lunes, junio 14


Gertrude Käsebier

(Nacida en 1852 en Moines, Iowa, fallecida a los 82 años en Nueva York)
Fue una fotógrafa americana de gran influencia durante el Siglo XX. Es conocida por sus emotivas imágenes sobre la maternidad, sus magníficos retratos y su promoción de la fotografía como una carrera para la mujer.
Obtuvo éxito con sus retratos y en 1898 se le dedicó una exposición en el New Yorker Camera Club. Realizó retratos de los componentes indígenas del circo "El salvaje oeste de Buffalo Bill"; su fotografía titulada "El nacimiento" se vendió en 1899 por 100 dólares, siendo éste el mayor precio que hasta el momento se hubiera pagado por una fotografía artística.
En 1902 Stieglitz incluyó a Käsebier como miembro fundador en el grupo PHOTO.SECESSION. Contribuyó en la fundación de Pictorial Photographers of America .



domingo, junio 13

Masters of Photography - Julia Margaret Cameron



Julia M. Cameron nacida en India, educada en Francia  y casada en Inglaterra desarrolló su arte fotográfico, a partir de los cuarenta y ocho años en la isla de Wight entre poetas, artistas y científicos de la época victoriana. Su hermana la regaló una cámara para paliar la soledad por la ausencia de su marido. Desde ese instante, se dedicó plenamente a la fotografía. Transformó y adaptó una carbonera de la casa en un improvisado laboratorio y un cuarto de niños en su estudio y se dedicó a realizar fotografías, retratos en su inmensa mayoría, de sus familiares, amigos, criados... obligándoles en muchas ocasiones a posar largos períodos de tiempo debido a las investigaciones que llevaba a cabo con la luz y las placas.
Tuvo una gran inspiración en pintores románticos de la época para realizar sus alegorías, muchas de ellas de ámbito religioso, que causaron gran admiración.
Margaret Cameron fue la primera gran retratista e inspiradora de otros muchos grandes de la Fotografía.


http://www.youtube.com/watch?v=VqnVLwRagbs

miércoles, junio 9

VACÍO


















Escuché decir a alguien hace un tiempo, tras una de esas etapas vitales que desgastan piel y aliento, que se había quedado hueco. Y utilizó este adjetivo no como sinónimo de vanidad o pedantería, lo empleó para transmitirme sensación de vacío. Le había inundado la nada por dentro. Carestía de sentimientos. Inexistencia de sensaciones. La desaparición total de colores. Hueco. Y lo decía de una forma tal que convencía al pronunciar de manera tajante esas cinco letras. A él le gustaba ese término porque cada letra, en sí misma, encerraba su propio significado: H / Hombre, U / Universo, E / Elemento, C / Conciencia, O / Oscuridad. Y haciendo un peculiar juego de palabras para darle sentido a esas acepciones decía sentirse un hombre-elemento, ahogado en su universo, luchando incansablemente contra la conciencia que lo abocaba sin remisión hacia la gran oscuridad.
Hueco y por descontado, también seco. Seco en su interior. Las lágrimas le habían dejado la cara interior del cascarón de huesos, órganos y piel como tierra reseca y agrietada. No sentía ni padecía. Ausencia. Sin notas musicales, sin letras bailando en su mente al cerrar los ojos, sin ideales. Seco como las hierbas en páramos montañosos. Sin vida.

Y mientras le escuchaba intenté imaginar cómo sería estar ahuecado por dentro. Debía ser como escuchar un incesante eco cabalgando entre las extremidades. De arriba abajo. De izquierda a derecha. De costado a costado. Sonidos de vientos entre ramas de árboles. Ráfagas sobre aguas de ríos. Dibujos silentes. Eso era. Como pases de películas de cine mudo. Él hablaba y yo percibía lágrimas de Chaplin, muecas de tristeza de Buster Keaton o aquel inmenso reloj con Harold Lloyd aferrado a una de sus manillas cercado por el pánico. Estar hueco y seco tenía que ser en blanco y negro. Aunque se le pudiera dar matices cromáticos yo apostaba por el Black and White. Así los contrastes de la pena serían más reforzados. Más duros. Las cicatrices dolerían punzantes y, el recuerdo, sería infinitamente más dañino y permanente. El color, sin lugar a dudas, le quitaría dramatismo al vacío.

Recuerdo que repetía el término como quien suplica y reza al mismo tiempo: “Hueco, Hueco, Hueco”. Y de pronto, me venían a la cabeza los tubos de servilletas gastados, los palos de chupachups mordisqueados y las cañitas para sorber refrescos. Oquedad y simpleza. Un cuerpo perforado con socavones sin finalidad alguna. Lleno de zanjas, de pozos hondos en donde se irían introduciendo distintas historias pasadas, afectos, amores y odios, vivencias. Todas nuestras evocaciones entrando a ocupar su lugar espacial para que el vacío siguiera desplazándose sin estorbos. Años, meses, semanas y días consumidos por el ahuecamiento.

Sequedad. Durezas y asperezas. Nada podía destilar lisura. Las grietas y costras andarían por doquier. Dentro. Como lijas hirientes. Raspones pegados a las paredes dañando todo lo que se atreva a acercarse. Púas. Pinchos de cactus impidiendo proximidades. Marchito. Estar seco debía ser como morir pero estando vivo. Porque él seguía vivo y ante los demás era un hombre alegre, incluso feliz. Excelente máscara y disfraz para esconder el mayor de los secretos: árbol hueco y río seco. En eso se había convertido tras el paso de su gran amor.

Y mientras él hablaba, yo preferí callar. Escucharlo enmudecida. Dejar que aflorara todo ese dolor que tal vez al compartirlo, al dejarlo escapar con libertad, fuese menos intenso.

Quizás, simplemente abandonándose y escupiéndolo hacia afuera, la molestia cesaría. A lo mejor era la única forma de terapia que creía válida para proseguir. Dejando que parte de esa amargura saliera y se liberase.

Inmersa en esa catarsis ajena de sufrimiento me preguntaba, a mí misma, si valía la pena enamorarse de aquel modo ¿Amar tanto a alguien no debería traer aparejada siempre contraprestación, reciprocidad? ¿Es necesario llegar a ese estado de mortandad por entregarse tanto a otro ser? ¿No se supone que el amor te llena, te conquista, te aporta?

Antes de amar, antes de dedicarnos en cuerpo y alma a otro, antes de dejar que tus respiraciones dependan de las de otro cuerpo, debemos adorarnos a nosotros mismos. Para entregarnos a alguien primero debemos entregarnos a cada uno de nosotros. La caridad bien entendida empieza por uno mismo.

De esta forma el amor nos puede llenar y vaciar, nos puede alegrar y entristecer, nos puede hacer caminar y hasta dejar inmóviles pero jamás nos dejará huecos y menos aún, secos.

Pepa González.

martes, junio 1

FOTOS DE LA EXPOSICIÓN "SUEÑO Y CONCIENCIA" DEL ARTISTA CONEJERO TANAUSÚ RIVERO

Los secretos no deberían salir nunca de adentro. Los verdaderos, los que uno guarda con celo, las historias más íntimas donde mejor están es en el interior. Que cada cual se confiese con su propia conciencia. Que cada quien se lamente en sueños. Las líneas que pueden marcar un antes y un después en las trayectorias vitales, mejor bajo candados o sujetas por nudos de dos vueltas. Las voces que estropean lo que nos resulta valioso están mejor en cofres.
Y cuando la conciencia, insultante y arrogante, nos clama para que se escupan afuera lo íntimo… mejor callarla, silenciarla, hacer que retorne a su habitación de oscuridad y mutismo porque los misterios de uno, aquellas pinceladas que al mentarlas hieren, están mejor por dentro. Siempre adentro.

Pepa González






lunes, mayo 31

Agradecimiento al Maestro - Fotógrafo Rubén Acosta.

Tras los cursos de iluminación, paisaje y retratos, nuestro Maestro RUBÉN ACOSTA elaboró un VIDEO muestra de lo que allí pudimos descubrir gracias a su talento y sus magníficas dotes como docente. Mi agradecimiento a este fenomenal profesional de la fotografía, por todos y cada uno de los trucos que nos reveló y por toda la información que supo transmitirnos.

http://www.youtube.com/watch?v=nDFaSFFKUdM

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