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Entrando en Betancuria.

DONDE EL OJO QUISO PARARSE

A Pepi Díaz, porque lo tenía pendiente.

Madre decía que se iría antes que Padre pero... no fue así.


Decía que se marcharía por causa de algún padecer, con certeza del corazón, escuchando la radio, sentada en cómodo sillón, tranquila y en calma, sin un mal dolor pero... no fue así.

Decía que las mujeres de su casa, de su casta, se despedían ancianas y en hora oportuna. Nunca con quejas, nunca incomodando.

Justificaba ese empeño de marchar antes que Padre por lo indiferente del talante de éste y lo temperamental del carácter de ella. A pesar de estar siempre riendo, aunque pareciera que nada le podía ocasionar mortificación, la procesión siempre la tenía por dentro. Siempre muy dentro.

Decía que no la despedirían afligida y postrada porque el sufrir no era parte de su naturaleza. Ella no servía para mártir. Nunca se apuntó a víctima. Que se alejaría sin ruidos, sin estridencias.
Decía también Madre, como buena conocedora de fármacos y remedios, que siempre habría pastillita oportuna para evaporar dolencias porque sufrir era i…

l'invasion des escargots.

VIAJE A OTONES

Porque cada día es viernes. Resulta que cada día, para mí, es viernes. Porque los viernes pienso en él. Y ahora, a diario, pienso en él.



Cuando creo firmemente que voy a volverme loca y a perder el norte, me doy cuenta de que sólo pensando en él, reviviéndole, me rescato a mí misma de la dramática mortandad. Porque traerlo de vuelta es lo que me permite seguir con vida.




De la casa a la librería y de ahí al supermercado, al estanco a comprar cigarrillos, a la farmacia cuando se me acaba el paraceta o a la tienda de decoración para ver el nuevo escaparate que ingenia Juanma. Y cuando dejo el bolso a la entrada de casa y me dirijo al cuarto de baño para darme la deseada ducha diaria, comienza mi viernes. Me despojo del abrigo, la rebeca, la blusa y el sujetador. Lanzo la falda hacia la cesta de la ropa, me descalzo y ya. Desnuda y libre. Dejo caer el agua caliente sobre la piel. Me miro los pies hasta que el agua evaporada va desdibujándolos, e imagino que me elevo sobre una espesa nube …

ELLOS

Los diminutos. Siguiendo sus estelas se ve todo desde otro prisma. Caminando cerca de ellos sentimos la felicidad que con los años se irá tornando tristeza. Los enanos de jardín. Esos pequeñitos que nada saben de confabulaciones, engaños, envidias o resentimientos. Los infantes. Esos dulces seres que, con aires de fiestas por los cuatro costados, mirarán siempre hacia el cercano cielo porque el suelo les quedará lejano. Esa magnífica y gloriosa troupe. La infancia. El período del que muchos querríamos no haber salido jamás. Dichosa y hermosa niñez.