de mi preciada libertad y asfixiarme.Ninguno fue tan importante como para perderme un buen reportaje o un viaje de investigación para completar los escritos de prensa. Nadie me parecía tan imprescindible como para dejarlo todo. Ningún hombre merecía que coartara mi independencia. Ya llegaría un tiempo para esto. Un período para desvivirse por el amor, los besos, las caricias de alguien y claudicar. Un tiempo de abandono en medio de esa vorágine que es el AMOR.Para mí todo era cuestión de ceder más o menos. Se reducía a una cuestión simple: ¿Lo necesito ahora, en este preciso momento? Y la respuesta era lapidaria y concisa: ¡Todavía no! No ahora.Y así era. Las demás se iban casando. Las otras coleccionaban hijos. Mis hermanas van creando hogares y yo, voy adquiriendo sobrinos a los que colmar de presentes.Era en otoño. Siempre en los meses otoñales. En aquellos otoños y sus finales de semanas. Después de las sesiones de masaje de relajación para colocar todos aquellos músculos que se desubican con el stress. Tras aquellos dulzones y tibios baños de burbujas con fragancia a lavanda y manzanilla y mi querida y habitual copa de Chianti bien frío. En esta estación del año era cuando mi mente se desvelaba con pensamientos de antiguas temporadas de pasión. Y fue durante una de esas tardes, en donde me citaba para estar conmigo misma y mientras me enfrascaba en un placentero estado de ligera y espumosa embriaguez, cuando oí la publicidad radiofónica de una agencia de viajes: ¡VEN A CANARIAS. LAS ISLAS AFORTUNADAS TE ESPERAN!Este año quería hacer algo distinto en mis vacaciones y ¿por qué no visitar las Islas Canarias? Me pareció algo innovador. Sólo había estado en las islas una vez y hacía ya mucho tiempo. El trabajo me había llevado hasta ellas. Esta vez sería por placer. Me iría “a hacer las islas” y a descubrir esa parte de la Macaronesia que me era tan cercana y lejana al mismo tiempo. Inserté las palabras mágicas en el buscador: Vacaciones - Canarias y… ¡Voilá!: Lanzarote, la isla de los volcanes. Que mejor sitio que Lanzarote.Desde hacía unos meses los días me parecían poco intensos y nada apasionantes. Imaginaba que un lugar como este era el idóneo para descansar después de un año lleno de actos, premios, conferencias, charlas y reportajes en destinos a miles de kilómetros. Necesitaba calma. Un verdadero remanso de paz. Anhelaba alicientes diferentes a los que me proporcionaba el trabajo. Algo real, personal y duradero. Algo de aquellas pequeñas y grandes cosas que me apetecían realmente. Cosas que en tantas ocasiones había postergado al olvido por falta de tiempo.Era una experiencia soberbia transformarme por fin en una turista más. En el más puro sentido de la palabra: viajar por placer.Y varias jornadas recorriendo los increíbles rincones de este bello territorio anclado en el atlántico para reconocer sentimientos nuevos en mí. Lanzarote y sus singularidades. Una isla cubierta de tierra oscura de lapilli que se presenta como difunta pero que es capaz de procrear y de respirar por sí misma. Ese manto volcánico productor de magníficos caldos que te envuelven el paladar hasta extasiar el alma. Una isla de belleza indescriptible y de profundo sentir. Con fuertes relentes de vientos alisios que te golpean sin piedad la piel y te hacen estremecer el interior.Y una localidad llena de magia y de colores: Puerto del Carmen. Principal enclave turístico con un carisma único. Inmensidad de playas de finas arenas doradas que bordean con sutileza hasta el horizonte, rellenando costas de aguas cristalinas. Mareas turquesas y celestes, limpias y refrescantes, con su suave espuma blanca en continuo vaivén. Una perfecta combinación entre los tranquilos recodos volcánicos de paz azul y el poderoso batir de las olas contra los acantilados, que se elevan desde el fondo del océano como buscando mostrar al mundo su magnificencia.Mar de inmensidad que me convencía, con cada imagen que se me aparecía ante los ojos, de lo ilimitado del término belleza. Ni los más exquisitos lienzos de acuarelas que tanto me gustaban coleccionar, podían captar la hermosura que desprenden los atardeceres y amaneceres de esta joya del atlántico. Ninguna obra pictórica podría plasmar la grandeza de este lugar.¿Han tenido alguna vez esa agradable sensación de placidez que surge cuando se abre una ventana, cualquier gran ventanal o pequeño postigo y, la madre brisa entra y te baña con su aire las mejillas? ¿Han sentido, justo en ese instante, que podría pararse el tiempo bajo los pies y quedarse en ese momento ahí, por siempre, para toda la vida? Puerto del Carmen me provocaba, de pronto, esa misma placentera impresión. Me traía a la memoria aquellas queridas palabras del poeta Walt Whitman, que tantas veces había releído reclinada en mi sofá:“Nunca hubo más principio que ahora ni más juventud o vejez que ahora.Y nunca habrá más perfección que ahora ni más cielo o infinito que ahora”Eso era este lugar para mí. Puerto del Carmen reflejaba la perfección en el sentido más genuino. Entre el cielo y el ilimitado horizonte terrenal la más pura perfección de las visiones.Me dediqué, como turista, a deambular por las callejuelas del casco antiguo de este maravilloso lugar dejando mi mente en blanco, abriendo puertas para disfrutar de las hermosuras de esta parte de la isla y del mundo. Transité por los acantilados de piedras escupidas por el volcán que se tornaban en cascadas deslizantes de lava que caían hasta desplomarse sobre la costa para hundirse en el mar. Visité barrancos y calas de peculiares nombres: el Kíkere, Risco Prieto, la Barrilla, Pocillos, Punta Tiñosa. Caminé por el varadero envuelta en su bochornosa calidez. Paseé por sus atracaderos con aquellos pequeños barcos de pesca apilados, creando una armónica danza sobre las aguas, frente a las oscuras piedras. Casitas blancas de puertas pintadas de azul y de verde y de marrón. Una pequeña iglesia marinera. Fondas de venta de pescados de blanca carne. Frutos de aquel mar que uno mira y parece que está viendo por primera vez. Alimentos recién arrancados de su fondo para deleite de los visitantes. De esos fondos marinos de variada flora y fauna que me ofrecían un maravilloso espectáculo visual.Este es un asentamiento en donde sus gentes disfrutan del día a día bajo un extraordinario cielo claro y luminoso. Antiguos y jóvenes marinos que enriquecen las jornadas con tertulias de historias pasadas. Terrazas tranquilas de veladas deliciosas. Locales de divertimento para vislumbrar y retener en la retina caras de vidas ajenas e imaginar sus variopintas historias.Tras un día inundado de imágenes en colores, en sepias y blancos y negros, grabadas en mi memoria y en la de mi cámara, decidí bajar temprano al restaurante del hotel donde me hospedaba en Puerto del Carmen. Tenía la intención de cenar sin compañía como solía hacer a menudo. Esa noche me apetecía estrenar el vestido verde musgo que había comprado dos semanas antes en la boutique de la esquina de casa. Empleé mi recurrido conjunto de pendientes de plata (regalo de uno de mis antiguos romances) y me perfumé con la delicada fragancia de violetas de Yardley que tanto me gustaba.Me preparaba para nadie. Me arreglaba para mí, en un intento a la desesperada de mantenerme atractiva y sobre todo, juvenil.Pedí al camarero ensalada de setas y nueces acompañado de vino blanco seco de la isla y, comencé a estudiar mí alrededor y aquellas caras que se cruzaban en mi camino.Tres cuadros de paisajes montañosos y dos de marinas. Un mural abstracto que, según anunciaba una brillante y plateada placa colocada justo debajo, representaba la obra “Tinecheide” de César Manrique, un famoso artista oriundo de la isla volcánica. Dos lámparas de cristal que caían del techo aportando una tenue luz vainilla. Muebles de comedor de caoba pulida del siglo XIX. Solemnes aparadores inspirados en la antigüedad grecorromana, adornados con motivos de coronas de laurel, guirnaldas, liras con sus apliques de bronces y sus patas llenas de estrías. A través de sus finos cristales se podía ver todo tipo de vajillas de porcelana, con decoraciones florales en bellísimos tono de azul añil.Inevitable que analizara todo en cuestión de minutos. Ese era mi trabajo, observar y simplificar las imágenes transformándolas en frases que rondaban dentro de mi cabeza, como si tuviese que hacer un escrito a cerca de lo que se me presentaba en aquella estancia. Luego llegaba el mejor momento; detenerme con más calma para contemplar a las gentes: siete parejas, dos de ellas jóvenes y el resto de edad madura. Un señor de unos sesenta años, con traje oscuro y corbata de tonos vivos en líneas malvas que se acomodaba en su butaca de piel en torno a la barra de la entrada con una copa en las manos. Muy cerca, un joven de aspecto nervioso aguardando la llegada de alguien, fijando de forma insistente la mirada hacia la puerta de entrada. Más próximos a mi mesa, una encantadora pareja que se miraba de forma entrañable. Rondaban los setenta y resplandecían de felicidad. Ella, con melena cana de suaves ondas y él, de calvicie brillante ataviado con una antigua chaqueta de cuadros grises. Mirándolos, uno podía imaginarse la distinguida pareja que pudieron ser en su juventud. Aún reflejaban la elegancia de una vida acomodada.En el mismo instante en que el camarero dejó ante mí el aromático mero al horno con gambas y tomillo, que había pedido como plato fuerte, llegó la cita del ansioso joven de la barra. Tuve que detenerme y observarlos. Un hombre de cincuenta y tantos, cabello gris, tez morena, nariz prominente, traje marrón, ochenta y tantos kilos de peso y más de metro ochenta de estatura. Ambos se fundieron en un fuerte abrazo y entre comentarios y carcajadas se sentaron en el otro extremo del restaurante, junto al mural de Manrique. Al contemplarlos podía intuirse la relación de parentesco. Padre e hijo, tal vez sobrino y tío. Seguro del mismo tronco familiar. Pensé que aquel recién llegado no estaba nada mal. Sus miradas se dirigieron hacia mi mesa convirtiéndose en un juego de flirteo adolescente.Justo cuando me disponía a pedir la cuenta para irme, el mâitre se acercó con una copa de licor: invitación del señor Quintero, dijo.Señor Quintero. Aquel apuesto maduro que había estado regalándome sus miradas durante la cena era el director del hotel. Le agradecí con un gesto desde mi mesa y él aprovechó para acercarse y presentarse. Desprendía un delicioso aroma que me recordaba a polvos de talco. Conversamos durante largo rato. Tomamos una copa más en el bar del restaurante, otra en la barra del salón principal y terminamos la noche bailando, hasta que la orquesta tocó los últimos acordes.Al día siguiente volvimos a encontrarnos para descubrirnos, esta vez con más profundidad. Llegó acompañado de una invitación nada despreciable: recorrer la isla de los volcanes de aquella forma en que sólo un lanzaroteño podría hacerlo. Los días iban sucediéndose como en un sueño. Montañas de cenizas, extensiones infinitas de arena negra y gruesa a la que llamaban “rofe”. Rincones solitarios de palmeras huérfanas. Cultivos de parras, higueras de troncos retorcidos y agrietados cubiertas de hojas de vivo color. Ensenadas paradisíacas de ensueño. Construcciones blancas de cal similares a las de los asentamientos bereberes del atlas marroquí que tantas veces había visitado en mis viajes. Aulagas, aloe vera, tabaibas, siemprevivas y cactus. Y la luz. Un sol fuerte, radiante y cálido al mismo tiempo; un azul del cielo puro, profundo, brillante que se sumergía en el agua con delicadeza.Cenas en velero, paseo sobre camellos bordeando cráteres que antaño causaron terror, almuerzo en balcones frente al mar atlántico. Besos y abrazos acompañados de la suave luz de luna y ardientes noches en la habitación del hotel.Salvador era viudo y había tenido tres vástagos. Uno de ellos, el impaciente muchacho que le esperaba con nerviosismo en el bar. El más joven. El más impetuoso. El que esperaba reprimenda paterna al regresar de sus fallidos estudios en Londres. El que encontró como siempre unos brazos amorosos de un padre que mostraba una evidente debilidad por el benjamín de la casa. Salvador me explicó que después del fallecimiento de su esposa, Andrés el más pequeño de todos, era quien peor lo había afrontado. Siempre sintió la necesidad de protegerlo más que a los otros dos y por eso le consentía, también, más que a los dos mayores. En realidad había que reconocer que el pequeño Dres, como le llamaba su padre, era un encanto. Correcto en sus formas, solícito en el trato, divertido e ingenioso y algo destartalado en cuanto a su indumentaria. Tenía ese aire de despreocupación propia del que todo se le ha dado, aunque desprendía un halo de tristeza que enternecía.Cuando se habían consumado los veintidós días de vacaciones, debía regresar a casa y a lo habitual. De vuelta a un trabajo que ahora me parecía tedioso en extremo. Un retorno a lo conocido que jamás pensé fuese tan doloroso.Estaba enamorada de él. Era todo demasiado idílico como para olvidarlo. Poco a poco, Salvador me había arrancado la capacidad de discernir con claridad. Había sucedido tan rápido que no era capaz de asimilarlo. El soñado “hombre de mi vida” había surgido y en mi interior temía que fuese a engrosar la larga lista de amores del pasado. No quería que fuese así en esta ocasión. Tampoco deseaba renunciar a mi vida antes de encontrarlo sin saber cómo iba a ser la futura. No era de esas mujeres que se lanzan a la aventura sin mirar atrás. Y, por otro lado, ¿qué dejaba atrás? Una casa, amistades, trabajo y mi vida en solitario. La libertad no era ya tan ventajosa. Mi vida sin Salvador no sería lo mismo. Necesitaba que estuviese cerca en cada momento para sentirme realmente libre y plena.A pesar de todo, al día siguiente tomé el avión rumbo a casa. Como una autómata que sigue instrucciones de su creador, regresé. Mi “Yo” más cerebral decidió poner orden en mi mente manteniéndome una vez más fría y alejada del corazón.La profesión, como siempre, se despuntaba más importante que cualquier cosa. Me juré olvidarlo y rechazar todas sus llamadas. El tiempo haría el resto. Siempre lo había hecho y no sería diferente esta vez. Sólo tenía que esperar y centrarme en lo habitual.Dos meses sin saber de Salvador. Sesenta días con sus horas y minutos. Toda una eternidad de espacios muertos sin atender sus continuos mensajes. Durante ese tiempo pretendí olvidarlo y hacer borrón y cuenta nueva. Pero era incapaz. Lo sabía dentro de mí.Qué importaba lo que estuviese por llegar si yo ya sabía hacia donde iba. Aunque me negara a mí misma lo evidente, cuando me detenía y le preguntaba a la soledad que se sentaba a diario junto a mí, sólo había una respuesta: Salvador.Ya no era la misma. ¿Porqué insistir en negarme la felicidad? ¿Para qué luchar en aquella batalla que desde un principio estaba perdida? De nuevo era Whitman quien me mostraba el camino a seguir con sus verdades:Con estrépitos de músicas vengo, con cornetas y tambores.¿Te han dicho que es bueno triunfar? También te digo que es bueno perder. Las batallas se pierden con el mismo espíritu con que se ganan.Hurra por los vencidos, por todos los que cayeron. Y por aquellos cuyas naves se hundieron en el mar y por los náufragos mismos, que perecieron ahogados.Dejadme soplar en las trompas, recio y alegre, por ellos.En este momento me encontraba como un náufrago sin puerto, sin nave, sin un punto cardinal al que virar para salvarme y pisar tierra firme. La batalla estaba perdida pero eso no era malo. Sólo era una forma distinta de estar. Vencida pero viva. Como los vencidos de mi adorado Whitman.Un día comencé a sentirme sin fuerzas. No soportaba ni un minuto más. Suspiraba por verlo de nuevo, hablar con él, decirle que lo amaba con toda mi alma, que mi vida ahora era suya.Decidida, tomé el teléfono y marqué el número que tantas veces había estado a punto de teclear: 928 513636. Oí la voz de la telefonista, con aquel dulce acento canario que tanto recordaba de mis vacaciones. Un tono de voz cantarín, como una ligera balada en cada sílaba pronunciada.El señor Quintero ya no dirige este hotel, lo siento - me dijo y prosiguió - ahora es director de uno de nuestros hoteles en Venezuela.Latinoamérica. Destinado a Venezuela. Se había ido de Canarias a la Guaira. Desplazado a las Américas, haciendo más ancho el surco que yo misma había creado entre mi único y verdadero amor y mi piel. Tenía que localizar un contacto y escuchar de nuevo su voz. La angustia me abatía y me inundaba ahogándome cada minuto que pasaba sin estar a su lado. Precisaba encontrarlo para decirle todo. Ahora no podía desvanecerse. Ahora ya no.Esperé al mediodía para poder comunicar. La misma línea a seguir. Idéntico trámite, ahora mucho más lejano, pero semejante. La voz y el acento, distintos y parecidos al mismo tiempo. La espera insoportable, eterna. Y por fin, su voz al otro lado de hilo telefónico.¡Vente!,- me dijo. ¡Te espero desde hace demasiado tiempo!Eran justo esas palabras mágicas que atrajeron como a un imán. Sólo necesitaba oírselo decir. ¡Vente! susurró, “no dejes que termine este día sin haber sido feliz, sin aumentar tus sueños… No me abandones de nuevo” y fue suficiente para que lo dejara todo y marchara en su busca, esta vez, para siempre.Un comienzo y un futuro por delante. Una vida que se iniciaba con el regreso a sus brazos y una noticia que debía entregarle en cuanto le viera. Un hijo. Un bebé que venía en camino para gozo de ambos y como muestra de un amor sincero y puro. Un pedacito de carne mío y de él. Una criatura hecha entre los dos para hacer aún, si cabía, más completa nuestra felicidad.Y aquellas frases del poeta resonando en mi interior como lemas a seguir en la vida: “Anclada está la nave: su ruta ha concluido. Feliz entra en el puerto de vuelta de su viaje. La nave ya ha vencido la fuerza del oleaje…”



FIN - Pepa González


Son muchas las cosas que aún debo hacer: acabar de matar la memoria, procurar que mi alma se vuelva de piedra, y aprender de nuevo a vivir. Anna Ajmátova