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domingo, mayo 1

JULIOS EN PUNTARENAS




Yéndote dejaste grietas.

Marchándote creaste brumas.

Soltándote provocaste mermas.



¿Existirá algo más puro que este sentir punzante?




Sí, recordarte como esencia de una vida no vivida.

Como luz de una vela jamás encendida.

Como ligero hálito de una figura extinguida.




Resurge vida… o entiérrame junto a las ruinas de esta despedida.





Y repito una y otra vez estas líneas escritas después del último viaje a Puntarenas. No dejo de repasarlas y, con cada lectura silenciosa, el alma crea un nuevo nudo asfixiándome, haciéndose intensamente doliente.



Dobles vidas. Hablar de dobles vidas. Sólo el que las vive debería hablar sobre dobles vidas. Lo mismo da la forma en que uno diseñe sus días, de qué manera se logre subsistir o a qué se dediquen las horas diurnas o nocturnas. Para mentar las dobles vidas hay que vivirlas.



De regreso a casa la mirada se me ha quedado vacía, como en línea, carente de inicio y sin término. Desgastada y apolillada. Sin sentido. Y contemplo al pasaje del vuelo de retorno como en cámara lenta, descubriendo miradas como la mía: vacías. Rostros que no volveré a ver y de los que tampoco me acordaré mañana; olores que se me acercan y se apartan; voces cercanas y lejanas de desconocidos mientras me suenan por dentro esas líneas que escribí sollozando anoche. Y quedo inmóvil, como una figura esculpida en piedra, con ese pesar hiriente golpeándome con fuerza porque ya no te tengo. Ya nunca más te tengo.



Repaso como si fuera ayer la primera vez que te vi. Aquel momento en que tú me miraste y me encontraste, porque tu mirada me descubrió al mundo. Y siento escalofríos al pensar cuántos sentimientos se agolparon por dentro queriendo salir, de un solo golpe y a empujones, convirtiéndose en mi primer regalo para ti. Sé que puedes oírme. Siempre lo hiciste, aún en la distancia. Y confiada en que así es y ha sido durante largo tiempo te contestaré, una y mil veces, lo que tú ya sabes:


Yo soy suya, siempre y eternamente suya.

No me importó que confundieras. El pago de las copas y de la cena en el restaurante del hotel. La forma en que me tomaste con tanta confianza del brazo para llevarme contigo. El dinero en la mesa de noche junto a tu tarjeta invitándome a llamarte si alguna vez regresaba a Costa Rica. Ah! No me importó. Me extrañé al principio, después me provocó risa. Igual quise explicarte pero luego ya dio lo mismo. Comprendí que el encuentro lo había propiciado el destino y que favorecidos por la diosa fortuna debía tomarlo como lo que había sido, un bellísimo e intenso presente que con las horas se difuminaba y se transformaba en pretérito. Y lejos de tomarlo como un insulto reí con el equívoco, aceptando que quizás la manera en que me entregué sin miramientos, la pasión con la que te recibí en mi cama y el disfrute que compartimos, podían llevarte a ambigüedad. Jamás corregiría el error, no me importó.


Los siguientes cinco días los pasé recordándote, igual que lo haría una adolescente que en vano imagina escenas de novelas tiernas. Esperando que por azares de la vida, el perfume que habías coloreado sobre mi piel retornara. Y me marché de aquel país y de aquellas vacaciones organizadas para encontrarme a mí misma, hallándote.



¿De quién es usted? – preguntabas con ese extraordinario acento tuyo. Y yo contestaba extasiada intentando imitar la dulzura de aquel tono latino, sacándote una maravillosa sonrisa que embellecían aún más tu rostro y tu mirada: Suya. Por y para siempre suya. Perpetuamente e imperecederamente suya – dije la primera vez que lo preguntaste, igual que lo haría tantas otras veces.



Este vuelo de regreso es muy distinto a los anteriores. Fue una ida con vuelta letal. Estar aquí pero sintiéndome a tu lado, fuera de este momento y de este lugar. Hablándote, escuchándote. Porque si tú no estás yo no vivo; si tú no estás, yo no soy. Y ya no estás. Solamente queda una tristeza sorda y la carta, tu carta, la última y única misiva de tu puño y letra.



Enfermo - dijiste. Sentenciado. Más hacia allá que acá. Muriendo.

Y yo contigo, bien lo sabes tú. Antes tuya y viva. Ahora cadáver y más tuya que nunca.

Me querías – dijiste. Me esperabas – dijiste. Caducar conmigo – dijiste. Soñabas – dijiste.



Y no me diste la ocasión de decirte que yo también lo hacía contigo, siempre contigo. Desde el alba hasta el anochecer. Cada día, contigo. No supiste y no entendiste cada señal, cada vez que me entregué entre sábanas, cada noche que pasamos juntos. Algo dentro de mí se fundió contigo aquella primera vez. Tú y yo, para siempre. Tarde. Mucho tiempo esperando escucharlo y ahora era tarde. Ahora, soy y eres cadáver. Muerte y silencio con sabores a dolor, a penas. Once años y hoy en día, la más absoluta y nociva soledad. Once años cada julio, contigo, los dos, el sobre con dinero, tu tarjeta invitando a un futuro encuentro, nuestros ojos mirándose hacia dentro, leyéndonos. Esos ojos que me borraron el alma. Y no te corregí la equivocación. No quise cambiar el escenario de tan magnífica escena. Cada julio, una misiva confirmándote mi llegada. Cada principio de julio un único y vital encuentro, un universo concentrado en horas. En cada temporada estival la pasión se me inyectaba en venas, dándole a mi cuerpo suficiente aplomo como para esperar otro julio. Tú, mi doble vida. El que apareció por casualidad para tatuarme las dos caras de mi vida. Una real, otra perseguida.


¿De quién soy?

Suya. Suya. Suya. Únicamente suya. Cuerpo y alma. Alegría suya. Entrega suya. Infinitamente, invariablemente. En vida suya. Ahora, mortecina, suya.



PEPA GONZÁLEZ



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