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viernes, mayo 20

PINCELADAS AGRIAS.




- Lo más importante siempre fue que no hubiese pliegue alguno en su espalda. El camisón debía estar bien liso y sin arrugas que pudieran incomodar a madre. Tenía que descansar y como mínimo, debía hacerlo sin incomodidades. Era lo primordial. Porque ella se había convertido desde hacía años en lo que más importancia tenía para mí. Lo demás podía sobrellevarse pero, había que evitar oírla gritar – así me narraba Carola, con tono melancólico, parte de su vida mientras yo la escuchaba atenta, en silencio, mirándola fijamente a los ojos para concentrarme en su atormentado relato y mostrarle que todo mi interés estaba con ella, exclusivamente con ella.



Yo había leído, hacía no mucho tiempo, el discurso de aceptación del Premio Cervantes escrito por la genial Ana Mª Matute. En él mencionaba a los amigos, familiares, conocidos o saludados haciendo referencia a unos términos que solía emplear su amigo Josep Pla. Y esas líneas concretas del escrito de agradecimiento me encantaron, por lo acertado de esta última alusión a los “saludados” porque, al mentarlos creaba una nueva categoría para mí, la de todos los que lejos de ser considerados amigos, conocidos de papá o de mamá, de hermanos o primos, constituían un subgrupo nuevo: aquellos a los que uno levanta la mano al verlos por eso de “nos suena su cara de algo” o quizás “lo encuentro a diario en el parking” . O aquellos otros que saludamos con un gesto casi involuntario de cabeza al verlos pasar cercanos porque “en algún sitio hemos hablado pero ni me acuerdo” o igual “me lo presentaron en algún momento de mi vida pero no lo ubico y…” La realidad es que tengo en mi vida muchos saludados, muchísimos. Y es algo que ni siquiera tenía en cuenta hasta leer a Matute. Bueno, más bien hasta descubrir la frase de Pla mediante la pluma de Matute.






Carola es, o más bien debería decir “era”, una saludada hasta no hace mucho. Saltándose a la torera todo el recorrido natural para pasar de ese status/categoría recién interiorizado y descubierto de “saludado” al siguiente, se convirtió en amiga sin premeditación y sin darnos apenas cuenta. Carola me es, hoy día, próxima. Más cercana que muchos de mis amigos de toda la vida. De un saludo diario a muchos otros; de una estación fría a otra calurosa; de un año al que le sigue y así, hasta pedir mi opinión sobre un tema nimio para luego solicitarme ayuda en la redacción de una carta bancaria y terminar sentándose en mi cocina, degustando bizcochón casero fabricado por estas manos y una exquisita taza de café Tirma con un asustado de leche tibia. Y la magia de esas pequeñas incursiones convertidas en amenas tertulias, transformó lo carente de contenido en retales de una existencia compartida, sin mayor intención por su parte que abrir en canal el alma para mostrarme entre sorbos, periodos y recuerdos de una vida, la suya.






Sonriente, afectuosa en las formas, inmensamente agradecida, algo tímida, reservada. Pasaron años hasta que sintiera la libertad suficiente para revelarme, como si me enseñara un álbum de viejas reliquias familiares, todo aquel arsenal que llevaba por dentro cual losetas de dura y pesada piedra que le hacían un poco más lastimoso el paso del reloj. Perra vida porque, ser la última de siete en una familia donde la carestía era lo diario y donde los porrazos de una madre ignorante y con mucho genio lo habitual, era llegar gafada a este mundo. Recibiría, según contaba, menos leña de la que se suponía le correspondía por timorata, menuda, atolondrada, simplona y muchos otros calificativos que su alterada madre tenía a bien prodigarle. Le tocaron menos palos gracias a las escasas intervenciones de un padre casi siempre ausente, que por aquello de que la niña se le pareciera en gestos, semblante y cansancio innato, le provocaba compasión y deseos de amparo a la chiquilla. Agradecía pues Carola a su padre que alcanzara menor cantidad de golpes de los que le tocaba en reparto.






Aún así, a pesar de cómo había sido su madre, Carola evitaría durante los últimos doce años que el pijama en la zona de la espalda le hiciera pliegues evitando llagas y morados. Desde que algún tipo de enfermedad aparejada a la senilidad devorara a su madre por dentro y por fuera, lo principal era que no tuviera arrugas. Que se sintiera fresca y limpia, aunque jamás le dijera aquella mujer enferma si el calor la abochornaba o el frío calaba sus huesos. Un día, su progenitora dejó de hablar, de estar, de mirarla porque plantó en sus ojos la lejanía, un infinito destierro en la retina aportando a aquella severa y anciana fémina cierta dulzura inusual. Carola se dedicó a cuidarla como si de uno de sus retoños se tratará. Durante doce años durmió arrinconada en la planta baja, con el marido y tres hijos, dejándole a su madre la única habitación de la antigua vivienda que tras la última división quedó reducida a un tercio de lo que fue. Lo demás, lo amplio, lo valioso y provechoso, para los hermanos y hermanas. El muerto o, mejor dicho, la difunta en vida, aquella madre clueca y mustia, para ella.





- Que no hubiese arrugas, madre nunca soportó una arruga – exclamaba Carola en medio de su atropellado testimonio.



La antigua saludada, ahora conocida - amiga, bebió hasta tres tacitas de café la tarde en que decidió desparramar su vida en mi cocina y, de aquella manera tan poco natural por inhabitual, me describió con detalles las desventuras de una historia de novela triste, colores de un cuadro lleno de pinceladas agrias, de trazos descoloridos, de lienzo mal acabado. Y habló sobre la cantidad de ocasiones en que su hermana mayor la despreció - más en público que en privado - reforzando el sufrimiento que padeció continuamente gracias a su madre; la temporada estival en que otra de sus hermanas, la quinta, la espabilada, la zorrita perspicaz, decidió tomarla por necia y robarle, haciéndole la cuenta de la pata, todos los ahorros que con tanto esfuerzo fue guardando para algún viaje improvisado a cualquier sitio fuera de su Huelva natal; las aventuras y desventuras de un hermano tarambana y trasto que andaba con toda ligera que se le acercara a romperle el corazón y, de paso, limpiarle el poco dinero que sacaba en el bar que regentaba con el amigo de la infancia. Un botarate falto de luces y de ánimo medroso como su querido padre, una presa fácil de todo el que quisiera burlarse de él; las mil y unas que su ex marido le fue haciendo entre tanto día gris, tanta borra arrugas y tanta limpia carnes de su madre porque aquel tipejo, lejos de ayudarla en sus quehaceres como buenísima hija, entregada madre y amantísima esposa, lejos de mirarla por dentro al mismo centro de su alma y amarla, protegerla, consolarla, lejos de convertirse en su soporte y en su columna para enfrentar esa vida desgraciada que le había tocado vivir, la ignoraba, mentía, gritaba, ultrajaba y engañaba con cualquiera que le regalara unas horas de sobajeo y copas. Ese pájaro que le tocó por marido, después de preñarla con dieciséis recién cumplidos, le colocó ornamenta sobre sus pocas entendederas estando aún en incipiente estado de gestación. Así que ya tuvo tiempo Carola de ir haciéndose a la idea de lo que se le venía de frente y con toda la malsana intención de arrollarla como un torbellino. Bebedor, jugador, mujeriego y marido. Magnífico y desolador escenario para una vida naufragada desde sus inicios. Y pagaría deudas del infrascrito. Pasaría vergüenzas por afrentas callejeras de las otras. Realizaría mil y un malabarismos para alimentar a los polluelos derramando infinidad de lágrimas gracias al desatino del casamiento. La ofuscación la llevaría a varios estados depresivos y, por causa de ese mal llamado amor verdadero al cónyuge, pensaría en algún momento quitarse de en medio y dejar viudo al esperpento y huérfanos a los nacidos que con tanto cariño había parido y acurrucado. Amor que hoy día sentía más enterrado que vivo y más muerto que en pie gracias a su Dios, que le concedía ya entrada en edad madura, este benévolo y celestial milagro del olvido sin desprecio. Hasta lástima decía sentir en su corazón ahora por el que tanto daño le entregó de forma gratuita.





Y atendió a su madre muchos años. Sufridos, pesados, cansinos, dolorosos años y, a la vez, llenos de ternura por aquella egoísta que tan ferozmente la trató. Porque si algo tenía bien claro la nueva conocida-amiga era que



- Una madre era una madre por mal bicho que hubiese sido… y a su madre, la de ella, la castigadora, la que le gritó de señorita, la que la insultaba en la pubertad haciéndola sentir poquita cosa, a esa, a su madre … ni una triste arruga que le dañara la espalda, ni una llaguita, ni un descuido, ni un morado porque… madre sólo hay una, la que te toca - .



Pepa González.







































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