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miércoles, agosto 17

ELVIS A LA DERIVA








(No puedes dejarme en este abismo donde no soy capaz de encontrarte. ¡No puedo vivir sin mi vida! ¡No puedo vivir sin mi alma!


Heathcliff. Cumbres borrascosas de Emily Brontë)






Un año y sigues estando en todas las cosas, en cada rincón, en cualquier sombra y en casi todas las luces menos en las de neón, esas nunca te gustaron, lo recuerdo bien. Pero sí que estás en las de tono amarillento que parecen pedir auxilio de tan débiles y tristonas y, también en las que se enroscan nuevas en las lámparas del dormitorio brillando de forma deslumbrante hasta amoldarse a la estructura matriz, formando un solo cuerpo como un día tú y yo lo hicimos. Y en las luces callejeras que tanto te maravillaba retratar siempre que las líneas de la luminaria llamaban tu atención. O en las que alumbran la entrada a viviendas o las de salidas de las salas de cine. Te gustaban las luces porque tú eras, y sigues siendo, la luz. La auténtica y única luz.



Debí darme cuenta antes. Desde que miraste distinto. Desde que hablaste distinto. Mucho antes. Y si me repito diciendo que no lo vi llegar, es porque siempre fui un cobarde. Un maldito cobarde que prefirió agarrarse a un fantasma en vez de mirar de frente al horror y a toda la vorágine de dolor que lo acompañaba, a esa espiral de engaños y miedos subyacentes. Ahora repaso los días como ladrillos de una edificación centenaria que se van derrumbando con calma pero sin pausa. El amor se esfumó y quedó en el aire la niebla mustia de ese sentimiento. Aunque no me lo dijeras nunca, hoy día soy muy consciente de que se evaporó igual que se evapora el agua en plena ebullición, perdiéndose y abandonando su cuerpo. Se te fue el amor del mismo modo que se disipa la oscuridad con la llegada de los rayos de sol. Y te fuiste un día, hace ya un año, para no regresar. Imagino que todo lo pensaste bien, perfectamente bien antes de recoger y marchar porque, te preocupaste y mucho de salir con tus bultos de una sola vez, evitando verme de nuevo y contemplar de frente a este temeroso desecho, al hombre lúgubre, débil y acongojado que dejabas herido de muerte.



Ya lo decía el refranero que tanto te gustaba emplear: "Claridades de la calle, oscuridades de las casas". Claridades de la calle porque afuera todo parecía ir bien, mejor que bien. Con la única excepción de que, en esta ocasión también era yo uno de esos extraños que no eran capaces de ver la oscuridad, la negritud que merodeaba nuestro hogar y nuestra vida.



Escuchando las letras de Elvis tú te convertías en melodía, en verdad. Antes adoraba a Elvis y a esas baladas melosas que acariciaban con cada nota, convirtiendo los minutos en Films en blanco y negro, en sonrisas perfectas y tupes brillantes.

“Love me tender…love me sweet…never let me go. You have made my life complete…and I love you so…”.



Es cierto. Antes me gustaba mucho Elvis. Y me pregunté un tiempo en qué parte de la melodía decidiste presionar el pause dejando el reproductor en silencio. ¿En el “sweet” que siempre te resultó empalagoso o en la parte en que te decía que te quería como a nada en el mundo? Era yo quien se suponía te suplicaba para que no me dejaras tomar una decisión equivocada. Era yo quien pensó siempre que algún día marcharía porque hasta que llegaste tú, mi vida circulaba en solitario y sin pretensión de compartir el trayecto con nadie.



Mejor solo que mal acompañado – decía continuamente madre y como bien apuntaba ella, cualquier pasión se convertiría al final en una mala compañía o en un pavoroso vacío. ¡Pero qué sabia madre!.



De ese terrible vacío sí que ando ahora sobrado. El vacío camina a sus anchas por en derredor abarcándolo todo.

“Love me tender…love me dear…tell me you are mine. I´ll be yours through all the years, till the end of time”. ¿Cómo diablos iba a esperar una despedida después de estas verdades entonadas para ti? Al final soy yo quien las grabó de por vida en la piel
“Till the end of time”. Mira que me gustaba Elvis.



Podrías haberte llamado de otra forma. Podría haber encontrado un nombre distinto. Una mujer diferente. Una sonrisa menos preciosa. Unos ojos menos aceitunos. Una mujer menos… una hembra menos “tú”. Podría haberme percatado de que esa forma tuya de mirar y esa manera tuya de desenvolverte ante el mundo, sólo podría traerme desolación porque arrollaste todo con tu paso por mi vida. Igual que llenaste de luz los espacios me sumiste en la más total oscuridad regalándome puras noches sin lunas, sin guía para volver a recalar y continuar. Un día, hace hoy un año, te soltaste la amarra y te vi apartarte con el movimiento acompasado de las mareas dejando el noray agrietado, lleno de herrumbre y envejecido, sin rescate. Y esa pieza resquebrajada soy yo.Sí. El amor se nos evaporó.



Ahora lloro y me asombra sobremanera que lograras hacerme llorar. Bien sabes que yo no lloraba, jamás lo hice. Era más de esos que llevan el manantial por dentro. No lloraba pero ahora lloro y en los últimos meses, creo que incluso más que al principio. He leído que se debe al duelo tardío y que es necesario para recomponer lo quebrado. He descubierto que llorar me alivia y así, por lo menos, pongo fuera todo ese espanto que quedó con tu partida. Lloro en público y también en privado. Lloro si miro tus fotos y cuando recuerdo tu voz. Lloro de madrugada cuando me despierta tu imagen y también mientras desayuno, si te imagino de pie, junto a mí. Lloro y lo hago sin frenos, expulsando la tristeza, desalojándote a ti de mí.

Definitivamente tenía que haber pensado en buscar una mujer con otro nombre. ¿Cómo puede alguien enamorarse de una mujer llamada "Alma" y no sentir pavor? ¿Cómo puede alguien pensar que enamorarse de "Alma" no conlleva el temor de perderla algún día y, de paso, perder la de uno, la propia? Porque llamarse "Alma" no es solo ser bautizada con ese nombre…es mucho más. Esas cuatro letras deberían llevar un prospecto con instrucciones de posología y efectos secundarios porque, después de su aparición, después de pronunciarlo, sentirlo, tenerlo, después de "Alma" todo germina y con su adiós todo se pudre. Y es que todo en esta vida tiene Alma, hasta la más mísera piedra de acantilado llena de musgo o páramo reseco de calor, hasta la huella de un perro en arena de playa, hasta el jarrón vacío que espera nuevo ramo o las hojas otoñales que piden ser retratadas. Todo tiene "Alma" y el "Alma" está en todo. También sigue en casa, en mí. Y siento aún la pena. Escribo y en cada letra siento aún la congoja porque, continuas viva en cada palabra y en cada frase que redacto y estás aunque no estés y, vives aunque estés muerta, vives. El "Alma" siempre está en lo que uno escribe y en lo que uno piensa y hasta en lo que uno respira. Seguirás viva y será así, presente, reinando, ahora y siempre.



Lloro y lo acepto o tal vez sea a la inversa, acepto y me resigno en llantos. El caso es que reconozco tu pérdida y con total entereza, sin resentimientos, sin críticas, ¿qué sacaría con ellas?.



Sólo hay una cosa que me duele y que te echaría en cara si pudiera. Solamente hay algo que me mortifica más que el vacío, que los lloros, que el abandono y la viudez sentimental. Algo que consigue revolverme las entrañas y que me deja un sabor a repugnancia y hartazgo. Puestos a recriminarte algo, mi querida y anhelada "Alma", te diría que lo más que me incomoda de toda esta historia no fue la forma en que partiste, ni siquiera la falta de forma o la inconsistencia de motivos para la ruptura. Se volatilizó el amor y ya. Lo que realmente me jode es que le haya perdido el gusto a Elvis, a su música, a su voz, al gran Elvis, al Rey, para que en su reemplazo resuenen en mi cabeza los acordes de la abominable canción del Perales, ¿Y QUIÉN ES ÉL?, entonada por ese tal Mark Anthony de telenovela. Eso sí que me ha dejado absolutamente descolocado y me pregunto, en cada ocasión que la caja de resonancia de mi cuerpo se empeña en tararearla, si debería despeñarme, tomarme algún que otro somnífero, cortarme las venas o quizás, dejármelas crecer para abrazar, algún día, algún otro amor.

Así que con aversión firme, con asco incluso y coreando casi a diario el: “¿y en qué lugarrrr se enamoró de tiiiiiii?” que se empeña en personarse, entrando y saliendo sin invitación previa, sobrevivo a la mayor y más dura de las tempestades posibles: la del buen gusto. Y mientras tanto y para mi desdicha, mi idolatrado, talentoso y estimado Elvis, sigue sin rumbo fijo y a la deriva. ¡HAY QUE JODERSE!





pEpA gLeZ

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