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lunes, marzo 16

Más relatos cortos made in Pepa

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CASORIO Y MORTAJA........“Casorio y mortaja del cielo bajan”, frase materna que conseguía desquiciarme.Siempre dije que cuando el hombre de mi vida llegara le daría una buena bofetada por haberlo hecho tan tarde, pero en realidad lo decía por hablar. ¿Cómo iba a abofetearlo si anhelaba su llegada desde siempre?. Tenía claro que no iba a quedarme para vestir santos. No sé bien porque, pero lo sabía. Recuerdo que oí en una película británica como un amigo le preguntaba a otro: ¿Cómo puedes estar tan seguro de que aparecerá la mujer que compartirá el resto de su vida contigo?, ¿y si no apareciera jamás? Y el joven le contestaba seguro y tajante: - Eso es imposible, tiene que venir y vendrá. Cualquier día de éstos, lo sé-.A mí me ocurría lo mismo. Yo lo sabía. Tenía que venir alguien que no englobara la lista de adonis que desea a los quince años, alguien más real y menos fotográfico. Alguien encantador y culto. Un hombre que me apreciara y me halagara con sus mimos y sus atenciones. Alguien con el que compartir el resto de mis días y para siempre. Una persona que me envolviese sin saber cómo dentro de esa espiral de felicidad entre remanso de paz y meteórico viaje hacia un futuro conjunto. No sé bien en qué momento mi alma se enredó, como en una tela de araña, para dejar de deambular sola y subir a un tren con destino a los “Años Venideros”, junto a su alma gemela.Juan consiguió hilar un fino velo a mi alrededor casi sin ser consciente de su destreza. Conversación tras conversación aquel joven galante y romántico se fue instalando dentro de mí, formando parte de mi entorno como si hubiese ocupado un lugar en él desde siempre.En la niñez, contando apenas con cuatro o quizás cinco años de edad, el ballet clásico y las zarzuelas me atraían como la miel. Me levantaba de noche al oír los primeros acordes de la sintonía del programa “El mundo de la danza” para comenzar mi propio “Lago de los cisnes”. Con mis diminutas zapatillas de ballet imitaba movimientos de manera torpe e infantil.Me deslumbraban las historias escenificadas por los cantantes de zarzuelas con sus coros, sus trajes y sus vestuarios de época, todo en blanco y negro como era común en aquellos años de mi infancia.Mi madre adoraba la música clásica reconociendo al instante compositores y sinfonías. Mi padre se inclinaba más por la zarzuela entonando pequeñas estrofas al oírlas en televisión.La familia de mi madre siempre fue conocedora de óperas y asidua espectadora en los conciertos. Desde pequeñas, mi madre y sus hermanas acompañadas por su padrino, acudían al teatro para disfrutar de la música.Imagino por ello que será algo genético el que me atrajera este mundo al igual que la lectura y la historia. Primos que cantaban arias aprovechando cualquier festividad. Tías que escuchaban con deleite operetas y conciertos. Sinfonías y oberturas que resonaban en los tocadiscos.Tenía que llegar. Juan debía aparecer en algún momento de mi vida. Era inevitable. Como en aquellas bellas historias de amor de las zarzuelas mi Juan tenía que venir a rescatarme del tedio.Durante una época de mi vida me dediqué a investigar las regresiones al pasado, o lo que es lo mismo, mirar en el interior de nuestra psique para buscar experiencias vividas en otra vida anterior a ésta. Brian Weiss era mi autor preferido. Un experto psiquiatra americano, de ascendencia judía afincado en Miami, que dedicaba sus horas como psicoanalista a hipnotizar pacientes con neuras y fobias de todo tipo. Historias increíbles relatadas en sus textos con las que gastaba horas de sueño. Incluso unas breves lecciones para realizar auto regresiones demasiado complejas como para llevarlas a buen fin. Entre mis allegados todo esto resultaba ridículo y extravagante, como casi todas mis aficiones temporales. Creencias de vidas pasadas inexistentes a sus ojos y verosímiles a los míos.Incluso en este tema Juan coincidió conmigo. Durante un paseo por la isla me comentó: “No creo en esas historias de vidas pasadas que configuran en muchos sentidos detalles y formas de comportamiento de una vida presente pero si creyera en ellas, estaría seguro de haberte conocido con anterioridad y de haber disfrutado contigo una vida en común”.Curioso. No creía en ello pero su alma, que liaba con rapidez alrededor de la mía, le transmitía una intuición que para mí era certeza pura. La mirada no me era desconocida, una mirada de un verde intenso reflejo de una bondad evidente. Su boca, su olor y su cuerpo me eran familiares.Una certeza absoluta. En otra vida, juntos. En otro lugar, en otro espacio temporal y geográfico, convivencia. Por una extraña razón él necesitaba hacerme feliz y yo estaba obligada a quererlo. Un mutuo consenso, un acuerdo tácito. Un contrato sin rúbricas ni sellos de autenticidad.Cuando te comentan que el verdadero amor llega en cualquier instante, que ya está escrito en el Libro Grande, que el destino hace que surjan este tipo de acontecimientos y tú sigues sola, piensas en tu fuero interno que, son comentarios absurdos de gentes que han hallado la felicidad pero que ese momento no llegará para ti jamás. Entonces, sin esperarlo, aunque la esperanza haga que guardes una pequeña parcela de credulidad, de repente alguien viene y actúa por ti y por él. Decide y camina a tu lado cediéndote un brazo fuerte y seguro para que no desfallezcas. Crea un mundo paralelo al que tenías construido para formar una trenza de unión difícil de desenredar. Sin darte cuenta, ese alguien llena por completo tus necesidades y colma de felicidad toda tu vida. Alguien que sabe en cada momento qué es lo que deseas y qué es lo que te enoja. Una persona sin la cual ya no te es posible concebir tu pequeño mundo interior. Alguien en cuya mirada te pierdes y en cuyo silencio te sumerges. Y llegas a la conclusión de que todo está bien por fin, que ahora sí llegó tu momento y el suyo.Es cierto, CASORIO DEL CIELO BAJA porque la mortaja tendrá que esperar a que disfrute primero de mi pedacito de felicidad.FIN





















CAVILACIONES DE RAMÓNLa primera vez que le vi, estaba vestido de mago en la romería de “La Virgen de Los Dolores” en Tinajo. Era como aquellos campesinos de las fotografías en blanco y negro de festividades locales. Su fajín anudado a la izquierda, su blusa blanca remangada de cuello redondo, su chaleco negro brillante en el dorso y en mate de fieltro en la parte delantera. Y el pantalón. El pantalón le quedaba como pintado al cuerpo. Un trasero bien puesto, prieto y musculoso. Las piernas largas y fuertes. Los brazos corpulentos y varoniles. Las manos fuertes y morenas. Era en verdad la más bella estampa que había visto en toda mi vida.Mi amor por él fue inmediato. Todo mi cuerpo se alborotó deseando tocarlo, acariciarlo, poseerlo.Andrés era realmente un adonis, dentro, por supuesto, del prototipo de hombre que había deseado desde niño. Sí, desde que era niño. Con esa inclinación que tanto desprecio provocaba a unos y que tantas risas y burlas ocasiona en otros. Por qué no decirlo, sinceramente creo que esos sentimientos son los que provoqué en mis padres y hermanos. En parientes y vecinos. En supuestos amigos y amigas.Era un niño delicado. Manitas finas y blanquecinas, cabello suave y rubio, complexión delgada y timbre de voz femenino. Desde luego, yo de niño era el antídoto de todo lo que pudiera englobarse dentro del término “varonil”.“Inclinación”. “Desviación”. Todavía, con la edad que tengo, no entiendo muy bien esta calificación que le dan a ser maricón, mariquita, gay, homosexual o como más les guste llamarlo. ¿Por qué inclinación?. Yo nunca he pensado que me inclinaba hacia ningún lado. Siempre he creído que me encuentro muy bien centrado. Justo en el punto cardinal donde siempre he querido estar. En mi propio centro. Pero desde luego no me estoy inclinando y mucho menos desviando.Mis padres intentaban hacer ver que era como mis otros hermanos varones cuando realmente me parecía mucho más a las hembras.Nunca entendí muy bien aquel empeño en hacerme jugar con pelotas y camiones de guerra. En realidad lo que deseaba con locura era hacerles trenzas de espiga a la Rosaura, la muñeca de mi hermana Virginia. Créanme, tenía un pelo fantástico para trenzas y coletas, además se le podía maquillar con pinturas y frasquitos de purpurina. Si yo era feliz con muy poquito. No necesitaba la mountanbike. Los reyes magos podían regalarme el nenuco con su cuna. Me encantaba convertirme en madre postiza.Resulta un topicazo, pero la infancia de un niño que se siente diferente no es demasiado feliz. Me acostumbré rápido a los insultos en el colegio. Hay que ver que crueles son los niños a esas edades.No puedo negar que no me afectara aquel desprecio. En el fondo les incomodaba y envenenaba mi presencia. Envenenamiento que partía de una intransigencia infantil colectiva, sin duda alguna fomentada por una total intransigencia de adultos, también colectiva y a la vez generalizada. Una intransigencia educativa y generacional.En ningún momento pensé en convertirme en mujer como le pasa a los transexuales. Yo había nacido con mis cositas en su sitio y no tenía intención alguna de cambiarlas. Simplemente me gustaban los chicos. Chicos de distintos tipos. Y luego los hombres, hombres de diferentes estilos pero hombres al fin.Inclinación. Ja! Que bella inclinación.Y no digamos cuando descubrí las esculturas de Miguel Angel en mis clases de Historia del Arte. ¡Qué hermosura! No había nada en este mundo más deslumbrante que aquellos cuerpos desnudos. Atléticos, jóvenes y fornidos cuerpos.En ocasiones oía a mi padre decir a mi madre que yo tenía que padecer alguna enfermedad. ¿Las causas? Se debían quizás a una disminución en las cantidades normales de hormonas masculinas, o a una primera infancia con un organismo bastante débil. Organismo debilitado que me provocaba continuas fiebres con sus respectivas entradas y salidas del despacho de Don Enrique, el pediatra. Alguna explicación científica tenía que haber para “aquello”.“Aquello” o lo que es lo mismo “inclinación”, “desviación”, ”comportamiento contra natura”. “Aquello”.Cuando Andrés, vestido de mago, con su copa de cubalibre en la mano derecha y su cigarrillo cámel en la izquierda me miró, no imaginé que podríamos terminar así.No. No es cierto que nos olamos como los perros unos a otros. Que con una simple visual puedas saber quién es o no es. Juro que “mi Andrés” me impresionó. Quizás porque en mi subconsciente deseé que lo fuera, pero de ahí a confirmarlo jamás. Sin embargo, ¡qué alegría más grande!.No sólo lo era, que lo era. O sea, homosexual como yo. Sino que además le gusté. Yo. Tan blanquito como soy. Tan delgadito como soy. Yo le había gustado y ahí estábamos tomando copas y riendo juntos como dos adolescentes. Verdaderamente ideal. Un auténtico sueño.Cuando llegué a la Universidad ya había tenido varias experiencias sexuales. Siempre con hombres, por supuesto, pero ninguna fructífera. De algunos de ellos me había colgado de verdad. Las hormonas y todo eso. De otros no recuerdo ni siquiera el nombre (bueno, si lo medito un rato, seguro que llego a recordarlos, no vayan a pensar que soy de ésos tan ligeros).Pero en la Universidad fue distinto. Más loco pero mucho más interesante.Todas las fiestas de ambiente gay a las que acudí tenían algo de escandaloso y excéntrico. Mucho niño mono que no quería ser relacionado con esta situación de centro cardinal (¿recuerdan?, ni desviado ni inclinado, situación central), pero que sin embargo aprovechaban cualquier ocasión para apuntarse a ellas y disparatar como el que más. De esos homosexuales ocultos que terminan casados con una mujer con la que nunca serán felices y a la que nunca harán feliz.Mucha mariquita loca desmelenada. Mucho homosexual madurito esperando la ocasión de desplegar sus instintos sobre las nalgas de un no tan madurito joven universitario.En esas fiestas conocí a casi todos mis grandes amores. Nicolás, Luis, Javier, Arturo. Historias de amor. Fugaces unas y longevas otras.Nicolás me enseñó todo lo que sé sobre el sexo. Fue durante mucho tiempo mi mejor amante. Tal vez por mi falta de experiencia. No lo sé. Así y todo, lo recuerdo como el mejor, en lo que a cama se refiere. Descontando por supuesto a “mi Andrés”.Luis no era gran cosa pero su romanticismo me podía. Nunca he recibido cartas de amor como las de Luis. Además preparaba de escándalo los plátanos flambeados y la crema de calabacines.Javier era distinto. Esa fue una aventurilla corta pero intensa. Tenía novia formal y por supuesto no tenía intenciones de dejarla. Su carrera de arquitecto y su casa en el monte eran sus dos objetivos primordiales. ¡Suele pasar!.Arturo si me dejó huella. Son de esos amores de los que piensas: “durará toda la vida”. Era cariñoso, amable, bondadoso, respetuoso, apasionado. Todo él era belleza pura.Pero todo lo bueno llega a su fin algún día.Arturo tenía un pequeño fallo. Le gustaban mucho más que a mí los hombres. Cuatro infidelidades contabilicé. Cuatro cicatrices que todavía en temporadas de frío se resienten. Según él, era inevitable. Me quería pero no podía evitar querer a otros. A mí más pero también a otros.Y bueno, desde la romería soy completamente feliz. “Mi Andrés” me quiere y yo a él.Hace doce años que convivimos. Doce años de total armonía. Doce años de comprensión, de adoración, de felicidad y complicidad. Doce años de matrimonio sin casamiento, sin papeles, sin firmas.Me resulta simpático escuchar ahora a mi madre cuando intenta aconsejar a mis hermanos sobre sus problemas conyugales: ¿por qué no se fijan en Ramón?, dice. ¡Nadie dijo que el matrimonio fuera un camino de rosas!. ¡Los problemas hay que afrontarlos y superarlos! ¡Ramón ha sabido perfectamente mantener años y años una relación sin problemas!Fin








EL ÚLTIMO FIN DE AÑOResultaba realmente envidiable contemplar aquella pareja de ancianos, con sus manos entrelazadas y sonrisa adolescente, paseando por la avenida principal. Siempre había pensado que el amor no podía durar eternamente, que la pasión desaparecía con el pasar de los días, y que las historias de love story de los filmes americanos eran sólo eso, historias de filmes americanos.Aquel noviembre, como casi todos los otoños de mi corta vida de treintañera, volvía a ser oscuro, monótono, deprimente y sobre todo carente de colores, ni un sólo color. Había llegado a la conclusión, antes de que aparecieran las Navidades, que otro fin de año lo pasaría intentando reconstruir como en un puzle por qué volvería a pasarlo sin compañía masculina y por qué me vería de nuevo acompañada de mis mejores amigas, casadas o en vías de.Otro fin de año de cuatro o cinco platos variados de comida hasta quedarte hastiada, de copas de champán seguidas por otras tantas de cubalibres, polvorones, mazapanes, mantecados, peladillas, trufas de chocolate; otra noche más de pitos, gorritos ridículos, panderetas, villancicos, guirnaldas y sonrisas amables junto con felicitaciones y promesas deseosas de felicidad. Las mismas promesas que año tras año se repiten, como si de una oratoria invernal se tratara.Pero este fin de año se me aventuraba distinto. Ya hacía bastante tiempo que había dejado de pensar en el hombre perfecto, en el príncipe azul que tantas veces soñé y que tantas otras veces me desengañó. Ya estaba tranquila, con esa serenidad que los años le van dando a una, que los desamores le van dando a una.Este fin de año, sin pedirlo y sin esperarlo, el divino Papá Noel y los fantásticos Reyes Magos decidieron desplegar toda su magia sobre mí.Apareció acompañado de una chica alta, rubia (como no) y para colmo de males con un cuerpo que hacía detener a cualquier hombre por muy despistado que éste fuera. Por supuesto di por sentado que eran pareja y ni siquiera me paré a mirarlos con mucho detenimiento (bueno, para que engañarnos, a él sí que lo analicé rápidamente).Esa aparente indiferencia me resultó muy beneficiosa, según supe luego (parece ser que me dio un toque de desinterés no premeditado pero bastante ventajoso).Él iba de traje chaqueta azul oscuro, su pelo castaño le caía con descuido por la frente y sus ojos verdes eran limpios y sinceros.Nos encontramos frente a frente. Primero en la puerta del baño (ya lo sé, muy poco romántico), luego en la barra del bar, más tarde en un pasillo que llevaba a la zona trasera del pub y por fin, en la puerta de salida, donde ya todas mis neuronas se centraban en su cuerpo, sus ojos, su cabellera brillante y su graciosa dentadura (perfecta en la zona superior y algo destartalada en la inferior).Me llamó por mi nombre y ni siquiera me di cuenta hasta que, al día siguiente, en esa reconstrucción de los hechos que todas hacemos tras descubrir que noches como esas no suelen acaecer así como así, lo medité.Me invitó a acompañarlo hasta otro bar cercano y tras pensarlo durante largo tiempo (tres o cuatro segundo) decidí no hacer ascos a la situación que se me presentaba, tan poco usual como encantadora.Hablamos, brindamos, bailamos, nos agarramos fuertemente, nos besamos y vi por fin a alguien que me recordaba a aquel príncipe azul que soñaba hasta los veinticinco. Aquel que no existía sino en las cursis películas lacrimógenas que tanto me gustaban.Y lo volví a ver, y lo volví a besar, y lo volví a agarrar fuertemente, tanto que ya no concibo un día, unas horas, un instante sin verlo, sin besarlo, sin agarrarlo fuertemente. Tanto que ya no recuerdo un otoño de escalas grises, un otoño oscuro, monótono y deprimente.Tanto que ya sólo hay luz, sosiego, felicidad.Tanto que todas las estaciones son claras, alegres, perpetuas y maravillosamente azules, y rosas y verdes y naranjas y violetas.Tanto que.......FIN


CUANDO COJA FUERZAS, VOLVERÉ.Cada noche el frío se me mete en los huesos de tal forma que pienso que va a ser la última. Un frío seco y pesado. Frío de infierno y muerte. Frío gris mutilador. Tan pesado como pesa mi propia conciencia. Cada noche recuerdo lo tranquila, apacible, sosegada y agradable que era mi existencia antes. Antes del caos. Cuando vivía en casa rodeado de los míos, de la familia. Cada noche recuerdo como era antes de conocerla a ella. Nunca pensé que una mujer pudiera destrozarme tanto como ella lo hizo. Cada noche ahogo mis penas en alcohol para evitar soñar con aquella felicidad pasada, en un intento de navegar sin esperanzas, como un barco a la deriva, para terminar con este tormento que llevo viviendo hace años. ¡Qué estúpido había sido!. Lo había perdido todo a cambio de nada. Aposté por el número equivocado, jugué a un alto precio y perdí hasta lo indecible. En mi cabeza siguen resonando como hirientes cañonazos las palabras con que aquella mujer me había abandonado a la intemperie.Desde hace ya tres años me alojo y mal vivo en cualquier lugar, cualquier sitio donde nadie me moleste. Algunas noches duermo bajo cartones y periódicos, otras sobre bancos de madera de las plazas por donde paso. Algunos días descanso en el interior de casas abandonadas, donde me acompañan drogadictos que pasan las horas sumergidos en sueños de éxtasis. Cualquier sitio donde poder ahogar mis penas. Cualquier sitio donde ahogarme yo al mismo tiempo. Cualquier sitio donde poder darle vueltas a esta loca cabeza mía. Cualquier sitio donde poder recriminarme tanta falta de sensatez.Mi nombre es Francisco Rodríguez. Trabajé toda la vida en la fábrica de vidrio propiedad del abuelo, D. Juan Rodríguez, como mi padre había hecho antes que yo y como mis cuatro hermanos varones habían hecho también antes que yo. Fábrica que llenaba de orgullo a la familia después de cincuenta años de vida. Era el sustento de la familia desde que el abuelo decidió viajar a Venezuela y hacer fortuna transportando todo lo transportable en una vieja furgoneta conseguida en una partida de póker. Volver a su pueblo natal e invertir el dinero ahorrado con tanto trabajo era su sueño y así lo hizo, trayendo consigo mujer y cuatro hijos. De no ser nadie a ser la única personalidad en el pueblo. De salir con lo puesto a llegar haciendo de prestamista a los que en otro tiempo eran ilustres. La fábrica comenzó a funcionar con quince empleados y con mi abuelo y sus hijos ejerciendo de capataces. El vidrio era una auténtica pasión para el abuelo. Sus colores y sus formas le entusiasmaban y había logrado que a la familia también le entusiasmara.La empresa familiar llenaba mis horas diurnas desde que contaba apenas con catorce años de edad. Todavía recuerdo los talleres de vidrio en que el abuelo mostraba la fabricación de botellas, lámparas, figurillas y losas. Recuerdo el calor que desprendían las calderas encendidas y la luz que emanaba de ellas. Mantengo en la memoria los colores de los tintes y la docilidad del cristal caliente en las manos de mi abuelo. Recuerdo los artesanos y la primera vez que mis manos se quemaron en aquellas calderas.Para otros niños de mi generación las horas tras el colegio se ocupaban con juegos de pelotas y peleas entre bandas. Para mí y mis hermanos aquellas horas se llenaban con lecciones sobre el vidrio y las distintas formas de hacer dinero con él. Era un imperio que había que mantener, era nuestro sello de identidad.No es que fuera mi sueño convertirme en parte de la empresa pero tampoco había tenido muchas opciones donde elegir. Era una tradición que tuve que seguir y así lo hice como lo hicimos todos. Creo que sólo mi hermano Andrés era feliz con este oficio. Siempre le vi disfrutar más que a ningún otro de aquellas labores. En eso recordaba mucho al abuelo, disfrutaba con ello. No quería saber de cuentas ni de beneficios o gastos, sólo quería fundir el vidrio y “crear”, como solía decir cuando experimentaba formas y colores, innovando.Creo que a mí me hubiese encantado ser escritor o tal vez periodista. Algo que tuviera relación con el mundo de las letras. Ese mundo si me apasionaba de veras. Amigos y familiares reconocían la facilidad que tenía para recrear historias fantásticas. Algunos hasta me pusieron el mote de “cuenta cuentos”. Me encantaba crear historias increíbles convirtiéndolas en pequeños relatos que entretenían a propios y extraños. También solía recrear con sucesos locales historias en parte verídicas y en parte ficticias. Todo acontecimiento, por escasa que fuese su importancia, lo transformaba en una historia bien hilvanada que los amigos escuchaban en los almuerzos de los miércoles con total expectación.Y digo que reconocían, que escuchaban, que esperaban expectantes, ya en pasado, porque hasta eso he perdido. Gracias a ella lo perdí todo. Ella consiguió que todo en mí quedara como tras pasar una hecatombe, destrozado y reducido a pedazos. En pedazos la vida, en pedazos el alma, en pedazos todo yo.Contraje matrimonio desde edad muy temprana con Adelaida Martínez (prima segunda por parte de madre de la que me enamoré nada más verla en la boda de mi hermano Javier). ¡Se la veía tan hermosa! Nunca podré olvidar la imagen de aquel día. Fue de esos amores a primera vista. Reconozco que era muy joven pero me llegó a calar hondo, hasta el centro del corazón que me latía con fuerza al acercarse a mí. Era como contemplar la imagen de una actriz extranjera. Con el pelo de color castaño a la altura del hombro y su vestido celeste entallado a la cintura cubierto de flores blanquecinas. Recordaba a las actrices de películas americanas que ponían de cinco en cinco meses en el cine del pueblo. ¡Estaba bellísima!Sí, un catorce de octubre del año setenta y cinco dejé la soltería para convertirme en un hombre casado. De esta unión me nacieron tres varones fuertes y morenos como yo. ¡Qué orgulloso estaba de ellos!. A mi mujer siempre la he querido y mucho. Incluso en aquellas épocas en que decidía mantener algún que otro enredo ocasional, la seguía queriendo. ¿Por qué lo hacía si tanto la amaba y la adoraba? Supongo que por lo mismo que todos, porque soy un hombre y eso hacemos los hombres de vez en cuando. Pero mi mujer era mi punto de apoyo, mi norte, mi sur y mi centro. Mi amiga, mi madre, mi amante, mi todo. Eso no lo cambiaba nadie. Ella era la madre de mis hijos. Adelaida Martínez era la compañera perfecta. Siempre supe que había elegido a la persona correcta. Ella me hacía la vida tranquila, me daba seguridad y paz. Siempre supo como alentarme en los momentos de mayor intranquilidad. Era tan segura que asustaba. Nunca la preocupación le pudo y siempre mantuvo fiel la sonrisa en sus labios como si nada pudiese ser tan grave como para borrarle la alegría. Nada era lo suficientemente preocupante para ella. Todo tenía remedio. Nada era eterno. Era la paz personificada en cuerpo de mujer.En las noches de frío y de hambruna, recuerdo las primaveras supongo que como mecanismo de defensa ante el frío y como medida terapéutica para la mente.Es la estación del año que más me gusta. Siempre me llenaron las primaveras. Daba igual la caída de hojas del otoño, las nevadas blancas en invierno y el sol radiante en verano. La primavera era la estación idónea, todo se concentraba en primavera. Todo el campo se llenaba de flores silvestres, la luz cálida y la actividad que embargaba a la naturaleza me provocaban una sensación de felicidad inigualable. No había olvidado las primaveras, no había olvidado su olor. Tampoco sus colores. O la sensación que me inundaba cuando se acercaba desplegando su magia.En primavera adelantaba siempre mis vacaciones y viajábamos sin destino fijo. Solía llenar el coche de todo tipo de utensilios de supervivencia: linternas, brújulas, caseta de campaña, botiquín. Recogía a la familia y emprendía el viaje como si de una familia de exploradores se tratase y escribía después fantásticos relatos sobre lo que habíamos descubierto en grupo. Me ilusionaba descubrir algún nuevo territorio, virgen de humanidad pero lleno de vida natural. Eran épocas maravillosas o por lo menos así lo recuerdo yo. El recuerdo es mucho más dulce e intenso cuando ya se ha perdido la esperanza de revivirlo.Fue en esta misma estación, en primavera, cuando la conocí a ella. Era una primavera hermosa como no recuerdo haber vivido otra. Los árboles y prados se llenaron de verdor y los animales corrían por las laderas con una actividad vibrante. Hasta el azul del cielo era distinto a otros azules, más luminoso, más cálido y brillante.Por eso, en ocasiones, con la misma intensidad con que reviven en mí estas etapas me llega el sabor amargo que Lola me dejó en los labios.Desde niño había deseado todo aquello que poco a poco fui consiguiendo. Una buena mujer, hijos, casa, vacaciones en familia, paz hogareña, amigos fieles.Soy hombre de pocos amigos. Los puedo contar con los dedos de una de mis manos. Amigos de los de verdad. De los que siempre habían estado a mi lado, en momentos buenos y en otros no tan buenos, como cuando a mi hijo Rafael me lo atropelló un coche y casi me lo deja muerto en el asfalto. Eran buenos amigos, de los que se quiere tener cerca siempre. A los que se recuerda con total estima y a los que se pierde con dolor inmenso.Pero ahora ya no les podía pedir más. Había conseguido perderlos por mi insensatez. En realidad lo había perdido todo, a ellos y a todo lo demás.Tres años de caminar sin destino fijo. Tres años de deambular sin fin. Tres años de lucha conmigo mismo. Desde hacía tres años, mi vida se había reducido a un total sin vivir, a la aflicción más absoluta, a la soledad sin remedio. ¿Cómo he llegado a perder todo lo que en realidad me importaba por una mujer?.Aquella endemoniada mujer de la sala de baile “El Cisne Nocturno” me destrozó la vida. En mala hora la tuve que conocer. ¿Por qué me había tenido que tropezar con ella? ¿Por qué Dios tuvo que ponerla en mi camino?.Su voluptuoso cuerpo y sus carnosos labios rojos hicieron mella en mí desde la primera noche que la vi tras la barra de la sala de fiesta. Era inevitable fijarse en ella. Se me alborotaron las entrañas al verla. Su perfume, su risa, la suavidad de su voz. Todo en ella era exuberante. Su vestido rojo de terciopelo ceñido al cuerpo y aquellos tacones plateados de tacón de aguja. Su imagen se había marcado en mi alma como un tatuaje imposible de borrar. Y sus ojos. Sus ojos me atravesaron como una lanza. Ojos verdes penetrantes. Ojos de animal salvaje. Ojos que me aniquilaron sin remedio. Que me fundieron como se funde el vidrio con el calor intenso.Yo no podía siquiera imaginar que aquel día sería el principio del fin. Que aquel primer encuentro con Lola fue como abrir la vía de acceso a la destrucción.Tras la quinta visita, entre copas y miradas, entre risas y caricias, se desencadenó la historia de amor y de pasión entre los dos. Pasión que me absorbía sin medida y me anulaba por completo. Era superior a mis fuerzas. Cada segundo de cada hora lo dedicaba a pensar en ella. Cada día vivía para estar con ella. Cada fin de semana dejaba de disfrutar de mis hijos y de mi esposa para gozar con ella.Ni siquiera al llegar la primavera siguiente tuve fuerzas para alejarme de su lado. Mi centro, ahora, era ella. Mi aliento, mi vida, mi felicidad y mi desesperación eran “ella”.Al principio la frecuentaba dos noches por semana, normalmente sábados y domingos. Poco a poco y sin saber por qué las dos noches se transformaron en tres y luego en cuatro, hasta que esa única noche que pasaba sin verla sufría de una forma inhumana. Necesitaba amar a Lola antes de regresar al hogar, de ver la realidad abofeteándome la cara. Me asfixiaba el no sentirla cerca. Me dolía el pensarla sola. Mi existencia se reducía a Lola. Estar con Lola.Dos años de fuego desmedido y de amor descontrolado.Entre salidas nocturnas y viajes esporádicos de fin de semana siempre excusados por oportunas ferias de empresa. Dos años entre locuras de adolescente y amores vibrantes. Ella sabía lo que yo anhelaba, ella conocía mis deseos más ocultos, ella sacaba de mí lo más salvaje y a la vez, lo más humano. Ella sacaba de mí el verdadero sentimiento de amar a alguien de verdad y por primera vez.En las épocas de frío invernal nos refugiábamos en casitas rurales y nos amábamos con ternura y pasión. Con un amor que provocaba dolor en el corazón. Un amor que dañaba de tan fuerte, que gastaba de tan intenso. Un amor real y verdadero.Todos se enteraron pronto. Mis amigos me aconsejaron porque ya no era un romance pasajero, intentaron hacerme ver el tipo de mujer que era Lola. Mis hermanos me recriminaron y en el pueblo todos murmuraron.Mi mujer me advirtió sin palabras. Mis hijos sufrieron en silencio.Pero yo no quería entender. Yo era un nuevo Francisco. Mi mente estaba cerrada a todo tipo de entendimiento. El egoísmo por mantener esa pasión desmedida hacía imposible todo razonamiento. La vida se vivía solamente una vez. El dinero, como la vida, era para disfrutarlo. Disfrutarlos junto a Lola.Aquella noche de verano, sumergido en una mágica aureola de idolatría por Lola, me adelanté a la hora de la cita. Mala hora aquella.En el cuarto donde tantas otras veces había enamorado a aquella mujer ahora eran otras manos de varón las que disfrutaban de su cuerpo. Dos cuerpos que se revolvían bajo sábanas de seda negra. Fuego entre mi Lola y otro. Besos apasionados y caricias rápidas y desesperadas. Dos cuerpos rozándose con furia al son de gana desmedida.Aquella mujer por la que había descuidado todo lo que para mí, hasta conocerla, era sagrado, me engañaba ahora con otro. Aquella segunda vida por la que había perdido la primera se me fue al igual que vino.No peleé. No me enfrenté al destino. Ella ya no me quería como antes.La explicación fue breve: “mi amor no se ata con cadenas”, dijo. “Yo soy libre como la marea y siempre seré libre, le amo a él más de lo que te he amado a ti nunca, hazte a la idea de que he muerto para ti”.Lola había muerto para mí como ella bien decía. Su amor y su deseo habían muerto para mí. Y con ella mi propia alma había muerto también. Ya no era vida la mía. Lola por fin se me presentaba como decían que era. Lola no me quería como yo a ella. Fui su juego durante un tiempo, su entretenimiento y sus vacaciones pagadas. Fui su amigo de temporada, ella sólo esperaba que apareciera otro, me utilizó y me despidió destrozándome sin resquicio alguno de piedad o remordimiento. Ese día, el alcohol se convirtió en mi amante. ¿Cómo olvidarme de ella? ¿Cómo afrontar la pena que me llenaba sin remedio?El trabajo en la fábrica pronto lo dejé o más bien fue el trabajo quien me dejó a mí. La vida se me redujo a una copa de alcohol al despuntar el alba acompañada de otras tantas a lo largo del día hasta caer la noche. La familia se resintió poco después. Hubo peleas. Hubo rabia. Hubo ruptura. Todo se rompió en mil pedazos. A los amigos también, poco a poco, los perdí. Era difícil volver a ser quien era y mi nuevo yo me llevaba a la destrucción sin posibilidad de salvación. Poco después, tras varios meses de declive, la calle me recogió como se recoge a un hijo pródigo.Ahora vagabundeo de calle en calle, de barrio en barrio, de plaza en plaza, de ciudad en ciudad con mi nueva amante, la botella, bien asida a mi mano. Una amante que no te dejará jamás, si tú no quieres dejarla, y que te acompañará cada segundo de tu vida recordándote que ella vivirá por ti y para ti. Una amante que te hace olvidar. Y como te envuelve con su amor. Y como se apodera de ti. Como te llama durante las noches y como te despierta por las mañanas, pidiendo a gritos que seas suyo de nuevo. Una botella bien asida a la mano, esa es ahora mi amante.Como Lola vino se fue. Como me llenó me vació. Como me elevó me dejó caer.En este momento pienso en todo lo que dejé atrás y creo que he de volver. Mi cabeza y mi corazón me piden regresar. Creo que cuando coja fuerzas volveré, seguro. Fuerzas para enfrentar las consecuencias de mi desatino. En mi casa podrán perdonar, estoy seguro de ello. Mi mujer sabrá volver a quererme, ella siempre me quiso. Mis amigos, sabrán comprender y mis hijos, ¡por Dios, soy su padre!. Sé que me arrepiento con todo el alma. Sé que hice mal. ¡Si pudiera dar marcha atrás!. ¡Si me dieran otra oportunidad, sólo una más, la agarraría con fuerza!.El sueño me puede ahora. Estoy cansado y borracho. Tengo demasiado frío. Este banco está húmedo. Creo que cuando coja fuerzas, volveré. Sí, en cuanto duerma un poco me repondré y así lo haré.FinLLANTO DEL DORADO.Mª Teresa Aldaiño seguía sintiéndose feliz a pesar de todo. Que la vida no la hubiese tratado con excesiva generosidad no era razón suficiente para que no intentase, día tras día, soñar con una visión hermosa de todo aquello que su corazón deseaba.El que no hubiese podido tener descendencia lo aceptaba con total pasividad, llegando incluso a rozar la indiferencia más absoluta. Indiferencia que ninguna de sus amigas concebía.Criada en un entorno católico, bajo sones de coplas folclóricas de la época de postguerra y experta en quehaceres del hogar, Mª Teresa comprendía las réplicas de sus amigas. Pero la vida no le había tratado como ella esperaba y, su aparente indiferencia estaba en total contraposición con lo que en realidad su espíritu anhelaba.Si aquel desalmado de Eusebio no la hubiese dejado por ideales de grandeza, si no hubiese perseguido el tan deseado dorado venezolano hoy, quizás, hubiese tenido varios hijos. Quizás dos varones y una hembra. Quizás uno de los varones hubiese sido farmacéutico y quizás una de sus hijas se hubiese casado “bien”.Así lo hubiese querido ella. Pero a la vida no le había apetecido que disfrutara de compañía infantil a la que educar y en la que recrearse. “El Gran Dios”, como ella llamaba a aquel que la había despojado de lo que más deseaba, no lo había querido así.Tampoco quiso, según su parecer, que otro varón se fijara en ella.En realidad no era por falta de prestancia sino porque ella, desde que Eusebio se había inclinado más por el dinero que por el amor, había decidido no responder a las peticiones que se le hicieron. Un poco por esperarle, a “él”, a su “Eusebio”. Un poco por entender, que sus sentimientos no podían viajar como las maletas de un vagón a otro. Como si de brisas se trataran, deslizándose en un vuelo a ninguna parte, de una orilla a otra, hasta encontrar donde debilitarse y reposar. Sus sentimientos no podían ser tan fugaces.Ella estaba convencida de que “El Gran Dios” lo había estipulado de aquella manera, y como solía decir en voz alta: “No se mueve la hoja del árbol sin la voluntad de Dios”. Ésta era su manera de consolarse, su sistema de autodefensa y a la vez, mecanismo de resignación.Tampoco tuvo muy en cuenta el día en que su hermano Nicolás decidió quitarle la fortuna familiar y cederle, como si de un ama de cría a la que se recuerda con estima se tratase, el pisito cercano a la Plaza Isidora, tan poco confortable como minúsculo.Ella nunca lo hubiese pensado de su Nicolasín, pero tampoco fue algo que le doliera en extremo, como casi todas las cosas que le habían acontecido a lo largo de su vida. No sabía bien si su actitud provenía de la educación recibida o de su fuero interno. Era algo que Mª Teresa en contadas ocasiones había intentado dilucidar. Pero no era de esas personas que le dedican mucho tiempo a reflexiones, prefería entretenerse haciendo bordados en mantelerías baratas compradas en mercadillos de domingo o preparando galletas de canela para las visitas.De todas formas, en aquel pisito no se encontraba tan aislada y desamparada. Ella había hecho de aquel lugar, al igual que del resto de su vida, un refugio confortable en donde nada le estremecía y en donde todo era quietud.Tampoco su tristeza fue inconsolable al quedarse sin padres, ni al perder a su “Pichito”, el caniche que con tanto amor y dedicación había cuidado durante doce años.Su televisión y las tertulias de los miércoles con sus cuatro amigas de confianza: Aurora, Josefa, Micaela y Barbarita eran suficiente para llenar de entretenimiento su austera vida.La primera vez que le vio en la calle pensó que la pobreza debía ser algo verdaderamente triste.Aquel pobre hombre pasaba las horas en el banco de madera de la plaza Isidoro. Iba desaliñado y sucio pero su porte respondía a la estampa de un verdadero caballero.Día tras día lo veía al pasar camino del mercado y sentía una opresión en el pecho al pensar cuándo habría comido por última vez y dónde habría pasado la última noche y todas las noches anteriores a esa última. La vida de un pobre debía ser muy dura.En algunas ocasiones lo comentó a sus amigas y como tantas otras veces, fue un tema que quedó relegado a un segundo plano en las tertulias de los miércoles, no por insensibilidad colectiva sino por una carencia total de interés. Bastante tenían ellas con las críticas a los yernos y nueras y con las gracias de sus nietos, aderezado con algún que otro cotilleo local.Cuando el médico le comunicó su enfermedad, Mª Teresa lo aceptó como todo en su vida, con resignación. Ella había leído en revistas sobre el cáncer, sabía que significaba algo peor si esta palabra venía acompañada del apellido “terminal”. Por un instante pensó que, sin haber dado mal a nadie, su vida había sido un continuo padecer. Como si hubiese hecho algo imperdonable en otra vida y mereciera lo que le pasaba como castigo.Durante unos días se encerró en su pisito cercano a la plaza Isidoro. Canceló su encuentro del miércoles, justificando su ausencia por medio de un tan oportuno como inventado estado febril.Al cuarto día de encierro, Mª Teresa decidió cambiar el rumbo de las cosas.Que iba a morir lo sabía y además, según su oncólogo, era algo inevitable de aquí a cinco, seis meses a lo sumo. Que iba a escandalizar a sus amigas, era algo irremediable, como irremediable era que no le quedaban días para aceptar consejos ni reproches. Las cosas iban a cambiar al fin.Comenzó tratando al caballero de la esquina. Se había dado cuenta de cuanto lo había extrañado en los días de encierro voluntario. Necesitaba hablar con él, darle las comodidades que ella llevaba disfrutando durante años. Conocerle y aprender de él, ya que en realidad nunca había aprendido nada de nadie.Aquel hombre le daba paz. Aquel pobre diablo le proporcionaba sabiduría. Aquel mendigo era, como ella había supuesto, un auténtico caballero venido a menos. Aquel hombre le enseñó lo que significaba el amor en realidad. Le escribió poesías y la acompañó al cine. Le compró flores y le cantó boleros de Machín.Mª Teresa bailó y disfrutó. Conversó y preparó comidas para dos. Lo obsequió con su más sincero amor. Lo vistió y acicaló. Lo enamoró y lo fascinó.Mª Teresa convivió y compartió. Mª Teresa vivió y, al poco, murió.En su entierro todo el barrio estuvo presente. Las amigas lloraban y murmuraban sobre el amante mendigo de los últimos meses. El hermano Nicolasín, entre sollozos, hacía cálculos sobre las ganancias que la venta del pisito cercano a la plaza Isidoro le reportaría. En la sombra, su amado lloraba la pérdida. Su mendigo se lastimaba por haberla recuperado tan tarde. Su pobre y sucio caballero sufría en secreto su falta de coraje para darse a conocer. Su compañero de los últimos días revivía con su dolor el que sintió al abandonarla para viajar en busca de fortunas, en busca del enriquecimiento que nunca llegó. Su Eusebio la seguiría llorando en silencio hasta el día en que se encontraran de nuevo.Su Eusebio.Y es que, como reza en la lápida de Mª Teresa Aldaiño: “ASÍ LO QUISO EL GRAN DIOS”.FIN

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