miércoles, febrero 2

A Pepi Díaz, porque lo tenía pendiente.



Madre decía que se iría antes que Padre pero... no fue así.


Decía que se marcharía por causa de algún padecer, con certeza del corazón, escuchando la radio, sentada en cómodo sillón, tranquila y en calma, sin un mal dolor pero... no fue así.

Decía que las mujeres de su casa, de su casta, se despedían ancianas y en hora oportuna. Nunca con quejas, nunca incomodando.

Justificaba ese empeño de marchar antes que Padre por lo indiferente del talante de éste y lo temperamental del carácter de ella. A pesar de estar siempre riendo, aunque pareciera que nada le podía ocasionar mortificación, la procesión siempre la tenía por dentro. Siempre muy dentro.

Decía que no la despedirían afligida y postrada porque el sufrir no era parte de su naturaleza. Ella no servía para mártir. Nunca se apuntó a víctima. Que se alejaría sin ruidos, sin estridencias.
Decía también Madre, como buena conocedora de fármacos y remedios, que siempre habría pastillita oportuna para evaporar dolencias porque sufrir era inhumano e innecesario.

Que recorrería mundo: Australia y Canadá pasando de nuevo por casa del primo Alejandro, por aquellos bellísimos canales de Venecia que tanta dicha le provocaron. Viajando lejos, bien lejos, hasta donde le permitiera el gasto. Como si le hubiesen untado aceite en los pies, deprisa y lejos, decía. Cuando la fortuna que un día le regaló dineros volviera a tocarle en la puerta, mojaría los zapatos en grasa líquida y ya no habría freno que le obstaculizara ni detuviera.

Y Madre decía. Madre soñaba.

Dios no desampara a quien cría, decía. Pero no la escucharon arriba, en su cielo.
Quien tenía que oírla no lo hizo.
Porque al final uno propone y el otro, dispone. Y así fue. Él dispuso pero... diferente.

Se fue marchando Maye en poco tiempo. Sin alborotos, sin carcajadas, sin radios, sin asientos cómodos. Fastidiada. Desganada. Con desesperanza y conformismo forzado. Con algunas lágrimas. Con miedos. Se deslizó en busca de su “Padre Dios”, como gustaba llamarlo al que dispuso de otro modo, distinto. Porque no se mueve la hoja del árbol sin la voluntad de Él, del que organizó la partida de madre de forma diferente.

Se fue yendo Madre, mi madre, mamá, Doña Pepi. Se fue desdibujando, borrando. Se marchó sin prisas pero sin pausas, como en susurros, entre delirios y visiones, con el regusto de la morfina en su cuerpo, en nuestros cuerpos.

Lió los bártulos Madre. El mismo mes que llegó al mundo. En octubre.
Alzó el vuelo Madre. Se nos fue Pepi, mi Madre.

domingo, enero 9

VIAJE A OTONES











Porque cada día es viernes. Resulta que cada día, para mí, es viernes. Porque los viernes pienso en él. Y ahora, a diario, pienso en él.




Cuando creo firmemente que voy a volverme loca y a perder el norte, me doy cuenta de que sólo pensando en él, reviviéndole, me rescato a mí misma de la dramática mortandad. Porque traerlo de vuelta es lo que me permite seguir con vida.





De la casa a la librería y de ahí al supermercado, al estanco a comprar cigarrillos, a la farmacia cuando se me acaba el paraceta o a la tienda de decoración para ver el nuevo escaparate que ingenia Juanma. Y cuando dejo el bolso a la entrada de casa y me dirijo al cuarto de baño para darme la deseada ducha diaria, comienza mi viernes. Me despojo del abrigo, la rebeca, la blusa y el sujetador. Lanzo la falda hacia la cesta de la ropa, me descalzo y ya. Desnuda y libre. Dejo caer el agua caliente sobre la piel. Me miro los pies hasta que el agua evaporada va desdibujándolos, e imagino que me elevo sobre una espesa nube de vapor para ir a su lado. De vuelta a aquel fabuloso viernes.





Tengo el pelo gris. Nunca quise pintármelo, ni siquiera con hennas. Me gusta mi pelo gris. Comenzó a cambiar su inicial color caramelo con los diecisiete, cuando estudié mañana, tarde y noche para aquel examen de biología. La primera mata de pelo gris. Luego vinieron todas las demás. Las penas. Las decepciones. Las muertes. Las faltas de ganas. Las intervenciones quirúrgicas. Las expectativas truncadas. Las temporadas neuróticas. Las soledades. Mil y una razones para decolorárseme el pelo. Jamás tuve un diario. No sentí la necesidad de escribirlo nunca. Mi pelo era el mejor recordatorio vital que poseía. Me miraba y sabía exactamente en qué momento importante habían surgido nuevas lanas grises. Me decían que parecía mayor. Desde muy joven me avejentaban esas hileras plata pero yo quería dejarlas ahí. Me gustaba que marcaran mi deambular, mi historia, más que el paso del reloj. Y luego llegó ese viernes y también a él le gustaba mi cabello. Le gustaba yo.





Camino Segovia. Nueve treinta de la mañana.


Tomé aquel tren a Segovia después de volar hasta Madrid para luego coger una guagua hasta Otones de Benjumea, el pueblo de la tía Asunción. Precioso nombre Otones de Benjumea, lleno de rancios abolengos y noblezas hidalgas - decía a boca llena la tía Asunción. Un bonito nombre y nada más. Eso es lo que tenía el pueblo porque de resto nunca supe qué diablos se le perdió a la tía Asunción en aquel rincón segoviano, más frío que cálido y más mortecino que alegre. Pero daba igual la razón. El pueblo tenía un bonito nombre. Había aldeas y villas que ni siquiera eso tenían. Otones de Benjumea. Sonaba a literatura, a poesía, a letras. Y realmente así era. Sonaba a tinta. Jamás olvidaría aquel nombre, aquel rincón de linajes. Otones.


Desde hacía unos días estaba preocupada por ella porque, conociéndola como la conocía, aquella carta en donde hablaba de tonturas, desvanecimientos y flojeras no eran cosa buena. La edad supuse. Y supuse bien. Los años nos vuelven añejos, mohínos, sombríos, dolientes. Los años que jamás perdonan a nadie, ni siquiera a los recuerdos. Así estaba la tía Asunción. Mustia. Marchitándose en aquel pueblo castellano. Y así seguiría hasta su muerte.





Desde aquel día viernes ya van doce años. Y fue real. Efímero pero real. Porque se quedó grabado internamente y gracias a ese recuerdo, hoy lejano, siento que sigo teniendo sangre en las venas. El tiempo puede ser cruel con una pero, su recuerdo, todo lo consuela.





Y salgo de esa ducha de vapores y olores a vainilla, liberada de cualquier otro soplo callejero que pudiera rozarme, para sentarme en el sillón orejero, el gastado, el azul. Y saco el libro que tú y yo comentamos aquel viernes. Releo las mismas páginas que un día leímos al unísono. Ese magnífico compendio acerca del amor, donde se enmiendan memorias, se pulen vidas, se reconstruyen almas y pueblos enteros. García Márquez había logrado conmoverte como me conmovió a mí. Y me hablaste de lo mucho que te gustaba el nombre del río, Magdalena. Y me dijiste que yo tenía cara de Malena. Que mi tersa piel tenía que llamarse como aquel río y que mis cabellos grises eran, sin duda, los hermosos cabellos de una Magdalena. Hablaste de lo mucho que disfrutabas con los finales felices. De la magnífica prosa, exuberante prosa del autor de “El amor en los tiempos del cólera”, que te inclinaba a desear que jamás acabase la historia de ellos. El cuento de amor que se iniciaba al final de esta gran obra. Una historia como la nuestra, iniciada justo al final. Y seguimos tertuliando sobre escritores y poetas; sobre el teatro; los textos clásicos; los contemporáneos; las nuevas promesas y, entre tus palabras y las mías, entre tus ojos y los míos, entre tus respiraciones y las mías, surgiría lo inevitable. Sensaciones de mareo y desconcierto. Vértigo y ansiedad. Dolor. Dicha. Necesidad y temor. Lo que había experimentado en mis horas de lecturas bajo la firma de decenas de autores, se tornaba verdad. Ahora sí podía entender desde mi piel todos aquellos amores, desencuentros, lágrimas y vítores entre amantes. Un sentimiento que me era extraño hasta ese tren camino a Segovia. Y reímos juntos. Nos descubrimos el uno al otro. Dejamos que nuestros olores se mezclaran y nos devolvieran sus aromas para que jamás se nos borrara el instante. Y yo te amé. Y tú me amaste. Sin más contacto que las palabras escritas por otros. Fue amor. Es amor. Hasta llegar a la estación. Tomaste mi mano y la dejaste deslizar por entre tus dedos. La palpaste para saber a qué sabía mi piel y yo aproveché para conocer a qué sabía la tuya. Luego bajaste y allí te esperaba tu vida, tu casa. Tu vida. Y dijiste adiós igual que dijiste hola, con sonrisa dulce y mirada profunda. Dos gestos que me llenaron el alma. Que me siguen llenando el alma.







Y aquí estoy sentada como cada viernes. Porque para mí cada día es viernes. Cuando la luna cubre el oscuro cielo y las estrellas se empeñan en mostrar su desfile de pequeños destellos, siempre es viernes. Me coloco la novela sobre los muslos y vuelvo a aquel tren que me llevaba a Otones. Y otro viernes más saco del interior de nuestro libro la lámina del retrato de David Lyon que compré en el Thyssen y que tanto me recuerda a ti. Y dejo entreabiertos los ojos mientras paso mi mano sobre su figura. Lo acaricio despacio imaginando que es a ti a quien mimo. Le hablo en murmullos y le leo mis poemas preferidos. Lo acerco a mi pecho y te acerco a ti a mi corazón. Y de vez en cuando, es su mano la que traspasa el papel, la que toma cuerpo y toca la mía como queriendo saber a qué sabe mi piel y yo, tu Magdalena, aprovecho y toco la suya, para saber a qué sabe su piel que es la tuya.







Pepa González.

jueves, enero 6

ELLOS

Los diminutos. Siguiendo sus estelas se ve todo desde otro prisma. Caminando cerca de ellos sentimos la felicidad que con los años se irá tornando tristeza. Los enanos de jardín. Esos pequeñitos que nada saben de confabulaciones, engaños, envidias o resentimientos. Los infantes. Esos dulces seres que, con aires de fiestas por los cuatro costados, mirarán siempre hacia el cercano cielo porque el suelo les quedará lejano. Esa magnífica y gloriosa troupe. La infancia. El período del que muchos querríamos no haber salido jamás. Dichosa y hermosa niñez.

































miércoles, diciembre 22

KDD DE BLOGUEROS DE LANZAROTE.

LA AMIGA Mª JOSÉ PÉREZ - BLOGUERA DE LANZAROTE - HA TENIDO UNA INICIATIVA FENOMENAL:



ESTÁ ORGANIZANDO UNA KDD EN LA CERVECERÍA DE LA RAMBLA MEDULAR, EN ARRECIFE, EL DÍA 15 ENERO SÁBADO A LAS 20.30 HRS.
ASÍ NOS REUNIREMOS TODOS EN 3D Y HAREMOS UNAS BUENAS RISAS VIÉNDONOS LOS "JOCICOS" - EN VIVO.
SI ERES BLOGUERO O CONOCES ALGUNO EN LANZAROTE ... INVITADOS ESTÁN.

viernes, diciembre 17

Magnífico Fotógrafo, productor y diseñador gráfico David Garsaball, especializado en el mundo de la danza.




jueves, diciembre 2

Andando Juntos.












ELLA




No sé desde cuando no me interesa lo que dice. En realidad, no sé ni siquiera si de verdad me interesó alguna vez lo que dijo. El caso es que ahora, en este justo momento, no lo recuerdo. Tampoco me preocupa. Ando cerca de él, escuchando su respiración, mirando por el rabillo del ojo su forma de mover torpemente los pies para no caer de frente y mantener el cuerpo erguido. Como si no me hubiese dado cuenta desde hace un tiempo que le cuesta andar derecho. Los años no pasan en balde. Pero él piensa que haciéndose pasar por lozano, los años que se le han colgado de cabeza a tobillo no se notarán. Qué estúpido. Ni que a mí me importara. No. La verdad es que no me importa si se hace, si lo simula o si anda patoso. ¿Y por qué habría de importarme? Él es él y yo soy yo. Pero parece que él prefiere que sienta y padezca como siente y padece él. Nadie me dijo jamás que el matrimonio consistiera en mimetizarse con el otro, nadie. ¿Por qué iba yo a sufrir porque él camine más agotado? ¿Eso se supone que es vivir en pareja? ¿Eso significa estar durante treinta dos años con alguien, tener que interiorizar dolencias? Pues yo creo que no. Y si a él no le parece lo mismo, ya tiene dos problemones: el digerirlo y luego, el asimilarlo.



Y esa ropa que se empeña en no tirar después de quince años colgada en el armario. Por Dios bendito. Qué difícil desprenderse de simples trapos. Es que no comprendo que le pueda suponer un esfuerzo tan enorme tirar esa ropa desfasada a la basura. Ni para las monjitas está la ropa. Vergüenza me daría llevárselas. Esa camisa de cuadros que fueron marrones y ahora no sé bien si catalogarlos dentro de la gama gris o gama de los marfiles. Un horror. Y el pantalón de pana. Ese espantoso pantalón de pana canelo que hasta pata de elefante viste. ¿Pero para qué diablos querrá que ocupe un lugar en el armario ese esperpento? Nada que hacer, aguantarse con esas prendas que más que vintages son prehistóricas. Mejor no pensar y seguir andando. Así por lo menos me dará el viento en la cara y sentiré algún placer con este recorrido, porque no podemos buscar otros caminos para ver distintas estampas, noooo. Siempre el mismo tour, las mismas fachadas y los mismos socavones en la acera pero por lo menos el viento es distinto cada día. El aire se renueva y me renueva o por lo menos, yo siento que me depura. ¿Qué sería de mí sin este aire?



Y sigo andando a su lado. Cada tarde. Cada día. Cada semana y cada mes. Así, todos los días del año sin excepciones. Y me coloco la pulsera de cuentas en el bolsillo y voy tocando cada una de sus diminutas canicas, pasándolas de dedo en dedo, como siguiendo un estúpido ritual entre manía neurótica y automatismo. Por hacer algo con la manos porque desde que dejé de fumar no he sabido qué hacer con estos demontres dedos, que se mueven sin avisar y que buscan palpar superficies jugando a entretenerse. Camino a su lado y en algún momento me he preguntado cuándo y por qué me enamoré perdidamente de él. Con ese carácter hosco, esa carencia total de romanticismo, esa forma suya de decirme cómo debo hacer las cosas antes de que tome cualquier iniciativa. Esos silbidos que emite cuando está feliz y esa mueca que hace con los labios cada vez que me miente. Nunca ha sabido mentir, aunque él piense que sale triunfante después de cada falacia. Y sigo sus pasos, él un poco por delante de mí. Yo un poco por detrás de él. Con mi mano contando las perlitas de la sobada pulsera, manida pulsera. Y en esos días en que lo miro desde atrás y evoco aquella brillante cabellera negra, hoy ausente, aquellos ojos que siempre me miraban con ternura, aquel olor a vainilla que tanto me gustaba en su cuello, aquellas manos fuertes de hombre regio que me sujetaban con firmeza, recuerdo de pronto que lo amé y que aún lo sigo amando. Porque, si algo tengo claro hoy en día es que lo sigo amando. Lo sigo amando. Nada sería yo sin él. A pesar de sus impertinencias, de sus malhumores, de sus arranques de soberbia, nada sería yo sin él.





Él



Me encanta caminar por esta avenida. Me gusta ver nuevas caras cada día. Me siento vivo cada vez que inicio el recorrido con la idea fija de acercarme hasta la costa y contemplar la inmensidad del mar. Me encanta. Me daría igual venir solo pero ella siempre me acompaña. Al principio me resultaba romántico. Al principio. Cuando nuestros dedos se entrelazaban para sentir un único latido. Al principio. Hace mucho que no nos cogemos las manos. No sé exactamente en qué instante las extremidades decidieron ir por libre creando un abismo entre nuestros cuerpos. Intento pensar cuándo sucedió y no le pongo fecha. Seguramente después de alguna de nuestras broncas. Son tantas que cualquiera de ellas sería el detonante. Qué más da el origen. El resultado es el que es. Ella caminando un paso por detrás y yo marcando la distancia con ligero andar. Gracias a que jamás olvido mi radio. Si no fuese por los partidos y la música se me haría incómodo tenerla cerca, sin palabras, como un maniquí que con pila incorporada te sigue, como una sombra que te recuerda constantemente que siempre ha estado aquí, desde hace muchísimo tiempo, junto a mi cuerpo. Sombra de lo que tuvimos, reflejo de lo que somos actualmente. Dos cuerpos que andan cercanos pero en la distancia. Como satélites. Condenados a cruzarse pero sin necesidad de tocarse. Porque hace tiempo que no la toco. No. Ya no la toco. Y muchos días me irrita. Me cabrea la forma en que quiere organizarme la vida. Cualquier cosa que haga o diga le molesta. Si me muevo porque me muevo. Si me siento porque debería estar moviéndome. Si como de más porque me convertiré en una albóndiga y todos sabemos cómo le desagradan las mollas. Si me alimento poco que me enfermaré. Si me voy a hacer ejercicio que aprovecho la flor de un berro para no estar donde debo. Si no voy al gimnasio que para qué pago la mensualidad. Si me siento que me levante y si me levanto que para donde voy. El caso es ser un incordio insufrible y eso desde hace tanto tiempo que tampoco le puedo poner fecha en el calendario. Además, qué importancia tendría. El caso es que su principal hobby es hacerme el día algo menos brillante y más irritante. Porque ha tomado esa costumbre de provocarme en cuanto me ve. Y si algo tengo claro es que con tal de no oírla ni la miro. Ahhh…benditos auriculares, bendito fútbol, bendita música de radio nacional. No hay mejor antídoto contra el tedio. Ya lo decía padre: “el matrimonio es, hijo mío, como tener un hurón pegado a los huevos”. Y aquello a priori dolía. Aquello tenía que ser como una tortura pero peor. Y suspiraba padre luego de pronunciar tal afirmación, como para hacer profunda la reflexión de tremenda máxima transmitida ya a tres generaciones de varones torturados.



Hace mucho que ella no me acaricia. Ninguno de los dos pronunciamos ya sentimientos. Ni gestos amorosos ni palabras de aliento en los momentos bajos. Un día dejamos de hacerlo. Tampoco recuerdo cuándo o por qué. El hecho es que ya no lo hacemos.



Lo echo en falta. La echo de menos. A ella. A esa mujer que un día, como una enredadera, se me agarró a la vida. En multitud de ocasiones me encantaría decirle que su sonrisa aún me conmueve. Tendría que decirle que el olor de su pelo me sigue pareciendo el mejor de los perfumes. Debería mirarla a la cara, de frente, para apuntarle que sin ella no sé cómo podría seguir. Que a pesar de todos esos momentos en que saca lo peor de mí, la necesito más de lo que jamás podría imaginarse. Que nunca he podido soportar la idea de su abandono. Que su silencio me asfixia. Que me gusta que camine conmigo cada día, cada semana, cada mes. Que camine. Conmigo. Me gusta que ande junto a mí. Que recorra esta senda y todas las demás sendas, conmigo.



Debería pedirle que volviera a pasar su mano por mi espalda, como sólo ella sabe hacerlo. Con aquella delicadeza que durante años me llenó el alma. Porque la amo. La amo como nunca amé a nadie. La adoro. Su forma de moverse. Esos pequeños pies ligeros. Esa manía tan peculiar de frotar y frotar la pulsera de bolitas que lleva siempre en el bolsillo. Sus veloces y ágiles dedos. Siempre he adorado sus manos. Toda ella me provoca adoración. Porque nada sería yo sin ella. Lo supe desde el primer día. Sin ella yo no soy. Si me falta ella….me convertiría en polvo, en oscuridad, en olvido. Nada sería yo sin ella.



Pepa González

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