martes, mayo 31

DÍA DE CANARIAS 30.MAYO.2011

Día de Canarias
30.05.2011
Solajera, Drago, Banderitas isleñas, Buen Vino, ¿Se puede pedir algo más?

NO.











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Vistiendo con letras la foto de Sestayo.

Hace unos días, mi querido amigo el fabuloso fotógrafo gallego afincado en Lanzarote, Tomás Sestayo, pedía mi cooperación para adornar con letras una extraordinaria instantánea, una auténtica Obra de Arte - con mayúsculas - tomada en la playa de Famara en Lanzarote. Su única condición era que plasmara en pocas líneas la personal visión que tiene de este paraíso conejero. Y así me dijo:

- Si Lanzarote fuese un hogar, Famara sería ese salón acogedor y cómodo que invita a quedarte, a tomar asiento, a dejar pasar las horas rodeado de belleza.

La finalidad de esta petición era que le publicaran su fotografía en una conocida revista de Arte "NU2" y lo ha logrado. Felicidades Sestayo por tu logro y gracias por hacerme partícipe y compartir contigo la alegría.
Pepa Glez.





Sueño. Descalzos. Sueño



Arena fina y marea clara.


Límpidas aguas de una costa abrazada.


Montículos de eternidad que acompañan brumas.


Sueño. Baños. Sueño






Susurros de vida que se acercan y se alejan en danza.


Famara.


Donde las almas se hallan. Famara.


Recóndito paraíso de espumas y brisas.


Soplos de salitre. Recogimiento.


Famara. Salón de esta casa.






Cristalino Olimpo que amarras con garra.


Bella estancia, delicia que embarga.


Salón de ésta, su isla, su casa.


Sueño. Famara. Sueño y morada...




[Para ampliar imagen hacer click]



sábado, mayo 28


EXPOSICIÓN EN BODEGA STRATVS
30 MAYO 2011

DÍA DE CANARIAS







Un día lleno de nuevas sensaciones en Bodega Stratvs: Jornada de puertas abiertas, Expo de fotografías - con aires isleños - de pEpA gLeZ, Visitas guiadas a las instalaciones de la mayor Bodega de Canarias líder nacional en innovación tecnológica, Muestras de Songbirds, Elaboración productos típicos y mucho más...


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viernes, mayo 20

PINCELADAS AGRIAS.




- Lo más importante siempre fue que no hubiese pliegue alguno en su espalda. El camisón debía estar bien liso y sin arrugas que pudieran incomodar a madre. Tenía que descansar y como mínimo, debía hacerlo sin incomodidades. Era lo primordial. Porque ella se había convertido desde hacía años en lo que más importancia tenía para mí. Lo demás podía sobrellevarse pero, había que evitar oírla gritar – así me narraba Carola, con tono melancólico, parte de su vida mientras yo la escuchaba atenta, en silencio, mirándola fijamente a los ojos para concentrarme en su atormentado relato y mostrarle que todo mi interés estaba con ella, exclusivamente con ella.



Yo había leído, hacía no mucho tiempo, el discurso de aceptación del Premio Cervantes escrito por la genial Ana Mª Matute. En él mencionaba a los amigos, familiares, conocidos o saludados haciendo referencia a unos términos que solía emplear su amigo Josep Pla. Y esas líneas concretas del escrito de agradecimiento me encantaron, por lo acertado de esta última alusión a los “saludados” porque, al mentarlos creaba una nueva categoría para mí, la de todos los que lejos de ser considerados amigos, conocidos de papá o de mamá, de hermanos o primos, constituían un subgrupo nuevo: aquellos a los que uno levanta la mano al verlos por eso de “nos suena su cara de algo” o quizás “lo encuentro a diario en el parking” . O aquellos otros que saludamos con un gesto casi involuntario de cabeza al verlos pasar cercanos porque “en algún sitio hemos hablado pero ni me acuerdo” o igual “me lo presentaron en algún momento de mi vida pero no lo ubico y…” La realidad es que tengo en mi vida muchos saludados, muchísimos. Y es algo que ni siquiera tenía en cuenta hasta leer a Matute. Bueno, más bien hasta descubrir la frase de Pla mediante la pluma de Matute.






Carola es, o más bien debería decir “era”, una saludada hasta no hace mucho. Saltándose a la torera todo el recorrido natural para pasar de ese status/categoría recién interiorizado y descubierto de “saludado” al siguiente, se convirtió en amiga sin premeditación y sin darnos apenas cuenta. Carola me es, hoy día, próxima. Más cercana que muchos de mis amigos de toda la vida. De un saludo diario a muchos otros; de una estación fría a otra calurosa; de un año al que le sigue y así, hasta pedir mi opinión sobre un tema nimio para luego solicitarme ayuda en la redacción de una carta bancaria y terminar sentándose en mi cocina, degustando bizcochón casero fabricado por estas manos y una exquisita taza de café Tirma con un asustado de leche tibia. Y la magia de esas pequeñas incursiones convertidas en amenas tertulias, transformó lo carente de contenido en retales de una existencia compartida, sin mayor intención por su parte que abrir en canal el alma para mostrarme entre sorbos, periodos y recuerdos de una vida, la suya.






Sonriente, afectuosa en las formas, inmensamente agradecida, algo tímida, reservada. Pasaron años hasta que sintiera la libertad suficiente para revelarme, como si me enseñara un álbum de viejas reliquias familiares, todo aquel arsenal que llevaba por dentro cual losetas de dura y pesada piedra que le hacían un poco más lastimoso el paso del reloj. Perra vida porque, ser la última de siete en una familia donde la carestía era lo diario y donde los porrazos de una madre ignorante y con mucho genio lo habitual, era llegar gafada a este mundo. Recibiría, según contaba, menos leña de la que se suponía le correspondía por timorata, menuda, atolondrada, simplona y muchos otros calificativos que su alterada madre tenía a bien prodigarle. Le tocaron menos palos gracias a las escasas intervenciones de un padre casi siempre ausente, que por aquello de que la niña se le pareciera en gestos, semblante y cansancio innato, le provocaba compasión y deseos de amparo a la chiquilla. Agradecía pues Carola a su padre que alcanzara menor cantidad de golpes de los que le tocaba en reparto.






Aún así, a pesar de cómo había sido su madre, Carola evitaría durante los últimos doce años que el pijama en la zona de la espalda le hiciera pliegues evitando llagas y morados. Desde que algún tipo de enfermedad aparejada a la senilidad devorara a su madre por dentro y por fuera, lo principal era que no tuviera arrugas. Que se sintiera fresca y limpia, aunque jamás le dijera aquella mujer enferma si el calor la abochornaba o el frío calaba sus huesos. Un día, su progenitora dejó de hablar, de estar, de mirarla porque plantó en sus ojos la lejanía, un infinito destierro en la retina aportando a aquella severa y anciana fémina cierta dulzura inusual. Carola se dedicó a cuidarla como si de uno de sus retoños se tratará. Durante doce años durmió arrinconada en la planta baja, con el marido y tres hijos, dejándole a su madre la única habitación de la antigua vivienda que tras la última división quedó reducida a un tercio de lo que fue. Lo demás, lo amplio, lo valioso y provechoso, para los hermanos y hermanas. El muerto o, mejor dicho, la difunta en vida, aquella madre clueca y mustia, para ella.





- Que no hubiese arrugas, madre nunca soportó una arruga – exclamaba Carola en medio de su atropellado testimonio.



La antigua saludada, ahora conocida - amiga, bebió hasta tres tacitas de café la tarde en que decidió desparramar su vida en mi cocina y, de aquella manera tan poco natural por inhabitual, me describió con detalles las desventuras de una historia de novela triste, colores de un cuadro lleno de pinceladas agrias, de trazos descoloridos, de lienzo mal acabado. Y habló sobre la cantidad de ocasiones en que su hermana mayor la despreció - más en público que en privado - reforzando el sufrimiento que padeció continuamente gracias a su madre; la temporada estival en que otra de sus hermanas, la quinta, la espabilada, la zorrita perspicaz, decidió tomarla por necia y robarle, haciéndole la cuenta de la pata, todos los ahorros que con tanto esfuerzo fue guardando para algún viaje improvisado a cualquier sitio fuera de su Huelva natal; las aventuras y desventuras de un hermano tarambana y trasto que andaba con toda ligera que se le acercara a romperle el corazón y, de paso, limpiarle el poco dinero que sacaba en el bar que regentaba con el amigo de la infancia. Un botarate falto de luces y de ánimo medroso como su querido padre, una presa fácil de todo el que quisiera burlarse de él; las mil y unas que su ex marido le fue haciendo entre tanto día gris, tanta borra arrugas y tanta limpia carnes de su madre porque aquel tipejo, lejos de ayudarla en sus quehaceres como buenísima hija, entregada madre y amantísima esposa, lejos de mirarla por dentro al mismo centro de su alma y amarla, protegerla, consolarla, lejos de convertirse en su soporte y en su columna para enfrentar esa vida desgraciada que le había tocado vivir, la ignoraba, mentía, gritaba, ultrajaba y engañaba con cualquiera que le regalara unas horas de sobajeo y copas. Ese pájaro que le tocó por marido, después de preñarla con dieciséis recién cumplidos, le colocó ornamenta sobre sus pocas entendederas estando aún en incipiente estado de gestación. Así que ya tuvo tiempo Carola de ir haciéndose a la idea de lo que se le venía de frente y con toda la malsana intención de arrollarla como un torbellino. Bebedor, jugador, mujeriego y marido. Magnífico y desolador escenario para una vida naufragada desde sus inicios. Y pagaría deudas del infrascrito. Pasaría vergüenzas por afrentas callejeras de las otras. Realizaría mil y un malabarismos para alimentar a los polluelos derramando infinidad de lágrimas gracias al desatino del casamiento. La ofuscación la llevaría a varios estados depresivos y, por causa de ese mal llamado amor verdadero al cónyuge, pensaría en algún momento quitarse de en medio y dejar viudo al esperpento y huérfanos a los nacidos que con tanto cariño había parido y acurrucado. Amor que hoy día sentía más enterrado que vivo y más muerto que en pie gracias a su Dios, que le concedía ya entrada en edad madura, este benévolo y celestial milagro del olvido sin desprecio. Hasta lástima decía sentir en su corazón ahora por el que tanto daño le entregó de forma gratuita.





Y atendió a su madre muchos años. Sufridos, pesados, cansinos, dolorosos años y, a la vez, llenos de ternura por aquella egoísta que tan ferozmente la trató. Porque si algo tenía bien claro la nueva conocida-amiga era que



- Una madre era una madre por mal bicho que hubiese sido… y a su madre, la de ella, la castigadora, la que le gritó de señorita, la que la insultaba en la pubertad haciéndola sentir poquita cosa, a esa, a su madre … ni una triste arruga que le dañara la espalda, ni una llaguita, ni un descuido, ni un morado porque… madre sólo hay una, la que te toca - .



Pepa González.







































domingo, mayo 1

JULIOS EN PUNTARENAS




Yéndote dejaste grietas.

Marchándote creaste brumas.

Soltándote provocaste mermas.



¿Existirá algo más puro que este sentir punzante?




Sí, recordarte como esencia de una vida no vivida.

Como luz de una vela jamás encendida.

Como ligero hálito de una figura extinguida.




Resurge vida… o entiérrame junto a las ruinas de esta despedida.





Y repito una y otra vez estas líneas escritas después del último viaje a Puntarenas. No dejo de repasarlas y, con cada lectura silenciosa, el alma crea un nuevo nudo asfixiándome, haciéndose intensamente doliente.



Dobles vidas. Hablar de dobles vidas. Sólo el que las vive debería hablar sobre dobles vidas. Lo mismo da la forma en que uno diseñe sus días, de qué manera se logre subsistir o a qué se dediquen las horas diurnas o nocturnas. Para mentar las dobles vidas hay que vivirlas.



De regreso a casa la mirada se me ha quedado vacía, como en línea, carente de inicio y sin término. Desgastada y apolillada. Sin sentido. Y contemplo al pasaje del vuelo de retorno como en cámara lenta, descubriendo miradas como la mía: vacías. Rostros que no volveré a ver y de los que tampoco me acordaré mañana; olores que se me acercan y se apartan; voces cercanas y lejanas de desconocidos mientras me suenan por dentro esas líneas que escribí sollozando anoche. Y quedo inmóvil, como una figura esculpida en piedra, con ese pesar hiriente golpeándome con fuerza porque ya no te tengo. Ya nunca más te tengo.



Repaso como si fuera ayer la primera vez que te vi. Aquel momento en que tú me miraste y me encontraste, porque tu mirada me descubrió al mundo. Y siento escalofríos al pensar cuántos sentimientos se agolparon por dentro queriendo salir, de un solo golpe y a empujones, convirtiéndose en mi primer regalo para ti. Sé que puedes oírme. Siempre lo hiciste, aún en la distancia. Y confiada en que así es y ha sido durante largo tiempo te contestaré, una y mil veces, lo que tú ya sabes:


Yo soy suya, siempre y eternamente suya.

No me importó que confundieras. El pago de las copas y de la cena en el restaurante del hotel. La forma en que me tomaste con tanta confianza del brazo para llevarme contigo. El dinero en la mesa de noche junto a tu tarjeta invitándome a llamarte si alguna vez regresaba a Costa Rica. Ah! No me importó. Me extrañé al principio, después me provocó risa. Igual quise explicarte pero luego ya dio lo mismo. Comprendí que el encuentro lo había propiciado el destino y que favorecidos por la diosa fortuna debía tomarlo como lo que había sido, un bellísimo e intenso presente que con las horas se difuminaba y se transformaba en pretérito. Y lejos de tomarlo como un insulto reí con el equívoco, aceptando que quizás la manera en que me entregué sin miramientos, la pasión con la que te recibí en mi cama y el disfrute que compartimos, podían llevarte a ambigüedad. Jamás corregiría el error, no me importó.


Los siguientes cinco días los pasé recordándote, igual que lo haría una adolescente que en vano imagina escenas de novelas tiernas. Esperando que por azares de la vida, el perfume que habías coloreado sobre mi piel retornara. Y me marché de aquel país y de aquellas vacaciones organizadas para encontrarme a mí misma, hallándote.



¿De quién es usted? – preguntabas con ese extraordinario acento tuyo. Y yo contestaba extasiada intentando imitar la dulzura de aquel tono latino, sacándote una maravillosa sonrisa que embellecían aún más tu rostro y tu mirada: Suya. Por y para siempre suya. Perpetuamente e imperecederamente suya – dije la primera vez que lo preguntaste, igual que lo haría tantas otras veces.



Este vuelo de regreso es muy distinto a los anteriores. Fue una ida con vuelta letal. Estar aquí pero sintiéndome a tu lado, fuera de este momento y de este lugar. Hablándote, escuchándote. Porque si tú no estás yo no vivo; si tú no estás, yo no soy. Y ya no estás. Solamente queda una tristeza sorda y la carta, tu carta, la última y única misiva de tu puño y letra.



Enfermo - dijiste. Sentenciado. Más hacia allá que acá. Muriendo.

Y yo contigo, bien lo sabes tú. Antes tuya y viva. Ahora cadáver y más tuya que nunca.

Me querías – dijiste. Me esperabas – dijiste. Caducar conmigo – dijiste. Soñabas – dijiste.



Y no me diste la ocasión de decirte que yo también lo hacía contigo, siempre contigo. Desde el alba hasta el anochecer. Cada día, contigo. No supiste y no entendiste cada señal, cada vez que me entregué entre sábanas, cada noche que pasamos juntos. Algo dentro de mí se fundió contigo aquella primera vez. Tú y yo, para siempre. Tarde. Mucho tiempo esperando escucharlo y ahora era tarde. Ahora, soy y eres cadáver. Muerte y silencio con sabores a dolor, a penas. Once años y hoy en día, la más absoluta y nociva soledad. Once años cada julio, contigo, los dos, el sobre con dinero, tu tarjeta invitando a un futuro encuentro, nuestros ojos mirándose hacia dentro, leyéndonos. Esos ojos que me borraron el alma. Y no te corregí la equivocación. No quise cambiar el escenario de tan magnífica escena. Cada julio, una misiva confirmándote mi llegada. Cada principio de julio un único y vital encuentro, un universo concentrado en horas. En cada temporada estival la pasión se me inyectaba en venas, dándole a mi cuerpo suficiente aplomo como para esperar otro julio. Tú, mi doble vida. El que apareció por casualidad para tatuarme las dos caras de mi vida. Una real, otra perseguida.


¿De quién soy?

Suya. Suya. Suya. Únicamente suya. Cuerpo y alma. Alegría suya. Entrega suya. Infinitamente, invariablemente. En vida suya. Ahora, mortecina, suya.



PEPA GONZÁLEZ



viernes, abril 22

Sobre los atuendos negros y los amaneceres de mi tía Aurora.


Decía mi tía Aurora que nunca deseó casarse. La libertad le era tan necesaria como ver amaneceres desde su ventanal así que cualquier atisbo de obstaculizarla se convertía en un brutal revulsivo. Decía que los hombres, con alguna que otra excepción entre los que mentaba a mi padre, no estaban capacitados para hacerla feliz en la medida que ella necesitaba. También había excluido que pudiera ser una mujer la panacea a su soledad porque, si descartaba a los hombres por “incapaces” a las mujeres las tildaba de “insufribles”. La tía Aurora no odiaba al género humano, según ella era el género humano el que había decido odiarla a ella. Nunca solicitó nada que no creyese le perteneciera por naturaleza y, no sabía bien si por fortuna o por desgracia, tampoco se cruzó con quien quisiera quererla sin contraprestaciones. No conoció a su madre, su padre en la vida le dedicó tiempo, sus tías se limitaban a dirigir su educación y sus niñeras, aquellas horribles guardesas, la aseaban y le administraban con rigor estrictas medidas correctoras. Únicamente, la ternura que le proporcionaba su hermano pequeño - mi padre - le traía recuerdos de días de risas y luces cálidas justo en las primeras horas diurnas, con el crepúsculo matutino.

A pesar de no querer hacerlo, la tía Aurora se había casado en dos ocasiones. La primera con un primo lejano que conoció un verano de vacaciones en el norte. Se llamaba Agustín. Nada del otro mundo, sólo un buen muchacho y poco más. El hijo de un hermano de su padre algunos años mayor que ella. Con un oficio bien estable en una correduría de seguros. Ni muy vivo ni muy muerto. Simplemente un hombre que se fijó en ella y que desde la trastienda, orquestó un matrimonio que a la tía Aurora le fue notificado con la llegada del otoño. En la misma época en que le llegaron los dulces de las monjitas de clausura a casa de su padre, justo al inicio de las fiestas de Santa Ermerinda.

A tu madre le hubiese gustado, estaría muy feliz por ti – le dijo su padre para darle la motivación que evidentemente le era ausente.

Y contrajo nupcias con el joven Agustín descubriendo los misterios de alcoba, con más frío que calor en sus carnes. Disfrutando a veces y dejando hacer otras muchas; más lo segundo que lo primero pero sujetándose a las obligaciones propias de aquella nueva situación personal. De la casa a la misa, de la misa a las reuniones parroquiales, de las visitas de vecinas a los rezos de rosarios hasta que un día, ya de tarde un poco antes de cerrarse la noche, su marido, el joven que jamás fue demasiado vivo ni tampoco demasiado muerto quedó difunto en el lecho después de una de esas obligaciones aparejadas a los esponsales. Vestirse de negro no le provocó tragedia. El color de los fondos de pozos y de las noches sin lunas le gustaba y, en cierto sentido, pensó que podría al fin ser libre haciendo y deshaciendo a su antojo, sin pautas, sin conductas regladas, sin necesidad de actuar, sin rezos y sin compromisos. Los siguientes años los dedicó a la lectura, a la contemplación de las bellezas naturales, a la pintura y a la escultura y, reconoce que por un tiempo, creyó acercarse a la felicidad soñada donde el amanecer y la visión de los colores del alba eran una constante.


Convenció a su padre y viajó por Europa, recorriendo otros mundos que consiguieron alejarla más aún del que le había tocado, para su desgracia. Aprendió idiomas, disfrutó de distracciones, conoció costumbres nuevas y dejó que la vida le mostrara su cara más amable para luego enseñarle una mucho menos dulce.

En Patmos, una pequeña isla griega, conoció al que sería su único y gran amor: pintor como ella, amante de las letras como ella, apasionado por las libertades como ella, necesitado del verdadero amor como ella. Se sintió viva. Por una vez en su vida deseó parar el tiempo y convertir todo aquello en imperecedero, en parte de una eterna y maravillosa pintura sobre lienzo. Sintió que la amaban, que era amor y no un sueño. Amor y vida. Y aquellas sesiones de sábanas obligadas se convirtieron en necesidades carnales.

Hasta que la verdad se hizo presente. Su pintor no era para ella, pertenecía a otra alma, a otra. Y recogió su vida desgarrada y deshecha intentando unir los pedazos que quedaron más dañados para, entre lágrimas, retornar al mundo que para su desdicha le había tocado.


El segundo enlace cubrió la deshonra que trajo de tierras helénicas. Su padre hubiese querido matarla a golpes. Sus tías dejaron de hablarle y las vecinas cuchicheaban al verla pasar por los callejones del pueblo, increpándole en la lejanía. Sintió el sabor del desarraigo. Sabor a odio, a ternura extraviada, a deseo extinto y a melancolía a raudales. Un sabor ácido que se le juntaba con las náuseas propias de la preñez, con las fatigas matutinas y con la pena, gigantesca pena que le quitaban las ganas de respirar.


A él no le importó el regalo que traía consigo. Ángel, así se llamaba el segundo desposado, la aprovechó y utilizó. Y volvió la tía Aurora a sufrir en sus carnes las obligaciones conyugales, las noches de lujuria impuestas y la rigurosa parafernalia de una señora de bien, incluidas aquellas tediosas reuniones de cándidas vecinas que hicieron, tras su segundo enlace, borrón y cuenta nueva aceptando de nuevo a su antigua oveja descarriada. Pero como no hay tragedia que cien años dure y tampoco alma que pueda tolerarla la fortuna quiso que su segundo suplicio cayera en desgracia al intentar abusar de la lozana e impúber hija del tendero del pueblo. Y quedó de nuevo libre, con un pecado viviente medio griego y un apellido de casada que arrastraba una vergüenza mayor que la suya por manifiesta y castigada. Y por aquello de no importarle en absoluto llevar vestimentas negras volvió la tía Aurora a ennegrecer sus telas y a vestir luto, esta vez con la intención inalterable de no abandonarlo jamás.


Retomó la tía Aurora su vida liberada amaneciendo de nuevo y, con aquel vástago a cuestas, montó su negocio en un pequeño local de alquiler, vendiendo láminas pintadas a plumilla y esculturas de barro a gusto del consumidor, además de acuarelas marinas y, de tanto en tanto, poemas de enamorados o cartas de toda índole redactadas a petición de pretendientes poco dados a la pluma, maridos enternecidos por el romanticismo y adúlteros enloquecidos de pasión por sus objetos de deseo.


Y a pesar de lo que decía mi tía Aurora, con sus verdades y sus exageraciones, con sus noches de lágrimas y sus horas de alegrías, con sus idas y venidas, con sus recuerdos vívidos y sus sueños olvidados, quisiera yo haber sufrido en mis carnes una vida tan plena y tan entera. Una vida tan bien resistida y tan excepcionalmente vivida.


Pepa González

lunes, abril 18

CATARSIS



En cada melodía.  Cada día desde hace ya mucho tiempo.  En cada rincón hacia donde miro.  Como protagonista de cada historia.  En los perfumes con lo que me cruzo cuando paseo.  Entre los bañistas si corro cerca del mar.  Junto a los turistas en los paseos de cada tarde. 
Donde las letras si entono poemas y donde las imágenes si retrato los espacios.   En cada nota, cada acorde, cada noche, cada tarde, cada amanecer.  Contemplando mares o disfrutando volcanes.   Visitando museos, teatros, parques o ferias.
Siempre presente. Cada día, todos los días.
Puedo imaginar que será así… ahora y siempre.




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The Mountain from Terje Sorgjerd on Vimeo.

jueves, abril 7

RETALES


Sabíamos que era allí. Aquel lugar había sido el último eslabón de contacto.
Hacía frío. Según dicen siempre lo hace y el olor a humedad es constante.
Olía a maderas y a naranjos. Por lo menos olía a naranjos. Algo de belleza y ternura entre tanto desgarro. De allí nos sacaron en un auto gris hacia las casas de acogida.
Mi hermano recuerda las lágrimas en su cara. Yo era muy pequeño para recordarlo. Hoy nos hemos atrevido a regresar. Queríamos saber un poco más. Conocer sobre ella. Recuperar nuestra historia.
Todo ha sido en vano. Ya no quedan gentes de aquella época. Los archivos se incendiaron. Nada a donde atarnos. Nos llevaremos el olor a naranjos y la luz brillante que atraviesa los viejos cristales. Por lo menos recordaremos el instante y sentiremos que alguna vez estuvimos entre sus brazos.








Yo no me carcajeo. No suelo hacerlo y menos cuando se trata de esto. Él sí que sonríe. Siempre lo hace. He llegado a pensar que es de puro nervio. No puede ser tan inconsciente y tampoco creo que sea un rictus estudiado. Seguro que son sus nervios. Es que la situación es como para estar nervioso.
De nuevo lo traigo al centro. Ya no recuerdo las veces que lo he traído. Diez. Doce. Catorce. ¿Qué sé yo? y ¿qué más da? La realidad es que ha vuelto a hacerlo. Deja su medicación, toma alcohol, algún que otro tripi o anfeta y vuelta a empezar.
Él alega que no atenta contra lo bueno porque ataca al sistema. Ese injusto sistema que tiene empobrecido al barrio e incrementa las listas del paro.
Sólo quería meterles fuego – dijo. Sólo quería hacer justicia – declaró.
Sólo hacía justicia.

Y aquí de nuevo, los dos. Otra vez a internarlo. A tratarlo con litio. A que el equilibrio, su propio equilibrio, se restablezca. En esta ocasión por pedir justicia. 
Sonríe. Sigue con esa sonrisa que imagino es nerviosa; esa sonrisa que le quitaré algún día de la cara de una buena bofetada porque me saca de mis casillas. Y lo peor de todo es que hasta a mí me dan ganas de reírme esta vez porque, a decir verdad, la causa sí que era justa. No las formas, no las maneras, no el incendio, ni las pedradas a la casa consistorial pero… la causa, “su causa” era una muy buena causa.








Él siempre mira así, de esa forma. Como si fuesen los ojillos de un bello y cariñoso perrito de compañía. Hasta con dulzura. Esa mirada que te penetra y te hace suya por límpida, por adorable, por llena de amor y sensatez. Mira como nadie lo hace y él lo sabe.
Yo lo miro de reojo. A veces, sin que se de cuenta lo miro. Desde abajo, suplicante. Como queriendo decirle cuánto le amo, deseando que algún día él pueda leer en mis ojos todo lo que siento desde hace tanto tiempo. Me encantaría decirle que sin él ya no vivo, ya no soy. Que es lo único que hace que salga de mi rutinaria vida, gris vida, para encontrar colores en derredor. Estaría pletórico si compartiera conmigo estos sentimientos que me embargan y que llevo adentro desde hace tanto, tantísimo tiempo. Se colmarían todos mis deseos, todas mis expectativas, todas mis pretensiones porque él es lo único que me marca y me marcará el rumbo siempre.
A veces lo miro pero, desde abajo. Desde la cercanía. Donde poder inhalar su aroma y grabarlo como impresiones en negativos. Llevarlo conmigo.
No se da cuenta. Él no se da cuenta... jamás se da cuenta.






Dicen que debo esperar unos minutos.
¡Qué fácil!
Debo aguardar mientras mi vida pasa como un ciclón, descolocando cada uno de los ladrillos que he ido ensamblando para hacerla meramente estable. No grande. Ni siquiera gloriosa. Sólo estable. Permanente y segura.

Que espere.
Mientras el corazón me late a una velocidad desconocida hasta hoy, debo hacer cola. Esperar. Tener algo de paciencia.
Imagino que son tantas las veces que solicitan calma que no te miran siquiera para pedírtelo. No observan reacciones y creo que les da lo mismo si sentimos o padecemos. Sólo la chica rubia del fondo parecía llenarse de ternura y nos miraba con algo de humanidad en sus ojos. Los demás, tras el mostrador, se ocupaban cada uno de sus quehaceres. Dos al teléfono, a la derecha alguien miraba un archivador, a la izquierda otro introducía folletos publicitarios nuevos en los marcos de metacrilato colocados en fila; junto a la mesa del fondo alguien sacaba fotocopias y aquella chica rubia, la única que parecía sentir algo de compasión por los dos varones que preguntaban por el
informe médico.
 Los resultados estarían en unos minutos, ni antes ni después. Conocer si la atroz enfermedad estaba en mis huesos o no, sería cuestión de minutos. Saber si viviría unos meses o unos años, era cuestión de unos pocos minutos.
¡Ay Madre! Creo que  me reventará el corazón.

¡No!. Respira e intenta controlarte - me digo.
Solamente debo esperar. Solo esperar.



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lunes, abril 4

TOÑÍN CORUJO - LATIDOS A CUERDA.

"Es difícil separar al músico de la persona, el músico vive de sus sentimientos como persona, en todo caso yo no puedo separarme de mí mismo para hacer música ni dejo de ser músico para hacer otras cosas". Entrevista para la Factoría del Ritmo. (Toñín Corujo /Arrecife 1960/ Músico canario)

















jueves, marzo 17

UNA DE ESAS SEMANAS.


Hoy tengo uno de esos días que contribuyen a la cimentación de una semana marchita. Y por mortecina y deslucida, queda bien claro que no es mi mejor semana. Sé que no lo es porque a pesar de estar satisfecha con lo que la vida o el que mueve los hilos ha tenido a bien regalarme, estoy en una de esas semanas en que para arrancarme una simple sonrisa cuesta. No suelo tener muchas semanas como ésta. Normalmente estoy más alegre, más afable, más comedida y más conforme con todo lo que se me va plantando delante del cuerpo pero, esta semana no es una de las buenas. No. Es una de las excepcionales por poco habituales. Así que en vez de hundirme en la oscuridad de las miserias, aprovecho este momento, llamémosle “alfa α”, y le saco todo el jugo que tienen estos días en que un rictus de seriedad desdibuja mi cuerpo, desde los ojos hasta los andares. Me recreo en las malas pulgas que genero por todos los poros de mi piel. Me distraigo analizando comportamientos ajenos que me traen lástima (un sentimiento nada común en mi diccionario vital por la condolencia que lleva implícita y que tanto detesto). Otras muchas veces, las palabras y los gestos externos, sencillamente me producen aversión.

No sé si son las hormonas; ese natural baile hormonal hacia arriba o hacia abajo que por temporadas me destartala, tal y como dicen algunos al verme la mirada incisiva. No sé si es la proximidad a entrar en una nueva década; la del cuatro. No sé si es el no poder echar un vistazo a las caras de mis padres como antes, hablarles como antes, discutir con ellos como antes… por imposibilidad material, por inexistentes. No sé si es el invierno o la proximidad de la primavera que tanta sangre dicen que altera. No lo sé ni me importa. En semanas como ésta, poquitas cosas me importan. Se esfuman los intereses que en otras épocas me colmaban. Se concentran todas mis entendederas en la repugnancia crasa hacia los actos y los comentarios de una gran mayoría de la humanidad. Sensaciones de tedio, desgana, desinterés, hartera, apatía y el más supremo de los sentimientos: asco. Esa antipatía visceral que me sobreviene y me inunda en semanas como ésta.

Porque siguen habiendo conflictos bélicos por el único hecho de hacer valer derechos universales que han sido enterrados en favor de tiranos, a los que el resto de la humanidad hace oídos sordos y ojos ciegos; aplausos globales a déspotas autócratas opresores de la sensatez; caen en desgracia las tierras niponas; continúan las enfermedades mortales arrasando la población en el África profunda y las revueltas en el mundo árabe suman defunciones; Haití aún está hecha un reguero de inmundicia; los cárteles de Méjico asesinan sin tregua; la pobreza en Argentina toca vértices inimaginables; Filipinas y Tailandia se perpetúan como el prostíbulo del primer mundo; coexisten guerras en Centroamérica – Sierra Leona – Palestina; inestabilidad y enfrentamientos tribales en Zimbabue, Costa Marfil, Sudán; devastación en Iraq, Venezuela, Paquistán; en Afganistán se fuman su futuro con canutos de heroína y los niños se alimentan a base de ese humo pestilente que sus madres escupen sobre los impúberes rostros; en España se intenta desviar con simplezas televisivas la atención de un pueblo que mal subsiste en crisis desde hace ya un quinquenio; el número de víctimas por violencia doméstica aumenta; los centros socioculturales-iglesias-ONGs se ven desbordadas por la afluencia de ciudadanos en la más brutal de las pobrezas; nuevas redes de pederastia son descubierta; en Canarias más familias se suman a la lista de indigentes que se alimentan de los restos rateados en contenedores.

Y se me caen al suelo todos aquellos en los que tenía puesta esperanzas. Se me abren las entrañas como fosas en donde enterrar a todos los que un día prometieron o se vislumbraron como portadores de honradez y, hoy día, son meros títeres que agarrados a la madre mama siguen haciendo lo propio, con sordera y ceguera crónica. Y el asco vuelve a aparecer dándome de lleno, increpándome lo estúpida que he sido por creer que había gente seria y que los principios continuaban en alza.

Porque me guste o no, la vida continua llena de ingratos, de descerebrados, de impertinentes y de ignorantes. De profesionales que venden su alma y sus principios por el maldito y poderoso caballero “Don Dinero” y de indocumentados (como suele llamarlos mi querida hermana mayor) que tienen la desvergüenza de ejercer sus funciones presumiendo de virtudes que madre natura no quiso regalarles. Personas que hacen sorna constante de cualquier atributo externo y ajeno que no entre dentro de lo estereotipado como normal. Porque tengo que ser testigo de situaciones como la vivida hace unos pocos días, en donde fantoches presuntuosos de ambos sexos se burlan de un joven por el timbre aflautado de su voz, buscando un centro de dianas para olvidar sus pestilentes, anodinas y empobrecidas vidas. Porque se perpetúa la máxima de que en tierra de ciegos el tuerto es rey. Porque me veo rodeada de inmundicia. Siento asco y desapego hacia una sociedad donde la cáscara brilla más que el contenido. En la que no se da tregua ni interesa conocer de cerca al que tenemos enfrente. Una colectividad en que el respeto por el individuo se ha incinerado junto con el buen gusto y los principios de humanidad.

Y ahogada en esa náusea permanente que llevo arrastrando estos últimos días, he tomado la decisión de darle la espalda a esta semana, voltearme y tomar aire para que salga la bazofia que me entró sin permiso, girarme y mostrarle al mundo que me rodea con este gesto simplón pero lleno de intenciones, mi más absoluto descontento por un mundo desnaturalizado, egoísta, ingrato, narcisista, comodón, indiferente, cruel, salvaje, sucio… y mil y un calificativo con los que podría vestir la sociedad que me ha tocado vivir, para mi gran desgracia.

Así lo haré. Le retiraré la mirada. E inyectaré en mis oídos, como si de una medicina prescrita para purgaciones extremas se tratase, la fabulosa voz de la Piaf tarareando al unísono: “Non, rien de rien, non, je ne regrette rien, ni le bien qu`on m`a fait, ni le mal, tout ca m`est bien egalllllllll,,,,,, non, rien de rien, non, je ne regrette rien ….”

Y rezaré para que pase la semana y la realidad que veo hoy con nefasta clarividencia se diluya, devolviéndome a ese plano espiritual y mental en el que el Dios Júbilo posee su tronío.





 



miércoles, marzo 9

Sabiduría India

Los cherokees de Arizona sólo celebran el cincuenta cumpleaños. Creen que a esa edad dejamos de ser adolescentes y comenzamos a ser "Jovenes Adultos".

Los adultos se distinguen de los adolescentes no por lo que dejan de hacer, sino por lo que comienzan a hacer:

TRANSMITIR CONOCIMIENTOS.



Me temo que nos queda mucho aún por aprender...

martes, febrero 22

Humanidad ¿Dónde te has escondido?










¿Pero qué diablos le pasa al género humano?






No les basta con las guerras, ni con los fenómenos atmosféricos que devastan el planeta gracias a la contaminación, ni con la ceguera generalizada ante la mortandad de miles y miles de personas gracias a enfermedades y hambrunas. No les basta. Castigan de forma gratuita a quienes no pueden defenderse, a quienes no pidieron venir a este mundo para sufrir. Hoy en el programa de Juan Ramón Lucas de RNE, el baja a un matrimonio español que adoptó un niño de dos años en Rumanía para luego pegarle y pegarle y pegarle hasta que a la edad de 7 años su madre adoptiva lo deja en coma por una paliza en donde le rompe - literalmente - la cabeza...por no hacer los deberes. 45 años pide el fiscal para ella por engendro de la madre natura y a él por hacerse el que no ve, el que no siente, el que no padece y dejar que su compañera, la bestia parda, le diera de leches a la pobre criatura. Y las autoridades no tomaron medida en su momento....el menor pasó en el último año en cuatro ocasiones por centros médicos por hematomas varios, rotura de un diente, fracturas......



Asco. Hoy siento repugnancia y Asco. Un Asco tan enorme que se me ha colado desde el cerebro hasta la garganta y de ahí al estómago para revolverme y gritarme una vez más que en ocasiones, como el día de hoy, me da Asco pertenecer a este género. Asco de pensar que alguien que respira como yo, que anda como yo, que se supone que piensa y tiene entendederas como yo.....es capaz de tamaña aberración. 45 años. 45 años por destrozar durante unos años la vida de una criatura y por convertirlo en un vegetal. 45 años. Déjenmela a mí y entonces, ella deseará esos 45 años de reclusión porque si yo la trincara los 45 años serían un paseo por el Edén.

Ahhh, Si yo la trincara.

sábado, febrero 12

MAREA REVUELTA

Cuando los vientos del sur sacuden con fuerza la costa, la marea se revuelve de abajo hacia arriba y más que susto me da frío. Haga solajera o las nubes ennegrecidas atraviesen el cielo, tengo frío. Lo mismo da que sea pleno verano o estemos de lleno en el invierno, trinco una chaqueta, me calzo zapato cómodo y agarro la cámara para atrapar ese infierno azul que lo único que me provoca es friolera y acurruque.




































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Taller de Radio en colegio Sta. María de los Volcanes Nazaret.

La radio es vida, alegría, diversión y frescura.  Hoy hice el programa "La Maresía" por la mañana con el director de la radio Tías...