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martes, agosto 17

Porque así debe ser....



Hace unas semanas leí sobre la violencia de género, temática que ya se me empieza a antojar repetitiva por asimilarla como algo frecuente en este país. Un conocido experto en materia, analizaba de forma exhaustiva las entrañas del por qué de este comportamiento aberrante. El género masculino utiliza la fuerza bruta contra el género femenino. En ocasiones, las menos conocidas, el caso es a la inversa. Lo más increíble de todo es digerir una frase que solían repetirle al experto muchas de las mujeres que por días se convertían en sacos de boxeo de sus amantísimos compañeros de vida: “Mi marido me pega la normal”. Y a priori, sentí al leerlo un escalofrío por todo el cuerpo acompañado de un sentimiento de tristeza que me rondaba, de la cabeza a los pies, seguido de una enorme carcajada. Sí, de una carcajada que me brotó desde lo más profundo del estómago, mezcla de asco, rabia y humor negro que suele aparecerme siempre que alguna idea o imagen me sobrecoge y me supera. Pero principalmente, irritación. Coraje por todas esas mujeres y hombres que son objeto de agresión verbal y física, del miedo, de la pena, de la pérdida de autoestima, de avasallamiento por parte de otro ser, un enfermo/a incapaz de controlar su ira.

“Me pega lo normal”. Y el cuerpo se me corta como la leche cuajada por la naturalidad con que algunas personas reconocen, como habituales y corrientes, determinados actos vejatorios.

Primero una humillación en privado. Luego, otras en público. Más tarde, un grito seguido de movimientos violentos que amedrantan. Una cachetada o quizás, dos. Portazos y más gritos. Vajillas que se arrojan contra el suelo. Sillas que salen despedidas. Y otro grito más. Palabras mal sonantes. Insultos. Lindezas llenas de inquina desmembrando el interior del agredido/a. Más bofetadas acompañadas de golpes a puños, de patadas, de empujones, de sangre.

“Me pega lo normal”; “me grita lo habitual”; “me lastima lo de siempre”; “me insulta un poco”; “me rompe por dentro….lo corriente”.



No hace mucho presencié en un restaurante como una preciosa pareja, que no superaría la veintena, ocupaba una mesa íntima en una de las esquinas del comedor principal. Pensé que era una bellísima estampa y que tenían la dicha de su parte, profesándose amor y sintiéndose queridos. Compartiendo todas esas sensaciones que la juventud deja grabada en memoria para los restos. Comprobé que ella tenía la mirada más dulce que había tenido la suerte de conocer y que él, poseía el porte gentil de antigua figura caballeresca.

Los observaba embobada, quitándole importancia a la conversación de mi acompañante, sumida en recuerdos de otras cenas y de otros años. De pronto él se levantó gritándole mientras caminaba hacia la barra, del mismo modo en que se elevaba el tono en medio de una riña pero sin pelea que yo hubiera percibido, mientras los tenía delante.

Se inició sin pausa el segundo acto. Él gritó y ella quedó en silencio, con los ojos fijos en el plato vacío. Contemplando el ridículo que gravitaba en derredor. Llenando su mirada de lágrimas. Coloreando su tez de un sonrojo plagado de bochorno. Interiorizando aquella vergüenza que le bailaba sobre su cabeza. Y él vociferando como energúmeno. Atiborrando de violenta soledad el precioso y tierno grabado que perfilaban al elevarse el telón. Acuchillando, con su despotismo y ofuscación, todo el maravilloso pastel de boda que había estructurado en mi cerebro al vislumbrar la entrada de la “Adorable Couple” en el restaurante. Y marchó él hacia fuera, corrió ella en su busca, empujó él con fuerza, recibió el envite ella con temple, gritó él con más fuerza, lloró ella sin tregua, abofeteó él la mejilla sonrosada, suplicó ella al furioso y colérico enamorado.

Y ya dispuestos todos a contemplar el tercer y último acto de escena, uno de los dueños del local llamó a los guardianes del orden para frenar aquella violencia desmedida. Y aparecieron ellos, calmando al animal y socorriendo a la presa.

Creí que por fin se terminaba el sufrimiento de aquella pobre infeliz. Aquella pequeña y débil jovencita que recién empezaba a conocer el mundo y sus sinsabores. Me congratulé por el término de la espeluznante imagen de horror con la que tuve que compartir la apacible cena de amigos. Festejé que la cordura volviera a relucir por entre tanta sinrazón y de repente, me quedé helada porque la princesa auxiliada empujaba a la guardia. Ella gritaba en defensa de su agresor. Ella luchaba porque lo libertaran. Ella reclamaba, entre bruscos golpes, maldiciones y tacos, que dejaran en paz a su amor porque él la quería como nadie. Porque él jamás le habría hecho daño a propósito. Porque él tenía una de esas malas noches. Porque él sólo estaba un poco irritado por culpa de “Ella”. Porque en realidad era un santo varón y los golpes, los gritos, los empujones y el maltrato evidente no eran nada del otro mundo. Más aún, eran algo totalmente normal.

Y quedé muerta en mi asiento. Me sentí fría y dolorida, como si esos bofetones y esas voces me hubieran rozado en vez de a ella.

Me di cuenta de que sólo educando desde la cuna, desde la más tierna infancia, podríamos cambiar lo que está pasando. Solamente la educación podría modificar ese comportamiento sumiso y resignado. Únicamente la educación podría dar una vuelta de tuerca a las estructuras mentales, sociales, domésticas, grupales replanteando y devolviendo la sensatez al ser humano. Exclusivamente mediante la educación, ellas y ellos, reconocerían el primer insulto, el primer grito, la primera humillación y la primera bofetada como un atentado a su persona, a su alma, a su dignidad. Y ya por fin, nunca más tendríamos oportunidad de oír esa frase irracional que atenta contra el individuo de: “Me pegaba la normal”.

Y como si de una petición a instancias superiores se tratase, suplico que me concedan este petitorio y concluyan dictando firme pronunciamiento:

- QUE ASÍ SEA, PORQUE ASÍ DEBE SER Y ASÍ SERÁ -.



Pepa González

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